Conoce al Pepino

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Las dimensiones trágicas de don Primo Víctor Martínez

Por Joaquín Torres Feliciano

A Doña Margarita Ruiz Villanueva A la memoria de Fernando

Increiblemente en la historia de nuestro pueblo muchas cosas han sufrido un olvido inexcusable y otras que de nada han servido, se han exaltado, aún sabiéndose que la maniobra es parte de esa obstinación narcisista, infame y adulona entre las claques de una y otra época.

Don Primo Víctor Martínez y González fue un hombre inquieto, audaz, inconforme, y apegado a los ideales de igualdad humana durante una era dogmática donde quien contradijera a los caciques o janchos del pueblo, estaba sentenciado a llevarse un seto de frente. Pero tenía un destino y una misión como pocos, y con ello una palabra que por leal, fue peligrosa y le sacrificó lo que para otros en su lugar hubiese sido más provechoso: la ambición de lucro personal.

Desafortunadamente había nacido en la época correcta pero en el lugar equivocado. Porque si hubiese nacido en Francia donde para esos días Emile Zola empezaba a sembrar un germen de guerra contra los academicismos anacrónicos, y ello logró un despertar con la agitación de nuevas ideas; su desarrollo le hubiese trazado una ruta tan excepcional como la de los que con él mismo se formaron posteriormente en aquella Europa encendida de los 80s y los 90s, específicamente cuando “El Capital” De Marx encintaba la cultura populista y contagiaba al mundo entero.

El 9 de junio’ de 1863 nació en el Pepino, en la casa que hasta 1854 se conoció como la Primitiva Casa del Rey, y que pasó a ser propiedad de su señor padre don Víctor Martínez y Martínez. Dicha residencia ubicaba donde hasta hace poco estuvo la Farmacia Rabell, en la calle Betances frente a la Plaza de Recreo.

Para ese año España vivía un período agitadísimo de luchas constantes entre Progresistas y Moderados, con brotes de guerras internas, y embarcados en otras campañas bélicas junto a Francia e Inglaterra, en otras partes del mundo

Entonces el Pepíno con una población de cerca de 12,000 habitantes que en el censo eran clasificados mediante el origen (peninsulares, puertorriqueños, y extranjeros), sexo, estado civil, raza y condición (blanca, negro, mulato, esclavo, libre). El capital neto ascendía a unos $861,470., y ello incluía riquezas sacarina, agrícola, pecuaria, industrial, y comercial.

El padre de don Primo llegó al Pepino desde Furnias (Las Marías), pero siendo oriundo de Cádiz, por la línea maternal estaba emparentado con el famoso político y escritor dan Francisco Martínez de la Rosa; quien fue uno de los precursores del teatro romántico en España.

Su madre era puertorriqueña, hija de peninsulares. En el hogar – como me señalaba doña Bisa Rodríguez–-, se respiraba un catolicismo piadaso y austero ... la casa era una especie de santuario “benéfico” y la magnanimidad de don Víctor Martínez emanaba de la profundidad de sus ojos...

Pero, naturalmente el clima y la hora pepiniana congregaba una ciudadanía domesticada y débil que se tiraba de pecho frente a la españalería servil y palaciega que dominaba y domaba la vida de cada quien como un puño de hierra y fuete de campanas.

Cinco años tenía Primo Víctor a la hora del Grito de Lares, cuando se libra en nuestro pueblo - casi a las puertas de su casa la más importante batalla de heroísmo en todo el evento histórico.

Es entonces cuando inicia su educación primaria en el Colegio de los padres Jesuítas en San Juan, para luego, a la edad de 13, trasladarse a España donde completa lo que hoy equivale la Escuela Superior, en el Instituto de Tarragona; Barcelona. Para la época fue protegido allí por un ilustre pepiniano llamado Juan Antonio Hernández Arbizu –abogado famoso– quien gobernaba en Tarragona y posteriarmente en Toledo.

Los estudios superiores (equivalentes a bachilleratos y luego Derecho) los terminó en la Universidad de Santiago, en Galicia, graduándose el 6 de noviembre de 1891. La amistad de su padre con el gobernador Hernández Arbizu, que a su vez era íntimo amigo del general Francisco Serrano, mantuvo al joven codeándose con los hijos de los liberales, donde se hablaba de anarquismo, crisis, y de que las causas de éstas respondían al estado moralista.

