Las Partidas Sediciosas en Pepino de 1898

«A todos se nos cayó la casa encima; todos empobrecimos»

No hubo cantos ni décimas para poner en sobreaviso a Andrés Cabrero; aunque no le quemaron, fue triste cuando se descubrió que un mayordomo de la Hacienda Cabrero fue un miembro de una partida que atacó a Ballester Pujols y su familia. Tenían un enemigo dentro de sus predios: María Luisa Rodríguez Rabell

Alberto Arana Colmenero y esposa

El año 1898 fue uno sobre el que los abuelos de mi generación de pepinianos guardaron muchísimas memorias, pocas veces contadas. Para muchas familias locales, unas peninsulares y otras criollas, fue el año de separaciones, despedidas y regresos a España. Algunos de los miembros de las familias Laurnaga, Hermida Jorge, Rodón, Caballero Ayala, Alers, entre otras, se cuentan entre las familias en diáspora. Emigraron a la tierra de sus orígenes o cambiaron sus rumbos insulares.

Es el año de la primera ilusión autonomista y de su derrumbe. El año del descorazonamiento político del coronel Gerardo Forest, quien batalló hasta alcanzar rango de comandante en la manigua cubana contra España y que, cuando regresó a Puerto Rico, fue para el triste encuentro con una realidad desmoralizadora, el coloniaje, el cambio de dueño y para cualquier excombatiente revolucionario tal es la muina.

El auxilio cubano para la liberación de Puerto Rico murió con el mangoneo estadounidense de la política caribeña y con Betances y De Hostos. La opción o sueño de libertad y soberanía en el contexto antillanista se hizo sal y agua. Cuba se inhabilitó para ser el ancla de esperanza a las ilusiones libertarias de Puerto Rico. En Pepino, como en Puerto Rico, Gerardo Forest Vélez fue parte de ese proyecto, por el cual vendió su botica en el pueblo y marchó a servir la causa de las libertades antillanas. La Doctrina Roosevelt dio garrotazo de muerte a la esperanza puertorriqueña. [1]

Aún triunfante la revolución en Cuba, el fantasma del anarquismo y el racismo se dibujaron como factores para que Bartolomé Massó, electo en la Constituyente de Yara como presidente y primer veedor de la Constitución de la República, junto a su jefe militar Máximo Gómez, no triunfaran. Esta Constitución republicana estuvo precedida por tres años de dominio militar estadounidense, encarnado en la persona de Leonard Wood (21 de febrero de 1901) y, poco después, con el contigente de más de 15,000 militares estadounidenses que hizo arbitraje de fuerza en la crisis constitucional (1906 a 1909) cubana.

En el contingente de militares y mercenarios de EE.UU. en Cuba, estuvo un pepiniano: Blanco Ortiz Vélez. [2]

Al pisar tierra cubana, los norteamericanos todavía conservaron el temor de hallar más piratas que anarquistas [3] porque los revolucionarios antillanos tendrían tratos con las islas y cayos que, siendo otrora parte de España, se trocaron en poderío inglés por despojo militar desde 1655 y por el Tratado de Madrid de 1670. El freno a la piratería no se logró, entonces; pero el fin de la trata negrera en 1807 y el decreto del fin de la esclavitud (1833) se anticipó por más de cuatro decenios a conquistas similares en Cuba y Puerto Rico.

Vistas como naciones que arrastraron los pies, en materia de conceder derechos humanos y civiles a los negros, a las antillas llenas de piratas y a las Filipinas, llenas de malvivientes, como México de bandidos, se pedía que fueran subyugadas como parte de la Marcha de las Banderas. A principios de siglo, EE.UU. se sentía con la autoridad moral para educar al mundo en cuanto derechos humanos. Propagandista de este ideal, con discurso feroz, el candidato al Senado por Indiana, Albert J. Beveridge, glorificador del imperialismo, discursaría en 1899: «Sólo las almas timoratas le dicen no a la necesidad de nuevos territorios… William McKinley planta la bandera en islas de los mares, amplía el comercio, citadelas de seguridad nacional, y la marcha de nuestra bandera continúa». El asesinato de McKinley por el anarquista León F. Czolgosz recrudeció los cantos de sirena de Beveridge.

