El magisterio en Pepino desde principios del Siglo XIX al XX
No hay problematización sin realidad… La educación es necesariamente un quehacer problematizador… El educador, al problematizar, ‘re-admira’ el objeto problemático a través de la ‘readmiración’ de los educandos: Paulo Freire
Estudiantes de 1923 en San Sebastián: El grupo incluye a los siguientes estudiantes y maestros: Juanito Rosa, Elena Sifre, Herminio Detrés, Victor Vargas, Patria Rivera, Pilar González, señorita Torres (#14), Carmen Elisa de Jesús, Amelia Durán, Pilar Elisa Cabrero, Gloria Rivera, Mr. «Dealer», Manuel Alberty, Pico Echeandía, M. Gutiérrez, Luis García, Rafael Lugo y el profesor de música Vicenty.
Esta monografía sirve al propósito de que pensemos críticamente sobre el poblado de San Sebastián del Pepino a mediados del siglo XIX y la etapa de «indecisión y transición» que el régimen colonial estadounidense, después de la Invasión de 1898, impondría, en cuanto fuerza formativa y condicionante para la educación colectiva y el perfilamiento de la idiosincracia de su gente.
Habría que describir una serie de estructuras, económico-sociales y políticas, antes de pasar al cúmulo de informaciones y /o márgenes de oralidad significante que pueden incidir en estos contextos. Me refiero, en cierto modo, a las enseñanzas de individuos especiales o maestros titulados que dieron su acción positiva hasta crear los momentos coyunturales al proceso educativo y a los que Antonio S. Pedreira llamara los signos hacia una etapa de «despertar e iniciación» en el proceso histórico insular y, en este caso, los que son particulares al Pepino como segmento del metarrelato nacional. [1]
No importa que muchos de los nombres de los maestros del pasado (y, al decir, maestros no me refiero solamente a los titulados como tal) se hayan perdido en el anonimato, sin fuentes documentales que les identifiquen en su función, no importa que, ya fallecidos ellos y sus educandos, sea más difícil que se les reconozca sus existencias y las valías de su quehacer, en este ensayo, haré un reconocimiento. Para hacerlo, partiré de la definición que nos propuso Paulo Freire acerca de lo que es educación y de la que no lo es:
… (es) la educación lo que, como cualquier otro quehacer humano, se da sólo «dentro» del mundo humano, que es histórico-cultural… y, por tanto, al integrar el hombre a la realidad, hace que sienta, perciba y ejerza una práctica transformadora… Es exactamente en sus relaciones dialécticas con la realidad, que concebiremos a la educación, como un proceso de constante liberación del hombre. [2]
Contrario a la misión inclusiva y dialógica de la educación, Freire explica el tipo de esfuerzo manipulativo que se ejerce contra los educandos y los desafíos que la educación tiene cuando se vive en el contexto de la invasión cultural:
La educación, que para ser verdaderamente humanista, tiene que ser liberadora, no puede, por lo tanto, manipular… (ni negar a otros) la presencia decisiva en las transformaciones históricas… Toda invasión sugiere, obviamente, un sujeto que invade. Su espacio histórico cultural, que le da su visión del mundo, en el espacio desde donde parte, para penetrar otro espacio histórico-cultural, imponiendo a los individuos de éste, su sistema de valores… El invasor reduce a los hombres del espacio invadido, a meros objetos de su acción… El invasor prescribe; los invadidos son pasivos frente a su prescripción… (así, para este propósito de hacerlos) [...] presas dóciles de su conquista, es necesario que el invasor quite significado a la cultura invadida, rompa sus características, la llene, incluso, de subproductos de la cultura invasora. [3]
Los pueblos se cimentan lúcida y creativamente por el proceso educativo, bien guiado por maestros dialógicos. En ausencia de este proceso educativo dialógico, los retrocesos se evidencian como indecisión y transición, al decir de Pedreira. En las sociedades cerradas por manipuladores, en vez de pedagogos auténticos, se patrocina lo irracional, lo «mítico», lo anti-humanístico, en fin, una domesticación que consolida o «instrumentaliza la invasión cultural» (Freire, 62).
En rigor, la historia del magisterio en Puerto Rico hay que datarla por el comienzo de la creación de escuelas en los siglos XVI y XVII, algunas de esas escuelas ofrecían la instrucción secundaria.
Para el 1770, bajo la administración de don Miguel Muesas, se registró el primer intento de establecer la escuela primaria pública y gratuita. La enseñanza hasta finales del siglo XVIII era similar a la de España e Hispanoamérica. Se enfatizaba en la educación religiosa y el resto se dedicaba a la lectura, escritura y aritmética. El renacimiento en la educación en Puerto Rico comenzó en el siglo XIX. La escuela rural tuvo sus comienzos en 1809, cuando el General Messina establece una escuela de agricultura y artes manuales.
En el 1825 La Catedral de San Juan, estableció una escuela que ofrecía cursos en teología, filosofía, ética, latin, leyes civiles y canónicas y litúrgia. En 1861 se construye el Colegio de Párvulos. El colegio es la institución primaria más antigua de Puerto Rico. [4]
En 1820 el gobierno adoptó un método de enseñanza formulado por Francisco Tadeo de Rivera, Director y diputado de las escuelas en San Juan. Al mismo tiempo la influyente Sociedad Económica de Amigos del País, fundada en 1813 por Alejandro Ramírez, primer tesorero de Puerto Rico, abrió una institución con cursos de matemáticas, comercio, geografía, leyes civiles, filosofía y dibujo la cual funcionó por varios años.
No es tarea de mi monograría abundar sobre lo que no atañe a su título ni a la posibilidad de su estudio; pero es imprescindible que demos una referencia clara al hecho de que Puerto Rico, como Pepino, ha pasado por varias invasiones culturales y, que antes de aludir a las estructuras nuevas del sistema educativo público que sostiene el sistema colonial, convienen algunos comentarios sobre los ya remotos sustratos de esa realidad y su contenido problemático.
Hoy sabemos, gracias a estudiosos del sustrato indígena que, en el Caribe precolombino, se cumplió un crecimiento sistemático de aborígenes desde el Taíno inicial. Este sustrato estuvo vigente como testigo y objeto de vida cultural después del año 1400 dJC; la presencia aborígen se calcula en alrededor de seis millones de vidas humanas al momento del Descubrimiento.
En general, sabemos acerca de sus enfrentamientos con los belicosos Caribes y cómo después de la destrucción a la Villa de Sotomayor y los experimentos de Urayoán / Bayoán (unos que consistieron en probar que el invasor español no es inmortal), el principal problema entre el conquistador y el indígena fue la mutua desconfianza, el pesimismo y el rompimiento de las co-intenciones entre educadores y alumnos para transformar el ritmo de la realidad. Prácticamente, todos esos años antes que el Gobernador de Muesas, ya para 1770, mostrara un interés en crear escuelas para los naturales (léase indios, mestizos, pardos y criollos) son años en que se careció de un proyecto cultural educativo. Una cosa es crear escuelas, que como tales son necesarias; otra cosa es crear maestros…
¿En manos de quiénes estaría la educación?