También se hablaba del capitalismo como un orden negativo. Se discutía una ética de mayorías conformistas y otra de minorías idealistas. Se comparaba a Jesús con Nietzsche en cuanto a que el primero “fue un inculto rumiador de misticismos populacheros” yel filósofo alemán, “un incomprendido por los dominados, los serviles y las víctimas de una moral selectiva”.

A principio de 1892 regresa al Pepino, pensando diferente sobre quiénes eran los verdaderos enemigos de Dios, dasafiando la obligación de pensar con la cabeza de los demás; postulando desde el lado metafísico eso de que ahora entendía el mundo de las apariencias, y el problema de las religiones, y el de la inmortalidad del alma; y el de la Libertad.

En una tertulia donde se encontraba don Narciso Rabell Cabrero, manifestó: “Preshishamente el problema nuestro es el de la herencia, los linajes, el hombre que se contradice sin entender los intereses creados, los de clase; sin entender lo que restringe el espacio social de los que no cuentan con nada ... ni la injusticia de que vivir la vida es un privilegio de los fuertes ... esho preshishamente!

Porque había regresado con la idea de que ahora podía ver con claridad que los que hablaban y escribían sobre la vida, la evolución, el progreso y la transitoriedad de las verdades, confundían deliberadamente verdades con creencias, tomaban las cosas en broma; fingían resolver los problemas y en fin, jugaban con los derechos del hombre.

Su mayor problema fue haber regresado con esas ideas en una época crucial para el blanquitaje peninsular, y cuando ya se acercaba la liquidación de los restos del imperio Español.

Cucán Oronoz, que fue célebre en este pueblo, y que tenía una mirada parsimoniosa como Alfonso XIII, y que parecía un caudillo pintado por el Greco; y que a lo último desde su balcón levantaba la mano izquierda y saludaba únicamente con la palma vertiginosamente acelerada a lo Margaret Thatcher; decía con lamentado humor africano mientras se tomaba un BloodyMary en el Hotel La Sierra: “De qué le valió a don Primo Martínez haber pasado casi toda la flor de su juventud estudiando en España, caminando pa’ Francia y pa’ Inglaterra y montándose en esos globos, y cuando no en los mismos dirigibles en que se montaba Dumont, desafiando el peligro, tan por lo alto, exponiéndose a que el aparato se reventara como un gran peo, y a desaparecer como el alcanfor. Y que entonces al tiempito alguien diese la noticia de que lo encontraron por allá, clavao en un pico de la Haya, o más pa’bajo, congelao como un pollo americano en uno de esos zanjones de los Pirineos donde hay capas de hielo desde hace qué sé yo cuántos siglos! Ah ... de qué le valió todo eso al hombre, pa’ después llegar a un pueblo como este, cagao de caballo por las cuatro esquinas, y donde enfrentarse a don Narciso era lo mismo que echarse la soga al cuello, o morir aplastado como una cucaracha! Así como te lo digo!!”

Pocos vinieron a ser sus amigos pero entre los que gustaban de sus entusiasmados temas y de la fuerza de imán que había en su retórica, en el sonido de su voz – grave y nasal al mismo tiempo–- y en la inflexión de su acento, estaban don Manuel Durán, que era como Ananías el piadoso varón de Damasco, donPascasio Moreno, peninsular extremadamente liberal, don Demetrio Hernández y don Vicente Viñas; así como dos hombre considerados para esa época como “de cuidado y un tanto peligrosos”. Ellos, don Juan Tomás Cabán y el cojo Lino Guzmán, a quienes posteriormente se les acusó por lo bajo de ser “los cerebros” de los actos de venganza y sangre perpetrados por las Partidas Sediciosas.

Para el grupo de peninsulares conservadores y recalcitrantes, el comportamiento del joven a la luz de los temas que discutía era cosa de “un espíritu contrariado y con ideas oscuras”. Su cerrada amistad entonces, más que con otro, con el cojo de marras (“maestro rural y despedidor de duelos que tenía una cojera muy bien disimulada y por ello un tremendo complejo de inferioridad, además de ser un hombresito bastante feo” - según Cucán Oronoz) llevó a muchos a pensar que el joven Primo V íctor de algún modo estuvo ligado a los llamados “cerebros de las Partidas”, algo incierto.