Ni Cuba ni Puerto Rico tuvieron una infraestructura, comercial e industrial, por la que la inteligencia militar norteamericana, pensara que hallaría una plaza forjada para el anarcosindicalismo. Por menosprecio, el anarquismo se asociaba en estas áreas, como en siglos anteriores, al fantasma del filibusterismo: freebooter / filibustier, en francés.

Sin embargo, el anarquismo concebido así, como filibusterismo, importó menos a los militares estadounidenses que identificar a los revolucionarios antillanos a los que calificaron como proscritos. España colaboró en la tarea de identificarlos y el anarquismo, cualquiera fuera la definición ideada, se descartó como peligro.

Durante la administración de Ulysses S. Grant, surgió una crisis bancaria. Esta repercutiría en el mundo y se agravaría con el Pánico financiero de 1893 durante la administración de Grover Cleveland. El pánico financiero (1893-97), la depresión, las políticas monroístas de Cleveland fueron preambulares. Las señales de zozobra y angustia más dramáticas las trajo ya la invasión.

¿Qué produjo la depresión mundial de 1873 y el Pánico financiero de 1897, con su subsecuente depresión de cuatro años, en Puerto Rico?

El cierre de comercios, el alza de precios, el gasto en las partidas militares en España, etc. contribuyeron a brotes de hambre en la isla. Un caso específico en Pepino fue el del comerciante peninsular Antonio Pavía Conca (n. 1860), quien vendía al mayoreo alimentos y licores. Su modo de encarar la situación fue típico. El eliminó sus ventas a crédito y redujo sus compras a los pequeños agricultores que lo surtían en Pepino. Sus medidas ante la crisis de 1898 molestaron a muchos ventorrilleros.

Otro tanto hizo la Laurnaga y Co. (una firma iniciada por Juan Manuel Sagardía y Margarita Alers, dueños de la tienda El Puente (1849) que se convertiría en Laurnaga y Co.) que sería la casa comercial más poderosa, junto con la compañía importadora, M. J. Cabrero y Co. [4]

Uno de los fundadores la M. J. Cabrero y Co., dejó la empresa a cargo de otros parientes y se mudó a España. Manuel Joaquín Cabrero Echeandía, gerente de tal firma y apasionado autonomista, anticipándose a la guerra irremisible, desapareció de pronto y murió en España, no pudiendo regresar a Puerto Rico. Acostumbraba a hacer frecuentes viajes a los EE.UU., donde estudió contabilidad y obtuvo un dominio hablado y escrito del inglés. En su juventud escribió versos que dedicaba a sus amigas de aquella época. «Caballero culto, ilustrado y de un trato social muy exquisito», le describe Méndez Liciaga.

Es un hecho que si, al decir de Bernabé, «el autonomismo, que parecía muerto en 1898, gozaría de una segunda oportunidad sobre la tierra bajo el nuevo régimen colonial norteamericano», [5] no sería con la ayuda de los más ricos.

La economía de la isla se resintió, pese a las nuevas libertades económicas que había concedido la autonomía, debido a la tensa situación internacional. Tarifas más altas para el azúcar, el café, el tabaco y los frutos menores, dictadas por la administración del Presidente William McKinley. Explica Rafael Bernabé en su artículo Rebelión en las colonias: Puerto Rico 1898:

… Si bien las transformaciones que siguieron al ‘98 crearon el terreno para el nacimiento del movimiento obrero como nuevo agente social, también ayudaron a que viviera sus primeras décadas vinculado al sindicalismo conservador encamado en la American Federation of Labor. Por su lado, los sectores más beneficiados por la nueva relación (como los azucareros) prefirieron acomodarse al régimen existente. Los menos favorecidos (como los cafetaleros) no articularon más que débiles peticiones de reformas. En ambos casos, las clases poseedoras desplegaban una política de reforma colonial en el contexto de la relación de la no incorporación.