Bien sabemos que la educación fue administrada por la iglesia, instititución que fuera de sus marcos canónicos no admitía (y lo sigue haciendo hasta hoy) otras problematizaciones de los objetos de conocimiento. Así, por ejemplo, el sacerdote (que no es maestro ni siquiera buen sicólogo y consejero) proyecta la ética cristiana de modo que a las emociones en general las convierte en condena, acusación que instiga la culpa, o juicios que atañen a lo bueno o malo. Amparado en el concepto místico del pecado original, con la efectiva herramienta de la condena («Christian-style sin and guilt») del pecado y la culpa, el sacerdote / la Iglesia ejecuta el principio equívoco: la condena a priori de las emociones. Un educador, por el contrario, entiende que sólo las acciones deben ser sujetas al juicio de lo bueno y lo malo.
La iglesia católica, como institución representativa de una cultura invasora, arribó como distribuidora del saber, evangelizadora de indios simples e ignorantes, siendo por la implicación de este juicio y su mesianismo autoasignado, la principal negadora de lo que cada cultura y etnicidad posee de continuidad, proceso y ser-avanzando (M. Heidegger). Hay una continuidad de la cultura, en cuanto ésta va siendo y su proceso no se paraliza porque llegue una cultura invasora.
El desafío de su encuentro / hallazgo sería: ¿cómo se establecerá una solidaridad intercomunicativa, cómo se tratarán colectivamente lo que cada una fue, es y desea ser, sus unidades epocales, y su inserción en una estructura horizontal menos rígida, pero no por ello autodestructiva y domesticable?
Ha dicho, por ejemplo, Nina de Friedman, quien coordina un proyecto sobre el Puente Africa-América en la Ruta de la Esclavitud que los sistemas educativos han permanecido casi inmóviles ante la idea de que no fue sólo el mundo europeo y el mundo indígena los que se han hallado en América para formarla. Hay que incluir al africano que se trajo en cadenas.
Frente a la relación educativa que dio la Iglesia Católica, me planteo el proceso de recuerdo social y su implicancia para la educación. Ciertamente, los aspectos contradictorios que, en el ámbito pragmático y cotidiano, la convivencia con el indio y el africano supuso para las comunidades, hoy son espacios culturales ya pasados y han sido silenciados por las ideologías, siendo que las ideologías son las que intervienen en la emergencia del olvido y en la reconstrucción del pasado para que se posea consciencia histórica y continuidad de la cultura.
Eugenio M. de Hostos, uno de los padres de la pedagogía continental, escribiría una novela donde el personaje principal es el del primer indígena en Puerto Rico (Bayoán) que «duda sobre la inmortalidad de los colonos españoles»; en ese espacio caribeño, donde comienza la peregrinación de Bayoán, «la región, el espacio, la tierra, era algo poseído» pero, a juicio de De Hostos, faltaba la libertad, como verdad y fundamento de lo real; faltaba el que ambos, educador y el educando, comprendieran la igualdad moral y sexual de los géneros y la búsqueda de una mejor sociedad, sobrepasándose las diferencias raciales y étnicas, a través de una quintaesenciada «raza que pruebe que los hombres no tienen color en el espíritu; que hay una chispa igual en todos, que de todo los hace capaces». [5]
En el examen de ese «ahí», en torno a la identificación de tales nexos, orales y tradicionales con el aborigen y su mestizaje cultural, tras esa significativa invasión cultural, no es mucho lo que el pepiniano sabe, aunque sea mucho lo que abarca su nostalgia, por una sed de abrazar lo que fueron, lo que fue su inicial «situación-problema» hasta englobar una totalidad mayor. Gentes de nuestros pueblos con raíces taínas, ante sitios arqueológicos de ese «ahí del Ser» y lo ya sabido sobre el genocidio de ese sustrato étnico, el aruaco-taíno, aún pregunta con fascinación sobre esa gente. Aún valora, o especula, sobre quién aprendió más que quién. [6]
¿Qué obtuvieron y qué se aprendería mutuamente, si la guía de su educación hubiera sido otra, basada en la admiración y la simpatía? No en persuación para la admisión pasiva de la propaganda y el autoritarismo. Citaré nuevamente a Freire acerca de la importancia del diálogo, la comprensión de lo mágico y la «admiración» en la captación de la realidad y de sus elementos constitutivos:
El diálogo es el encuentro amoroso de los hombres que, mediatizados por el mundo, lo ‘pronuncian’, esto es, lo transforman y, transformándolo, lo humanizan, para la humanización de todos… Este encuentro amoroso no puede ser, por esto mismo, un encuentro de irreconciliables… No hay ni puede haber invasión cultural dialógica, no hay manipulación ni conquista dialógicas; éstos son términos que se excluyen… [7]
Como los puertorriqueños en general, a medida que estudiamos el tema, los pepinianos saben que nuestra educación, formal e informal, no ha sido orientada a insertar y festejar, con dignidad suficiente, ni al indígena ni al africano. Más bien, alrededor de ellos se folcloriza. En el libro Los puertorriqueños: mentalidad y actitudes: Siglo XVIII, Angel López Cantos brinda muchísimos ejemplos del trato que, en ese siglo y aún posteriormente, se hizo frente a estos sustratos étnico-raciales y ésto es indicio de lo que las clases con poder político y aquellas participantes de la mentalidad de la invasión cultural entendían por educación y relación con su comunidad.
Cuando la población de Puerto Rico apenas superaba los 44,000 habitantes, Fray Iñigo Abbad y Lasierra, enviado por el Conde Floridablanca, observó el cruce de las diferentes razas y una sociedad puertorriqueña «poseedora de una personalidad muy propia, distintas a la de otros pueblos de América». [8] Para ese período, la inmigración de las Islas Canarias fue significativa. Había ermitas de la Vírgen de la Candelaria en distintos pueblos; Fray Abbad, como André Pierre Ledrú en 1797, hizo observaciones sobre el poblado de Pepino; vio la falta de comodidad y de muebles en la casa del campesino isleño; parecía que ese campesino vivía libre y desinteresadamente, pues, «dormía con puertas abiertas y hamacas colgando de árboles» (Morales Dorta, 120).
Morales Dorta se refiere a los dos siglos anteriores al régimen que impuso el establecimiento de la Libreta de Jornalero a los compesinos como el periodo de la «la libertad y el desinterés que gozó el campesino» (Morales Dorta, 138), momento que fue cortado vilmente por los Gobernadores López de Baños y Juan de la Pezuela. A partir de estas administraciones, «el descontento entre el nativo boricua y el recién inmigrante latifundista y usurero prestamista, llega a despertar sentimientos nacionalistas que encontró desahogo en la abortada rebelión de Lares». La Libreta de Jornalero fue un sistema en el que, «gran parte del pueblo puertorriqueño fue sometido a la esclavitud por orden y caprichos de dos gobernadores que dejaron de ser humanos para convertirse en crueles verdugos». Aquí se incluyó al campesino boricua sin propiedad, quien tendría que reportarse al terrateniente que ejercía «una estricta vigilancia sobre su conducta y su trabajo» (Morales Dorta, 138).
Este tipo de vida que a un poeta en su Homenaje a San Sebastián lo obligaría a preguntar:
¿Quién sabe de tu pasado? ¿Qué eras tú?
¿En los tiempos de opita y de babuya?