Para calmar o borrar la apatía que se tejía en su contra desde el mismo instante de su regreso al Pepino, procedente de España, su padre había conseguido que el gobierno español le nombrase en algunas posiciones públicas y otros puestos honoríficos.

Así pues, fue juez, Fiscal, capitán del ejército, Caballero de la Orden de Isabel la Católica, y miembro de la Orden Civil de Beneficiencia por Real Decreto. Si bien aceptaba y funcionaba en la mayoría de estos cargos, también dejaba ver su disgusto y se manifestaba contra las confabulaciones de quienes decían unas cosas, pero por otro lado defendían los intereses y privilegios económicos del feudalismo colonial. Se refería a estos como “hipócritas mesológicos y patológicos” (astutos-serviles, y psicópatas sugestionados) .

El poeta Juan Avilés Medina –quien me contó muchas de estas cosas– decía que siempre escuchó hablar de su tenacidad e impetuosidad al momento de defender una causa en los tribunales de justicia: “Se la pasó pleiteando contra el gobierno casi toda la vida, y si perdía, apelaba cuantas veces fuese necesario. Era una especie de Quijote, claro está, no con una aventura apócrifa, sino partiendo de una realidad social que en su derecho le correspondía abrazar. Don Primo era además un hombre dramático y analítico. El giro de su discurso era incisivo y terso. Su fraseología, decidida y brillante como el filo de un sable al desenvainarse. Nadie le metía los mochos y no se doblegó siquiera cuando se peló como un chucho después de haber heredado un capital tan lindo ... que como se dice, se lo robaron con trampas”.

Conocía de códigos jurídicos internacionales, de idiomas como italiano, francés, inglés y latín. Desde que tuvo entendimiento adquirió los hábitos de leer, escribir, y enfrascarse en disputas sobre lo aprendido, muchas veces con su padre que era Notario Público, y que le instaba a los estudios de Derecho mientras él prefería la Medicina.

Había experimentado el pulso del mundo desde muy joven. Llegar al Pepino a principios de 1892 con una visión diferente sobre la vida, las personas y los problemas sociales, acarreaba un problema para los que eran y pensaban distinto; y que carecían de credenciales académicas, ya sea porque eran autodidactos, o porque habían estudiado o lo estaban haciendo por correspondencia; esto último una modalidad aprobada para la práctica de muchas profesiones y oficios en esos días.

Así empezó a tejerse de lleno una madeja de intrigas, chacotas y falsas acusaciones en su contra, sin que él ni nadie imaginaran la magnitud de los sañosos impulsos que filamente habrían de dejarlo en la ruina y olvidado para siempre.

Según Avilés, ... “el bizco Muñoz Rivera ya le conocía porque su nombre había llegado hasta él mediante los informes redactados por el capitán Bradford cuando éste arribó al Pepino con las tropas americanas, y entabló una magnífica relación con él, quien era fluente en inglés”.

“De Diego también le conocía porque no sé en cuantás ocasiones se enfrentaron, y hasta de mala manera, litigando en las cortes de la la región. Es más, existe una letrilla satírica que el vate aguadillano le escribió luego de uno de esos encontronazos en que don Primo no sólo le acusó de ser un hipócrita por andar defendiendo los intereses de las centrales azucareras y de los latifundistas, sino que también entró a citarle jurisprudencia de los códigos de china. originados y revisados desde 1644; y al mismo tiempo, mientras le ponía uno de estos códigos sobre la mesa, entre cólera y sarcasmo, le decía con voz de trueno: !Tolle, lege ... Jus gentium! (Toma, lee, Derecho de gentes)”.

La socarrona versificación pasó de mano en mano y se extendió a casi todos los tribunales del país. Don Primo también celebró el asunto comentando que “Quevedo diría que se trata de una ventosidad comprimida, no de una cuestión intestina per sé. Algo que el estreñimiento moral del vate impide calcular”.

Estábamos más o menos entre 1908 y 1910, Y ya don Primo había sido autor de reglas de aplicación de penas en la Isla, y de artículos sobre los derechos de los hijos naturales; así como otros sobre los méritos y deméritos de la legislación hipotecaria, publicados en la revista Legislación y jurisprudencia del Tribunal Supremo de Puerto Rico.