Notas bibliográficas

[1] Al iniciarse la Guerra Hispano Americana, el Presidente William McKinley confió el mando militar a Teodoro Roosevelt, de la Secretaría Auxiliar de la Armada. ‘Teddy’ Roosevelt se hizo portavoz de línea dura de la Doctrina Monroe (de 1823), según la cual se rechazaría a toda intervención europea en los asuntos del hemisferio americano.

Se dijo, en 1898, que los EE.UU. estaba en manos del águila inmisericorde y anticatólica de McKinley. Este fue calificado como politicastro, seeker after the plaudits of the crowd, tal como le dejó descrito una carta de Depuy de Lôme, embajador español en Washington, que fue interceptada y publicada en The New York Journal. «De Lôme was forced to resign, but more important, by exacebating the already strong public feeling against Spain, the letter became a contributory cause of the Spanish-American War» (John A Garraty). Tampoco Theodor Roosevelt gozaba de una buena imagen entre quienes le juzgaban políticamente.

[2] Entrevista con Pablo Arvelo Latorre, hijo del hacendado de barrio Pozas, Juan Francisco Arvelo, realizada el 20 de octubre de 1977.

Arvelo Latorre confirma el origen venezolano de esta familia e informa que Higinio Arvelo Vélez participó, con Venancio Hermida, en la introducción de los consell de riepto, una institución catalana, ilícita a la fecha, que propició desafíos a duelo de pistola en los campos de Mirabales. Según informes del entrevistado, Emilio A. Vélez del Río, hijo mayor de Paché Vélez-Prat se casó con Federica Arvelo, en 1820, venezolana.

El entrevistado conoció, en vida, a muchos de los alzados o sediciosos, entre ellos, a Manuel González Lugo y Avelino Méndez Martínez y recordaría cómo, en tiempos de España, se habló de secos y mojados. Cf. vid., Helen Santiago Méndez, La élite cafetalera de San Sebastián a finales del siglo XIX: Su ascenso y decadencia (Tesis de Maestría, Programa Graduado en Historia, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras, 1988); Ricardo Camuñas Madera, Las viejas familias de hacendados y comerciantes en el Occidente del Puerto Rico decimonóbico: Poder económico y social, Boletín de la Sociedad Puertorriqueña de Genealogía, 1993, Núm. 1/2, pp. 33-39 y Raquel Rosario Rivera, Los emigrantes llegados a Puerto Rico de Venezuela entre 1810-1848, La emigración en Puerto Rico: Siglo XVI al XIX (RGPR, 1992, Núm. 21) y R. Camuñas Madera, Hacendados y comerciantes en Puerto Rico en torno a la década revolucionaria de 1860.

[3] Dolores Prat, loc. cit.

[4] Helen Santiago, Laurnaga y Co., almacén en la segunda mitad del siglo XIX, Parte IV, en: Maguey (Año 2, Núm 2.), ps. 2-3; El mercado del café y el comercio de San Sebastián en la primera mitad del siglo XIX, Parte III, en; Maguey (Año 2., Núm. 1, Noviembre-Diciembre, 1992), p. 2; Entrevista con el Lcdo. Pedro A. Echeandía Font, loc. cit. y Entrevistas con Doña María L. Rodríguez Rabell Vda. de Negrón, realizadas en 1974.

Los testimonios sobre el abandono del pueblo por Manuel J. Cabrero Echeandía los ofrecieron Andrés Méndez Liciaga en su Boceto (p. 123) y los mencionados, pero Manuel Fernández Cabrero observa en carta personal del 28 de junio del 2004 que Manuel Joaquín, hermano de Severiano, ambos nacidos en Caracas (Venezuela) «murió en un viaje de negocios a Barcelona. El viaje culminaba en la liquidación de los bienes de Don Andrés en la Ciudad. Dinero que pensaba usar con su hermano para mejorar el negocio en El Pepino… Durante los preparativos de regreso, se quita su sobretodo para pesarse en una báscula pública. Tres días más tarde contrae pulmonía y dos semanas después muere. Su viuda Trinidad Román Sotomayor (Doña Trina) regresa viuda, pero con dinero… (…) Aún así, par de años después de la muerte de Don Manuel Joaquín, Doña Trina queda insolvente. Son ahora los Cabrero las personas más adineradas» de San Sebastián.