(Salvador López González, en: Cardé, opus cit., ps. 58-59)
puede que haya sido el tipo de vida que el pepiniano viviera hasta poco después del 1823, cuando se inicia el proceso de formación de manzanas y calles para el sector urbano, a tal fecha inexistentes, pues, siquiera había una Casa del Rey. En 1808, la Casa del Ayuntamiento y de sus regidores estaban sujetas a la opacidad de la vida política española.
En la medida en que desaparece, ese encanto idílico, en medio del cual estaba el campesino de los «tiempos idos» que evocara Francisco Alberty Orona en uno de sus poemas, se forjará otro Pepino que es el descrito en el Himno de San Sebastián del poeta Juan Avilés Medina. Nace lo que él llamara la Vida con historia, que es aquella en que se forjan cultura y esperanzas nuevas, pero ese contexto incluye, como él dice en el himno: una historia escrita con sangre de España, con rencores, bravuras y como su trasfondo vaporoso, leyendas de hazañas taínas (Cardé, op. cit., 12)
Vida con historia: La vida con historia acerca de la cual se metaforiza en el Himno de San Sebastián es la que se centrará en la verdad histórica. Lo recuperable y datable de esa verdad histórica es el resultado de la síntesis entre una solidaridad entre el presente y el pasado, donde el presente apunta al futuro. Fuera de tal síntesis es imposible captar la continuidad de la historia. Dice Freire al respecto que únicamente como seres históricos, reconociéndonos como tales somos biografiables.
Para hacer vida histórica, como pueblo, tuvo que surgir el proyecto colectivo: «aldea-nación» lo designará Ramón A. Quiles Díaz en Pepino de donosiarras, «promontorio» / «fundamento» / «identidad fusionada» que se concreta históricamente como pepinianidad, diría Eliut González Vélez.
En este contexto tan amplio y concreto de la vida con historia es donde se revela con todo su poder lo que hemos adquirido de la cultura y educación como formas para organizar el futuro. Y, entre 1810 y 1830, cuando ya las estructuras de gobierno son visibles y funcionales, lo que Pepino fue es una cultura del café que se impuso sobre otros tres tipos de cultura económica, una más idílica vida de campesinos en la subsistencia agraria y otras más activas y pujantes clases: la de los ganaderos (que cultivaban puercos, cabras y vacas) y la de los cultivadores de caña. [9]
En ese periodo aludido (1810 a 1830) está implícito el beneficio que trajo a Pepino la Cédula de Gracias y, no sólo por crear el primer ciclo cafetalero, sino por dar más concreta formalidad a la vida educativa y social. La estructura latifundista quedará mucho más acentuada en lo que sería el segundo ciclo cafetalero que se inicia en el 1849.
En este segundo ciclo (donde la vida en las haciendas de los Sagardía, Alers, Laurnaga, Echeandía, Cabrero, es intensa, etc.), se harán más exigencias al total de la comunidad. Este Pepino definió lo que desea como modelos para la aldea-nación y su ideal de pueblo. La visión del poeta Quiles Díaz quedó codificándolos, al escribir que San Sebastián de las Vegas del Pepino es «espejo de vascos» / «Pepino de Donostiarras / de ideales y de lanzas sangrientas».
Es interesante que los «signos» del pasado (con que simbolizamos y poetizamos el hombre que fuimos) estén insertados en la memoria colectiva de los pepinianos. En rigor, los pepinianos, aún sabiendo poco del sustrato taíno, al describir su idiosincracia, la personalidad que va adquiriendo, la sacan a relucir: somos espejos de vascos que como en España se rebelan, pero tenemos tejida en la consciencia o los genes, dice Quiles Díaz, «herencia taína»; el Culebrinas es mucho más que una cascada, de «serpientes cristalinas, cascada legendaria, estanque inmenso», asociada al Valle, donde caciques dieron lucha y resistencia al español, Culebrinas es la «región de llanto, de gigantes y silencios».
¿A qué podemos relacionar estas contundentes metáforas del poeta pepiniano Ramón A. Quiles Díaz y poema que Cardé Serrano incluyó para los Cantares al Pepino?
Llantos, Gigantes y Silencios: El poema de Quiles Díaz, Pepino de Donostiarras, es útil para extrapolar y contextualizar esa influencia vascongada y catalana que inmigraría después de los canarios iniciales y sustituyera la Vírgen de la Candelaria por el Santo Patrón que hoy tenemos y el nombre que adquirimos como patronímico; pero el mito privado o poema que Quiles ofrece hace del Valle del Culebrinas un espacio aún más amplio y trascendente: un lugar para ver el llanto histórico de una comunidad que enfrentó a gigantes de violencia, ante la que tuvo que refrenar sentimientos, tragarse silenciosamente el llanto.
El poema alude a una impotencia ante las fuerzas invasoras; posible simbología de la estirpe que nos forma como pepinianos son los «vetustos señores de durez» entre «flores efímeras». Este Pepino, que es «altar de próceres y poetas» sólo, en apariencia, es tan paradisíaco. Aquí hay un pueblo en el proceso de su búsqueda de identidad y justicia, por lo que sus gentes, «como allá (en España) se rebelan, gritan y se diferencian». En un texto presumiblemente inocuo se ha planteado lo que es la historia de Pepino. Los verdaderos gigantes contra los que ha luchado el pueblo son los invasores con mentalidad autoritaria, los colonialistas a carta cabal; los llantos se los adeudamos a las víctimas, incluyendo a los que nos dieron la herencia taína, los que sufrieron en la esclavitud, los que no arribaron, epocalmente, a progreso y buen trato, el jíbaro campesino.
El uso que Quiles Díaz hizo de la palabra silencio» rememora la noción de Toni Morrison sobre la experiencia afroamericana, durante años de esclavitud, prejuicio racial y hostilidad ejercitada por el blanco. Este fue un pueblo cuya voz no fue oída. En su dolor y su explotación, el negro se retorció en un incómodo silencio; sus voces fueron silenciadas, hasta que aprendió a darse su propia voz y festejar a sus héroes. Esta voz silenciada todavía prevalece en Puerto Rico.
Salvo los hermanos Padró Quiles, no hay en nuestra literatura una dilucidación de la dinámica de la construcción de símbolos e iconografías del esclavo negro en Pepino. Ninguna poesía o referencia que discuta sus manifestaciones religiosas ancestrales, sus conflictos étnico-regionales, los recuerdos de los cuentos de los abuelos, discursos del alma africana, canciones y manifestaciones, sean verbales o no verbales. Esto es parte de lo que, localmente, se llama el silencio.
El pepiniano que hace mitos privados, con sus poemas o con sus trovas, reconoce que tiene una deuda con su pasado y con su presente. El se educa en acorde a una necesidad orgánicamente conectada a su ancestralidad, sea la herencia del taíno, el negro o el ser humano que él es hoy. Si bien, hasta cierto punto, los mitos pueden desinformar, al mismo tiempo y en otros aspectos de su simbólico mensaje, arrojan cierta luz sobre lo que Joseph Campbell llamara el viaje heroico de la conciencia, como experiencia opuesta y activa a la élite que condiciona y observa las cosas, el mundo y los objetos de conocimiento, de modo diferente. [10]
El poema, el texto de una canción, la trova misma, es un tributo simbólico e íntimo a la emergencia del nuevo conocimiento. Es una herramienta de autoeducación en la región de gigantes institucionales, llantos de represión y silencios cómplices o desesperados; allí donde el hombre / mujer se sienten coartados, reprimidos e insatisfechos. En esa región de gigantes, llantos y silencios, en ese altar de próceres y poetas, aún irreconocidos, ha faltado el re-admirar y el coparticipar en la tarea pedagógica para que la envidia sea vencida y el nuevo conocimiento de lo auténtico prevalezca.