Además tenía fama de ser “un alzao en las cortes”. El público no olvidaba tampoco que fue la persona que asesoró al Capitán Bradford en cuanto a quienes designar para alcalde y secretario municipal, en un momento donde los peninsulares saboteaban al militar norteamericano y rehusaban cooperar. Además cuando otros intuían que el cambio de “soberanía” traería actos de venganza contra la seguridad personal de algunos españoles y sus propiedades. Sus enemigos resentían todo esto.

Para las masas, el Pepino dentro de ese nuevo orden y bajo la bandera americana se hallaba como Francia al momento en que apareció Juana de Arco a salvar a todos los franceses de las garras de Inglaterra.

El final de siglo había sido apabullante para las fuerzas de herencia que constituían la tradición y el pasado, y que se enfrentaban a las tramas del futuro impredecible.

En 1906 un fuego arrasó más de 70 casas en la manzana del pueblo y como consecuencia, para detener las llamas precisó el desmantelamiento de otras 60 chozas ubicadas en el Guayabal.

Don Primo organizó un grupo de ciudadanos que se dieron la tarea de reconstruir muchas de las chozas de los pobres con maderas y otros materiales de las fincas de su padre, y claro, suyas por herencia. Lo mismo había hecho años antes durante la devastación del ciclón San Ciriaco –como me contaba en su ventorrillo allá en Tablastillas, don Fran Cabán, hijo de don Juan Tomás Cabán, alegado “cerebro de Las Partidas Sediciosas”.

También había ganado simpatías por haber sido el donante del nicho y las imágenes que junto a la de San Sebastián Mártir han permanecido hasta el momento en el Altar Mayor de la iglesia católica, aquí en el Pepino. Gestión esta, realizada en España poco antes de su regreso a nuestro pueblo.

Sus luchas continuaron sin hacer mucho caso a los enemigos gratuitos que se echaba encima. En junio de 1915 fallece su primera esposa, doña Milagros de los Ríos y A vila, natural de Cádiz, y prima hermana del famoso don Fernando de los Ríos. Al poco tiempo se casa con la pepiniana doña Pilar Cabrero Echeandía. En ambos matrimonios procreó diez hijos: tres hijas en el primero, y en el segundo, cuatro varones y otras tres hembras.

La vida de don Primo fue exitosa porque a pesar de haber terminado en la ruina económica, Jamás dió su brazo a torcer y supo enfrentarse con valor a las claques ultra hostiles, envidiosas y vengativas que dentro y fuera de nuestro pueblo pensaron hacer de él un árbol caído, en más de una ocasión.

La crónica de sucesos locales lo tachó de nuestra historia pueblerina del modo más ingrato, pues estos proyectos casi siempre han estado en manos de personas que no entienden el mosaico que es la Historia, con sus dialécticas, sus galas de formas, tiempo y espacio; y lo que constituye algún merito legítimo.

Toda nuestra noticia, que ha debido ser una gran metáfora, en este caso fue una befa cómplice, o morisqueta cruel al servicio del error.

Don Primo Víctor falleció en 1944 y durante sus últimos diez años de vida se detuvo más que antes a analizar sus sentimientos ya que su ego siempre había estado identificado con la acción, y el no haber sido tan introspectivo le había costado calma y serenidad cuando más necesario era enfrentarse con otra lógica a los infames.

Según Juan Avilés, en uno de sus viajes desde Nueva York al Pepino, don Primo le contó de cuando su escribano – un tal José Dieppa, que había llegado desde Ponce– sonsacado por sus enemigos en bebelatas le alteraba uno y otro documento para favorecer no sólo a los que se quedaron con sus tierras, sino a los que gozaban ridiculizándole frente a jueces y otros colegas en las cortes. Para después endilgarle el mote de picapleitos en el empeño de devaluarlo profesional mente.

Dieppa mismo –según otros relatos de don Fran Cabán–- testificó en su contra, en conexión con un anónimo escrito por otro abogado natural de Aguadilla. En esa ocasión el escrito fue mecanografiado en un papel procedente de un paquete que había sido perforado por la polilla.

Días antes de que las autoridades allanaran su consultorio, ubicado en su misma residencia ( la casona derribada no hace mucho donde construyeron la iglesia presbiteriana), instruido por los planificadores de la infamia, Dieppa colocó medio bloque del mismo papel apolillado en una de las gavetas que apenas don Primo abría.