Aunque Fernández Cabrero no lo explica en su carta, la que le publiqué en el Foro de Temas Pepinianos de mi website 13 Monografías de Historia Pepiniana, la insolvencia y quiebra económica de familias como la Echeandía Cabrero (Severiano, Manuel Joaquín y viuda, Doña Trini) es sintomática del canje adverso de la moneda que entra en vigor tras la invasión norteamericana en Puerto Rico. Manuel Joaquín murió en 1897 y, aún una administración eficiente y rigurosa, no hubiera evitado el empobrecimiento de su esposa. El régimen impuesto, tras la invasión estadounidense, afectó a ricos y pobres y ésto es algo que muchos alzados no comprendieron, sino hasta muy tarde cuando cometieron sus desmanes contra familias sin finanzas líquidas.

La carta es interesante por sus detalles clarificadoras sobre la conducta política de los Cabrero Echeandía y su padre, Don Andrés Manuel Cabrero Escobedo, siempre fue liberal y, aunque beneficiado de la Real Cédula de Gracias y el Edicto Trujillo, ya «poseía tierras, influencias y dinero en Barcelona» (sic.) y su esposa (Doña Evarista Echeandía Mendoza) «era hija de acaudalados venezolanos con poder, dinero y propiedades» (sic.). A Venezuela, don Andrés llegó ya adulto, con órdenes reales de ejecutar una auditoría y es en Caracas donde conoce a Doña Elvira. Pasado el tiempo, ya en Pepino, fue funcionario alcaldicio, el principal terreteniente de la décáda de 1860 y, a finales del siglo (Boceto, 2da. ed., p. 161), Andrés Cesáreo Cabrero Echeandía fue el presidente del Comité del Partido Unionista, lo que explica que no se le quemaron sus propiedades en El Guayabal.

Sobre la familia Echeandía: «Juan Bautista Echeandía y su esposa Isabel Mendoza llegaron a San Sebastián, procedentes de Venezuela, con 5 hijos en el 1823. Arrendaron una finca de 240 cuerdas por 4 años. Entre los hijos de Juan Bautista se encuentran Cecilio, Agustín (posible hijo) quien aparece en 1836 como labrador en la lista de emigrados domiciliados en Pepino. En 1878 Don Pedro Antonio Echeandía Medina y don Victor P. Martínez González compraron la finca de Bahomey. En 1897, Victor Martínez vendió su mitad a Pedro Antonio, quien estaba casado con Doña Emilia Vélez y Rivera y tuvieron 7 hijos. Cecilio Dámaso, Susana Candelaria, Pedro, Francisco, Rita Emilia, Evarista Generosa y Wenceslao… En el 1907, Don Cecilio Dámaso Echeandia y Vélez, quien nació el 11 de diciembre del 1862, en el barrio Cidral de San Sebastian y quien se casó con Doña María Marciana Font y Feliú en el 1897, adquiere de su padre mediante permuta por otras dos fincas, la finca de Bahomamey, la cual fue llamada La Fe por Don Cecilio… En el 1922, Pedro Antonio Echeandía Font, hijo de Don Cecilio, compró la finca a su padre y en el 1929, se la arrendó por 10 años… Don Cecilio murió en el 1936. La Hacienda La Fe mantuvo operaciones hasta el 1942»: Datos provistos Iris Santiago Vélez y María Jesús Rodríguez Trigo, quien ha recontinuado los esfuerzos de investigación genealógica de su madre.

Utilizo, por igual, el libro inédito del Dr. Cecilio R. Font, Primera aproximación a la familia Font-Etzxeandía (manuscrito, 1987).

[5] Rafael Bernabé, op. cit.

Tomado de la Página de Carlos López Dzur

Autorizado Por Lionel on Jul 8th, 2009 y archivado bajo Historia, Lo Ultimo, Otros Temas. Puedes seguir los comentarios a este articulo a traves de RSS 2.0. Puedes dejar un Comentario llenando nuestra Forma o enlazarte a este articulo desde tu sitio

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