La oralidad, como la explicación mitológica, arranca de individuos que, como en los areitos taínos, comunican una conciliación y consolación ante los hechos que no pueden ser tolerados por siempre, o cuya negatividad no ha sido borrada de la psiquis de la comunidad y ésto incluye el engaño, la alucinación, la culpa y el suicidio. El problema de la verdad y su captación trunca e inapropiada no siempre es un capricho vicioso sobre el cual el sujeto quiere el auto-engaño y el delirio; la captación de lo real puede tornarse alucinatoria cuando la realidad / la existencia es demasiado cruda y sobreabundante; el sentido de culpa y angustia son inevitables referencias al problema del bien y el mal y el problema del suicidio sobreviene ante el problema de la libre elección. [11]
Reflexionemos sobre las primeras comunidades humanas en Puerto Rico que encarnan estos males o desafíos. A la isla llega el fundamentalismo cristiano de los conquistadores; cultura invasora que trajo, con el Obispo Alonso Manso el Santo Oficio de la Inquisición. Este fue prohibiendo «la manifestación privada de la espiritualidad» de indígenas y colonos, imponiendo el catecismo y prácticamente la condonación de las «orgías de explotación y violencia sexual» [12] que sufriera el indio, prácticamente extinguido y, más tarde, el africano cimarrón.
En los siglos XVII y XVIII, dice Ramos Perea, «Puerto Rico no puede permitirse ninguna distracción, ninguna manifestación cultural que no estuviese regida por el ‘cielo’. Mientras España gozaba de un Siglo de Oro lustroso en razón, en preparación para un iluminismo que fuera ejemplo de la civilización, en Puerto Rico aún nos movíamos en terrenos de la barbarie medievalista cristiana». Añade:
En el siglo XVII, en 1645 para ser exactos, la Iglesia Católica realiza su famoso Sínodo de San Juan en el que se promueven prohibiciones sobre las comedias, prohibiciones que revelaban, en nuestro país, el teatro como expresión cultural liberadora. Se practicaba de manera oculta en intensos niveles de paganismo… La persecución religiosa contra las obras literarias y el teatro ‘pagano’ que se representaba en corrales y casas privadas, concentraría sus ataques en las zonas de la moral, sobre todo, contra las actrices para quienes la Iglesia Católica siempre guardó sus más aderezados epítetos… En 1809, el obispo puertorriqueño Juan Alejo de Arizmendi redactó una Carta Pastoral donde llamó a la dramaturgia ‘oficina de la perversión’ y ‘serrallao de la pública honestidad’, ocultando bajo estas y otras violentas frases todo su odio por el tirano español de aquel entonces, Salvador Meléndez Bruna, quien fuera uno de los más importantes impulsores del teatro nacional a principios del siglo XIX. [13]
A la malignidad de ese tipo de Iglesia, salvo sus excepciones, se suma la malignidad del «pervertido sistema judicial» de España en América, «la corrupción administrativa como un fenómeno amplio y extendido» que ya existía en España para fines del siglo XVI, pero que, para el 24 de septiembre de 1781, con la representación de Intendente Abalos y sus quejas sobre el gobierno real, cuya administración estaba en Sur América «delictivamente sobrecargada y obediente a intereses ilegítimos … llegó a vaticinar(se) la pérdida de las colonias americanas». [14]
Por la naturaleza absolutista de ese gobierno español y su incapacidad para «incorporar reformas que dieran un aire nuevo a la tarea de gobernar», explica Cristóbal Navas, se mantuvo «un concepto de política, encabezada por el monarca»; «se desdeñó definitivamente el papel de los cuerpos legislativos intermedios; se fortaleció la política de centralización y se avanzó en la potenciación de la autoridad de un Estado, en cuya cima se situaba el soberano». [15] En España, en particular, centro especial de la Europa terrateniente, «la aristocracia y la nobleza todavían eran clases dominantes», reacias a realizar profundas reformas en el ámbito de legislación social para las maltrechas clases populares de España y Ultramar. Se preconizaba: ‘todo el poder para el rey’. El resultado sería «la creciente animadversión social hacia el absolutismo, lo que desencadenó los movimientos revolucionarios del siglo XIX». [16]
Ni aún, con tentáculos del poder real, como son la política de concesión de honores por el Rey (mediante la cual podía inmiscuirse, por muy diversas vías, en la administración de lo municipal y ultramarino) y su vínculo con la Iglesia, se evitó la fragmentación del imperio español. Se ha dicho, con justicia, que fue la codicia y la corrupción de los funcionarios reales lo que más daño hizo al prestigio del Soberano. «El indígena comprendió las dimensiones de esa codicia y supo identificar el móvil que diseminó por América la muerte y destrucción de su raza: la codicia por el oro». [17] Tan temprana fue tal comprensión por el taíno que se midió en desigual lucha con el europeo, quien lo exterminó.
El africano fue tan rebelde como el indio, o se hizo fugitivo cimarrón. En los primeros connatos de independentismo, o sublevaciones anti-españolas, adjuntó su presencia. El gobernador, como principal funcionario colonial, entró y salió de las administraciones puertorriqueñas con menos gloria que apoyo de su pueblo. Cumplió sus labores yendo de sobresalto en sobresalto.
Este es un grupo de estudiantes del año 1935: De izquierda a derecha, en la primera fila, Eugenio Nieves, Edgar Betancourt, Nacho Moreno, Mario Vissepó, Agustín Mártir, Carlos González, César Cardona, Ramón García, Antonio Serrano, Oscar Ortiz, Luis Méndez. En la segunda fila: Lucy Juliá, Evaristo Barreto, Carmen Rodríguez, Delia Vega, Josefina Méndez, Catín Segarra, Poli Alberty, Haydeé Rivera (¿?), señorita Echeandía y Dolores Rosado. En la tercera fila: Julia A. Mercado, (?) Carmen Rodríguez, Magali Caballero, Esther González, Ana Rosa del Valle, Gladys González. En la cuarta fila: Gilberto Morales, Luis Jiménez, Rafael Torres, Herminio Cardona, Victor Rosa, Pedro Sifre, Casildo Detrés, Nato Rodríguez, Eliut Elías, Félix Soto e Israel Moró (Moreau). Los maestros eran Jorge L. Cruz, Mr. Ships, Mrs. Sifontes, Mrs. Sepúlveda y Patria Latorre. Foto cortesía de Horacio Hernández Campán.
EL SACERDOTE COMO EMISARIO: Mis monografías históricas sobre San Sebastián del Pepino, como dije en la Introducción, parten de una teoría y plan de trabajo que se fundamenta en la utilidad limitada de la historia oral, de modo que aprovecharé los recursos informativos de mis entrevistados (la gente de mayor edad en la comunidad que conocí y a las que grabé, todas sujetas a extensos y acuciosos cuestionarios de investigación) para que reconstruyan, en lo posible, los momentos históricos ad hoc, ante los que, a falta de documentos escritos, sólo existen como auxilio unas versiones de la memoria, su coetaneidad o alcance memorante alusivas al tema.