Las autoridades llegaron y dirigiéndose al lugar exacto, extrajeron el medio bloque de papel de la gaveta en cuestión, y procedieron a montarle el del anónimo para así verificar la exactitud del agujero de la polilla, comprobando sin dudas que el infamante libelo procedía de aquella casa y por ende, “de la autoría” de don Primo.

Le procesaron y con el calculado testimonio de Dieppa, fue declarado culpable y multado. Ciertas consideraciones y una que otra intervención de colegas de San Juan evitó el desaforo. Pero los malditos se mofaron de él hasta la saciedad y de ahí en adelante, su suerte estuvo echada. Y fue grave porque no tuvo la solidaridad del justo para reivindicarlo.

A lo último ni las moscas se paraban en su oficina y se sentaba de espaldas al pueblo porque según él, “este pueblo me ha dado la espalda y ahora soy yo quien se la doy a él”.

Arruinado, se vio precisado a vender su colección de pinturas y dibujos comprados en galerías de España y Francia. Lo mismo hizo con el montón de prendas, muchas heredadas, que incluían collares, anillos, y brasaletes en piedras preciosas. Un fino tablero de ajedrez en marfil y jade fue vendido junto a su colección de bastones con empuñaduras adornadas en oro y nácar. Don Primo terminó en las tablas, “cantando por una cuca vieja”, al decir de don Cheo Méndez el padre de Millo el brujo.

Su vida y acto, caló y desafió la enigmática perversidad de un grupo sin credos espirituales resintiendo la caída de un imperialismo bárbaro e inmisericorde como el régimen Español en nuestro suelo.

Su modo de pensar y de alimentar nuevas trayectorias humanas en beneficio de una mejor circunstancia para cambiar los privilegios en anhelos y esperanzas colectivas, le llevó a joderse frente a los que lamentahan la agonía de un régimen caduco, incluyendo a don Narciso Rabell Cabrero quien era un hombre muy difícil; y a José de Diego con sus Narcisistas dicotomías y su genuflexo patriotismo de ateneos y calzoncillos de seda.

Don Primo poseía una tenacidad socrática para poner en evidencia a los “dioses”. De hecho me recuerda los griegos, mi fijación de otros dias con Edipo; la definición del “arte trágico” que Aristóteles diera a la Poética donde para el célebre fundador de la escuela peripatética, la tragedia era la más pura de las artes teatrales porque en ella existía la posibilidad de una purificación mediante la catarsis, después de un minuciosa introspección.

Como en todo el sentido aristotélico, para mí fue un tipo de héroe de dimensiones trágicas, y su circunstancia tuvo los elementos indispensables que la tragedia requiere para llamarse tragedia; o sea, la inexorabilidad de los eventos y la falla trágica como causal de los mismos. Luego la catarsis y finalmente la transformación, que fue lo que le costó rechazo, vejamen, y la cruel eliminación de los anales de la historia pepiniana.

De niño lo tuvo todo. Como adulto también, porque en el plano personal se formó honradamente, contrajo matrimonio en dos ocasiones con dos magníficas damas y con ambas procreó hijos e hijas buenas. Eso y lo antes mencionado le retrata heroicamente.

Su falla trágica fue “ir contra la corriente”, rebelarse, pleitear contra el gobierno, conmover a los arrastrados con la misma retórica visionaria con que agredía a los transfugas; y ser testarudo.

Su catarsis se produjo al ver y sentir tajos de luz en lo que de momento le pareció un final, crucificado y suspendido en el aire frente a un ciclorama de oscuridad; y sin otro mundo circundante, sino pura ausencia de color. Sin más ni más. Y hasta destinado como Edipo a quedar sin ojos, víctima de la muchedumbre sin alma; y a sentirse deambulando por el mundo como un mendigo, víctima de la envidia y la mala fe.

Pero nada de esto sucedió porque si fue cierto que murió fracasado económicamente, la introspección de los últimos años de su vida le aseguró –como si la propia consciencia de Aristóteles le hubiese hablado–- que en su transformación, su destino de ser ignorado, desestimado y escarnecido, se cumplió; la misión de ser comprendido y reivindicado por la Historia que casi un siglo después ha señalado apócrifos a los ilustres desvergonzados de su época, también hubo de cumplirse.

Tout est perdu, fors l honneur.

 

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