Al elaborar sobre el hecho histórico conocido, que a la Iglesia fue confiada la tarea educativa desde los primeros siglos de la conquista, hasta el comienzo de la educación primaria pública, indagaríamos sobre la percepción y juicios sostenidos por estos potenciales evaluadores, mis entrevistados y las memoriales orales de sus ancestros ante este papel asignado a la Iglesia. En términos generales, sobre la institución religiosa, que es el establecimiento católico-romano, explicaron lo siguiente:
Antes de formarse las escuelas, públicas y privadas, la calidad de una orientación espiritual y cultural dependía de la buena voluntad, la sabiduría adjudicable a curas ecónomos, párrocos y guías espirituales de la Iglesia, por lo que:
El inmigrante que se alojaba en estos pueblos, como Pepino fue en los albores del Siglo XVIII, haya sido inscrito en la jurisdicción de Aguada o San Germán, si su origen fue el peninsular, como vecino ya traía, con su catolicismo, una herencia y vínculo, así como unas necesidades emocionales y culturales específicas que en tal empotraje espiritual se representaban: ser un hijo de Dios, querer ‘ser bendito’ en el nacimiento y la muerte. La catolicidad fue, pues, una ideología y, haya habido o no, un veedor quien ofreciera un testimonio sobre la conducta de esos vecinos, en la medida en que unos y otros interactuaban, por igual, surgía la ocasión de probarse unos ante otros como viejocristianos, o creyentes.
Habría una angustia manifiesta, sin este vínculo cristiano, que se asoció a que un inmigrante fallecido, cuyo origen estuvo en España, fuese enterrado sin la bendición de una autoridad que conociera en torno al destino final del alma. Esta angustia fue descrita, en términos no siempre místicos; a veces, exclusivamente sociológicos, como fueron la incomunicación con padres, familiares o amigos. ‘A todos nos gustaría que el pariente en el Viejo Mundo supiera lo que hicimos en América y la suerte que deparó la ventura de llegar’; ‘Queremos que sepan que fuimos enterrados con dignidad y respeto’; ‘no es digno de una criatura morir como perro, o no tener la ceremonia póstuma ni misas’.
La principal labor de un maestro, como fue la del sacerdote, es todavía servir, o propiciar, la comunicación que confirmase la dignidad y la calidad del amor y la honestidad de las personas. El sacerdote, más tarde el maestro, fungía como escribano. Quien no sabía escribir podía contar con el buen sacerdote para que escribiera unas cartas. El cura intercesor podía comunicar, solucionar unos problemas privados, intercomunicar a personas separadas, sea por la distancia o por un problema personal.
Cuando el correo no estuvo cualitativa e intensamente establecido, la Iglesia fue importante como institución; la Iglesia es ermita para el devoto, el extranjero, el pordiosero; es centro de caridad, limosna y beneficencia.
La Iglesia vincula. El cura hizo cartas; el maestro también. «Manuel Prat, que a veces parecía tan ateo, creyó en saber del pasado, porque el pasado es la fuerza, la inspiración, y decía a su familia, acude al Cura aunque no te confieses ni des limosnas al vago» (D. Dolores Prat).
‘No siempre (los curas) eran virtuosos ni sabios, gente santa; pero, cuando ocurría un huracán, epidemia, o las pruebas de Dios, se personaban, rompiendo trechos del pueblo al campo; no podían negar los sacramentos’ (Arvelo Latorre).
El pepiniano siempre ha sido generoso y tolerante con sus sacerdote católicos. Se ha interesado más en su ministerio práctico que en las sutilezas filosóficas y teológicas de su formación. Según Doña María L. Rodríguez Rabell, algunos sacerdotes que tuvo Pepino fueron esclavistas, conservadores y controversiales, por excepción, por ejemplo, mencionó a quien negó la bendición de un Té Deum a los esclavos emancipados en 1876 en la Iglesia; pero éste terminó siendo destituído de su ministerio local.
Los primeros maestros: En propiedad, los primeros maestros documentados del Partido del Pepino fueron Francisco de Rivera Trasmier, profesor de instrucción primaria, Manuel A. Durán y Figueroa, quien llegara procedente de Barcelona (España) entre 1832 y 1836, y Victoriano Muñiz.
Del primero se informa que en el año de 1849, «tenía a su cargo la dirección de la única escuela pública de primeras letras, para varones, que existía entonces en Pepino» (Méndez Liciaga, 62). En su informe a la Junta de Inspección, el maestro-director Rivera dio cuenta de que tenía treintiún niños matriculados, entre las edades de 7 a 14 años (sólo dos tenían 17 y 18 años, respectivamente).
Las materias de enseñanza eran: lectura, deletreo, caligrafía, decorado, principios de aritmética, geografía y doctrina cristiana. Obsérvese que brilla por su ausencia la referencia al estudio de la Historia o la Literatura o, en rigor, unas nociones iniciales que se puedan convertir en atención a la edad de esos niños.
Algunos de esos varoncitos educados por Rivera Trasmier llegaron a ser muy destacados miembros de la comunidad: e.g., Epifanio Liciaga Juarbe, Manuel Joaquín y Severiano Cabrero Echeandía, entre otros. Seguramente, la mayoría fueron los hijos de las clases pudientes.
Del segundo maestro mencionado, Durán y Figueroa, escribió Andrés Méndez Liciaga en 1924 una semblanza que da señal de lo que representó para San Sebastián como uno de los pioneros de la educación:
Hombre de espíritu iniciador, devoto fervoroso de nuestras tradiciones. Su necesario y útil concurso jamás faltó en toda idea, en todo propósito cuya finalidad fuera un signo de cultura, de progreso y bienestar para este pueblo que amó con toda la ingenuidad de su alma inmensamente buena… aquel viejito noble… aquel viejito simpático, tuvo siempre en sus labios una salutación afectuosa para todos, una palabra de consuelo para el oprimido y una sonrisa de placer y de contento para aquel ejército de traviesos y bulliciosos muchachos que invadíamos las aulas diariamente en medio de un rumor de alegría que sólo cesaba cuando el buen preceptor nos invitaba a rezar en alta voz la matinal oración a San José, bajo cuya protección fue puesto aquel humildísimo templo del saber. [19]
Escritores y poetas como los herrmanos Andrés y Manuel Méndez Liciaga, Herminio Méndez Pérez, admitido en la Universidad de Harvard, el futuro abogado Agustín H. Font Echeandía, entre otros, fueron sus discípulos. Una de las hijas de Don Manuel siguió sus pasos, dedicándose a la docencia. Ella fue Isabel Durán Grau. Don Manuel murió circa de 1914.
Tendría que añadir la referencia a un tercer educador, quizás el más remoto del que tengamos noticias en Pepino: Victoriano Muñiz. La noticias en torno a su gestión no fueron optimistas como tampoco lo fue un informe a la Diputación Provincial de Puerto Rico, durante la administración del Gobernador González Arostégui y Herrera, que explica «las causas de que los infelices», vecinos pobres de Pepino no progresen. «Este mismo año había en el Pepino una sola escuela de primeras letras, la que se hallaba cerrada a causa de haberla renunciado el profesor que la servía, Don Victoriano Muñiz. Para cubrir la vacante del profesor Muñiz no se encontró ningún otro maestro» (Méndez Liciaga, 31).
Se refería a la primera escuela primaria en Pepino, fundada en 1823 cuando el pueblo tenía menos de 8,000 habitantes, mayormente dedicados al cultivo de caña, algodón, tabaco, arroz y frutos menores. La población escasa, el trabajo agrícola tan duro, tan poco compensado, sujeto a monopolio y usura, así como a la falta de caminos y aislamientos, hizo que se pensara que la educación no sería tan imprescindible ni posible. Dos décadas y media después, cuando Pepino arribó a los 10,000 habitantes, se informó la existencia de dos escuelas primarias, en 1846.
En cierto modo, pese a sus miserias, a Pepino le iba mejor que a otros pueblos. En 1853, el Alcalde Diego de Arteaga, de Coamo, informó que en su jurisdicción sólo había 22 niños varones en la escuela pública; otras siete niñas en una escuela privada. Desde entonces, los libros de textos se revisaban cuidadosamente, siendo sujetos a censura, y los maestros liberales estaban excluídos de enseñar en un salón de clases.
En Pepino, la primera Junta Municipal de Instrucción Pública se creó durante la administración del Gobernador Félix María de Messina. El plan de estudios vigente en la Isla de Cuba se aplicará en cuatro escuelas rurales de enseñanza elemental, dotadas de diez niños cada una. En las escuelas urbanas, se dotó el espacio para 25 niñas, otra con 15 niños y una tercera escuela, posiblemente urbana, descrita como «elemental incompleta para (doce niños) pardos». En esta Junta, a iniciativa de los padres de familia Andrés Cabrero, Juan José Liciaga, Francisco Antonio Pino y Bello, «gallardo mantenedor del ideal autonomista» (Méndez Liciaga, 127) y Juan Antonio Lugo, Inocencio Colón fue nombrado, directamente por Messina, para establecer el Plan de Estudios. El Alcalde Joaquín Martorell, el síndico-procurador del Partido Juan Orfila y el Cura-Rector del Pepino, tendrían que acatar el Plan. [20]
Antes de esta junta, la educación pública en favor de la niñez en Pepino fue casi inexistente y estuvo a cargo de la Iglesia y una que otra escuela privada. Fue una suerte que, entre los vecinos o padres de familias, interesados en el impulso educativo en 1865, hubiese personas como Andrés Cabrero Escobedo y Antonio Pino y Bello, porque, a pocos años de formarse la Junta Municipal de Instrucción Pública, vendría un fuego de prueba. Se sabría de facto quiénes realmente, entre la gente acaudalada de Pepino e influyente en los palacios del gobierno metropolítico-insular, estaban por la educación, el maestro y sus educandos.
El principal asunto en aquellos días, explicaría Doña María L. Rodríguez Rabell, una de las damas más cultas de Pepino e hija del último Alcalde español durante el régimen autonómico, fue que si bien las poquísimas escuelas públicas de la época se limitaban, por su currículo recortado, a enseñar a leer y escribir, con propiedad y caligrafía, «el fantasma de la libertad, la consecuencia de aprender y enterarse de algo más de lo que el gobierno permitía, era terrible. Cuando el gobierno y el pueblo saben que la educación es poder, el que está en poder comprende que el pueblo lo puede echar abajo, que la democracia es una posibilidad; pero los reyes no son democráticos y los que sirven al absolutismo tampoco lo son» (Doña M. L. Rodríguez, op. cit).
A ésto añadiría Doña Dolores Prat, educada privadamente en una escuelita que financiara su madre en Cidral y en la casa de su vieja y ya deshabitada e improductiva hacienda en Mirabales:
… Lo que un ‘maestro de los viejos’ soltara de su boca, sea como consejo o mensaje tirao al aire para todo el que oyera, sin sucio en el oído, fue el portento de portentos. Un maestro tiene poder cuando gana la confianza del niño… ¡Ahí sí que damos al clavo! A niños ávidos de aprender, curiosos por naturaleza, ninguna idea es demasiado grande, maravillosa o madura, para que ellos quiten su atención y no quieran saber más. Cuando una idea jala el interés, hasta el niño más bobo se espabila. Un buen maestro en un salón de clases es más peligroso que un mambí en la manigua. El rebelde en armas dura lo que la bala quiera antes de matarlo; el niño educado, el joven del futuro, dura hasta ver dos o tres de sus generaciones aprendiendo» (D. Dolores Prat, op. cit.).
Para ejemplificar, la centenaria Prat nos dio un viaje al pasado, a sus recuerdos sobre cómo se educaron su madre y sus hermanas:
Un día llegó a casa un maestro de los ‘viejos’, que viajaba desde Arecibo acá, al campo, para darnos ‘lecciones’ y enseñarnos el francés y el catalán y dijo, cuando no estaba nuestro ‘pare’ presente, que el libro que causaba sensación en París era uno que definía el origen de la propiedad como ‘robo’ [nota del autor: se refiere a la frase ‘la proprieté, c’est le vol’, incluída en Qu’ est-ce la propieté de P. J. Proudhon] y ese asunto dio a mi ‘mare’ y hermana mayor un sentimiento tan perturbador que la idea la guardaron en secreto como si fuera un gran pecado. Para que Lalita, mi mare, me diera ese recuerdo, creo yo, tardó más de veinte años, ya convencida de que mi abuelo, que se fue a Cuba, estaba muerto… A una de mis tía, coser y bordar, esas tareas de las damitas en viejos tiempos, no hacía ninguna gracia… Un maestro, no sé si fue el mismo Coll, le dijo, que en Europa, esa que los ‘napoleones’ y la crisis causada por sacar dinero de allá y ponerlo en la construcción de ferrocarriles en (Norte) América, hasta las mujeres estudiaban carreras, siendo por eso influyentes en la política; aquí, para que sean eternamente ‘decorosas’, se les pidió que estén calladas y cosiendo, o yendo a no otro lugar que a misa (D. Prat).
A tres años del Grito de Lares, en Pepino, subsistía la estructura latifundista. De hecho, se acrecentaría. La mayor parte de la riqueza urbana, las buenas casas de madera y mampostería, estaban concentradas en los dos barrios urbanos, Urréjola y Norzagaray. En la ruralía, las buenas casas eran casi siempre la de un amo esclavista, o hacendado con fundos agrícolas y comercio, cuya riqueza se extendía al sector urbano. A los pequeños y medianos propietarios, se tendía a ahogarlos en deudas por causa de una dependencia estructural del medianero y del pequeño agricultor al gran propietario-prestamista. La usura estuvo en boga. «Las señoritas, en la casa, tejiendo; las casadas, laborando para su marido» (D. Prat). «Si no hubiese una virtud en ellas, vocaciones de cambio, deseos de nuevas cosas, ¿cómo se explica la existencia de Lola Rodríguez de Tió, Mariana Bracetti, o la señora de Francisco Méndez Acevedo quien, al llegar la Guardia Civil a buscar a su esposo revolucionario, se enfrentó con valor a ellos?» (D. María L. Rodríguez, loc. cit). Y les dijo (Ana Martínez Pumarejo, la aludida): «Mi esposo y mis hijos están en la revolución. Búsquenlos allí ya que no pueden hallarlos en las faldas de las mujeres» (Méndez Liciaga, 92).
El inmigrante español, con «corazón explotador y mala cuca», violenta frase de Adolfo Medina González contra aquel que pensara que los jíbaro-criollos son comebolas, bobos e ingenuos, a los que si se les «pusiera en los cuellos de la Luna» venderían sus lealtades y serían capataces del amo, fue casi siempre el ultra-conservador, con mala calaña y uno que aplaudiría el restablecimiento del absolutismo en España, así como a sus gobernadores militares en la Isla. Fue quien adoptaría las agendas extranjeras (la perpetuación del sistema colonial esclavista y el uso de la isla como base militar-estratégica para lo que se ofreciera), pero se equivocó de pronto.
Los pueblos, ante la fuerza organizada del poder, no siempre se sienten indefensos y, por fortuna, el funcionario velagüira o el vecino delator son pocos. Las noticias vuelan y hacen daño si ese es el propósito; pero las ideas positivas entran al depósito recursivo de las gentes (digamos poéticamente, a sus corazones) y lo preparan para cuando tales ideas sean otra vez necesarias en la etapa de transición y cambio.
Desde 1842 a 1865, la burocracia política de España reaccionó a las huelgas y motines que ocurrían en áreas industrializadas de Inglaterra, revueltas obreras en París en tiempos de Luis Napoleón, electo presidente de Francia, las revueltas por motivos similares en Venecia y Berlín, las voces del abolicionismo estadounidense que llevaron a Abraham Lincoln a declarar la guerra a la Confederación y sumir al país en la Guerra Civil en 1861-65 y la que da, como ejemplo al mundo, la Declaración de la Abolición de la Esclavitud en el país económicamente más exitoso. Sin embargo, esta reacción burocrático-política española parecía fuera de su reales contextos.
En el periodo descrito y las generaciones sucesivas a éste, el mundo entero se dio cuenta de que las mujeres han deseado el progreso y la igualdad en la participación política y la protección ante la ley; a través de la educación son conquistas posibles (De Hostos lo predicó para toda la América Latina, en La educación científica de la mujer) y J. Stuart Mill, en On the Subject of Women (1870), pero, al parecer, en Puerto Rico, tales objetivos no habrían de cumplirse con el beneplácito de nuestros burócratas oficiales. Y la razón fue que no éramos una sociedad democrática, ni educada para la democracia y dependíamos del absolutismo y la inmoral hipocresía que lo sustentara.
No hay sistema o estructura de poder sin hombres / funcionarios que ofrezcan la cara por éste. Toda la faramalla del sistema educativo que se montó en la isla tuvo como base el poder ilegítimo, el poder colonial. Hizo falta que naciera un hombre con la ejemplaridad de Rafael Cordero, hijo de negros libres que habían aprendido a leer y escribir. Este sería considerado el Apóstol de la Educación Pública y Libre. El «dedicó su vida y esfuerzos a enseñar los niños pobres sin distinción de raza o clase social económica» (Morales Dorta, 122)
Cuando se forja un ejemplo viviente como el suyo ya se va entendiendo, por los mil demonios, de qué se trata la educación, esto es, enseñar la honestidad y la auto-responsablidad, aumentar el control de lo que es nuestra felicidad presente, proyectándola en la necesidad de mayor felicidad futura; aumentar la eficiencia y el poder para que los valores aumenten, así como la infinita disponibilidad de conocimientos. Quien, por creerse negro o mulato, desconfía de su natural, potencial de autoconciencia, conformándose sólo con seguir órdenes («follow-the-leader dictums») no está en el espíritu de su educación liberadora. Para enseñar el valor supremo de la vida hay que romper con la dependencia de los ‘non sequiturs’, que son las fuerzas utilizadas por los engañadores, sustentadores del estatus quo del poder ilegítimo. Esta es la importancia de un ejemplo viviente:
Sobre el Maestro Rafael
El viejo régimen de las Libretas de Jornaleros de Pezuela sacó la cresta a hombres buenos del campo. La revolución en ciernes del 23 de septiembre echó tres ideas a la conciencia nacional que ya no serían el ideario único de «sociedades secretas» y arriesgados y cultos conspiradores: Abajo los impuestos, abajo el sistema de libretas, abajo la esclavitud, ideas que resonaron en el templo del sacerdote Gumersindo Vega y en la Alcaldía de Lares.
En Pepino, pequeños y medianos propietarios, otrora deseosos de educación y progreso por la vía de la paciencia y la reforma, ahora estarán en la tarea de reclamar, con plena firmeza, la libertad y dar su apoyo solidario a Cuba, de cuyas primeras rebeliones se supo aquí, en Pepino, por la suerte de peninsulares que dieron braguetazos para beneficiarse de las damitas del pueblo [21]
Este fue el Pepino que, desde 1865, miró con recelo la cepa de Juan Orfila, de ancestro canario, a los Pons, sus asociados, que administraron cinco caballerizas en distintos barrios y que tuvieron más de 1,052 cuerdas de cafetales, principalmente, en el barrio Calabazas, y que supo al fin que no estuvo solo. Posiblemente, mil revolucionarios participaron en el Grito, aunque fue tarea del gobierno manipular y quitar la importancia simbólica y numérica de esa resistencia. Ahora tendrían las fuerzas represoras más razones para negar plazas de maestros y posponer, hasta lo indecible, la construcción de escuelas.
Orfila Pérez se alió a otras dos familias, Mercadal y Oronoz. Como otros propietarios de Pepino con vínculos con la costa, e.g., los Amell Fabré, Juliá y Palmete, [22] los canarios mencionados y sus socios vascos vendrían a ser parte de la ideología del silencio. Demasiado ricos y poderosos para ser avergonzados por una masa de gente humilde, ahora políticamente desautorizada. Esta es una espina atravesada en el corazón de la colectividad general y que ha sido difícil sacarla y curarla. Después de todo, el oprimido, el perseguido, el asalariado, dependerá de aquellos que tienen los medios productivos, los servicios y las mercancías, de la que dependen todos.
Este sector conservador entendía las cosas de un modo distinto. Interpretaron que la educación liberal es el origen de todos los males y rebeliones. Tenía miedo de perder su poder.
Tras la iniciativa revolucionaria, inspirada por Betances, Ruiz Belvis y Baldorioty de Castro, en Pepino hubo una polarización que supuso, o puso en juego, la «totalidad de lo hegemónico» [23] y sus liderazgos en pugna. De un lado: los Orfila, los García Yparraguirre, los Oronoz Perochena, los Mantilla, los Mercadal; del otro: los Goico, Martínez, Méndez Martínez, Méndez Acevedo, Font Medina, Liciaga Juarbe, Ibarra, Ahorrio, Tirado (Extremera), por sólo mencionar algunos.
El pueblo no fue el mismo: se traicionó el progreso de la educación del campesino porque «educar despierta a la gente dormida y hace hablar a los que siempre callan y aguantan». Pepino quiso que fuera de otra manera [24]
En 1870, el General José Laureano Sanz, déspota y ultraconservador, escribió al Ministerio de Ultramar en Madrid, en carta del 24 de mayo de 1870, sobre la necesidad de «dar fuerza fuerza y vigor al elemento español, promoviendo la organización de voluntarios, extinguir rápidamente… la funesta sublevación del pueblo de Lares, haciéndola relegar al olvido para que jamás pudiera ser motivo de fúnebres aniversarios» (Morales Dorta, 147). En el contexto de esta petición fue que desaparecieron de sus quehaceres muchos de los maestros que estuvieron activos en Pepino (y en todo Puerto Rico), aportando su grano de arena a la pedagogía, al trabajo con los niños en los campos y, sin embargo, recibieron bola negra, además de la difamación, ya que aparecieron en listas negras de maestros sospechosos e indeseables.
Doña Dolores Prat, entrevistada en el periodo de 1970 a 1972, a edad muy avanzada, daba el ejemplo de su madre (Eulalia Prat, de Mirabales) como una de las víctimas de la petición del Gobernador Sánz y, aún más, al recordar las conversaciones de familia, ya anciana su madre, Doña Dolores identificó al ex-Síndico Procurador Orfila como quien, en Pepino, «quitaba el pan de la boca a una mujer como Lalita y a otros maestros» para quedar bien con el gobierno colonial y sus agendas. Y no fue el único.
Juan Orfila aprovecharía esas instrucciones, «dar fuerza y vigor al elemento español», para sus conveniencias y su poder político-cultural en la comunidad. La frase de Sánz fue una que rememoró aún tiempos de la Real Cédula de Gracias, años en que fue nutrida la inmigración de españoles y dominicanos a Puerto Rico, casi siempre ricos, esclavistas y ultraconservadores. La vía dominicana de arribo a Pepino correspondió a Orfila en tal coyuntura. Aquí ya estaban sus primos Mercadal.
La Real Cédula fue el premio
Cuando en 1821 llegó a Puerto Rico, con el título de Gobernador Miguel de la Torre, éste era un general derrotado y humillado por los revolucionarios venezolanos de la Batalla de Carabobo; en su arribo, lo acompañaron ocho buques españoles y uno inglés, a los tripulantes por sus actitudes en el curso de sus años, escribe el Dr. José Morales Dorta, habría que consideralos «los elementos más conservadores de la sociedad puertorriqueña durante los próximos cincuenta años, culminando, a nuestro parecer, en el Grito de Lares de 1868» (Morales, 134).
En Puerto Rico y sus luchas emancipadoras (1984), el Dr. Germán Delgado Pasapera, quien fuera mi profesor de Historia en el recinto universitario de Mayagüez, se acoloraba al disertar cómo fue de cruel y vil el ambiente sucesivo a la represión de Lares, la amargura que creó en el Dr. Ramón E. Betances y otros revolucionarios, decepcionados y abatidos, murieron meses o años de la revolución. No fue sólo que las cárceles de Lares, Aguadilla, Arecibo y Ponce, estaban repletas de involucrados en el Grito, o aún sospechosos de subversión, no fue sólo la persecución que se prosiguió en los campos y el emplazamiento a que los vecinos delaten a sus vecinos con «ideas separatistas», «masónicas o socialistas». Después de los gobernadores Marchessi y Pavía, vendría un gobernador más cruel y déspota (el General J. L. Sánz), que «castigaba severamente a aquellos que tenían el valor de hablar en público lo que su conciencia le dictaba», «ordenaba arrestos o destitución de sus puestos» a cualquiera que le pareciera, sin base alguna, sospechoso de ser un conspirador. En términos generales, el maestro se convirtió en el foco de su rapacidad paranoica. Especialmente, educadores, dirigentes liberales y periodistas, fueron «víctimas apresadas caprichosamente». (Morales Dorta, 146). Se le cerraba periódicos, fuentes de empleo y eran obligaba a pagar multas excesivas.
Pero el Grito de Lares fue una lección de vida, de la cual, para decirlo con una frase de Oscar Wilde, la isla entera aprendió que «el descontento es el primer paso en el progreso del hombre o una nación».
Educación a la europea y estadounidense: Acerca de la educación española del siglo XIX, misma que adquirió el criollo de Puerto Rico y, por tanto, los hijos de la burguesía pepiniana cuando fueron enviados a España (también sucesivamente a Francia y los EE.UU., para estudios formales), seguiré los lineamientos del Dr. Miguel Pérez Rosado, George Brandés, Dr. J. Morales Dorta y César M. Lorenzo. Explicaré cómo se distribuyó entre nuestras familias el privilegio de educarse y, con tal educación, cómo se manifestaron éstos como clase dentro de las ideologías hegemónicas.
Morales Dorta insiste, como ya hemos citado, que en Puerto Rico «había mucho interés por aprender, pero había que ir a España y, no todo el mundo podía darse el lujo de salir fuera de la isla… Los centros de enseñanza fuera de San Juan y San Germán, puede decirse, que brillaban por su ausencia… La educación, que no exageramos al decir que era privilegio de unos pocos, duró aún más de ser libre de trabas económicas y sociales. No exageramos si nos adelantamos a decir que no fue hasta el siglo XX que la administración del gobierno de Puerto Rico hizo suya la necesidad de educar a todo puertorriqueño» (op. cit, 132).
En este panorama es válida una sospecha, la observación de Debray cuando concluyó que la escuela primaria fue para los hijos del pueblo y la secundaria para los hijos de los notables. Al fin y a la postre, el diploma y la competencia profesional se convertirían en el ‘discriminante social número uno’ (Regis Debray, loc. cit).
En España, la persona con educación liberal, pese al «penoso respeto a la rutina crítica» (Pérez Rosado, op. cit), luchó, en cada posible oportunidad, por su derecho a criticar la monarquía, o al menos, reformarla. La monarquía ya no será un orden impuesto por Dios. Como lector, o como creador, esta persona quiso «postergar las Autoridades Clásicas para instaurar, en su lugar, el Imperio de la Razón y la Experimentación». Surgió así una ruptura «con la tradición latina y el acercamiento irregular al mundo griego. El estudio de la cultura clásica choca con la recomendación, típicamente ilustrada, de aprender lenguas vivas como el inglés y el francés, y no prolongar el interés por una Antigüedad que se considera agonizante… El abandono de la religión católica dará paso a movimientos nihilistas y existenciales… Una oposición artística entre la burguesía, adulta y económicamente acomodada, y la bohemia, joven, inquieta e innovadora, será la constante de los siglos XIX y XX». [20]
En la España del siglo XIX, cuando los hijos de los criollos y los peninsulares del Pepino, iban a las universidades españolas (porque en Puerto Rico no había escuelas profesionales para las carreras interesadas por la burguesía), el anticlericalismo fue un secreto a voces. La Iglesia «se oponía a la extensión de la alfabetización pública y a la educación general de las niñas; apoyaba el analfabetismo basándose en el argumento de que las personas ignorantes, no se verían expuestas a doctrinas heréticas, liberales o socialistas y permanecerían así en estado de gracia». [21]
Es significativo el gran número de poetas pepinianos que endechan la Iglesia como institución; pero, más importante, es que sin valores cristianos no cuajaría la unidad del pueblo. Seguramente, los más antiguos textos literarios, décimas o letrillas que se hayan escrito, o recitado, en las fiestas locales, en el siglo XIX, se refieren a la Iglesia, Cristo y la Vírgen, el Patrón y otros santos.
En realidad, se trata de la calidad ético-provincialista de la clase humilde. Angel Alemán Cardona (n. 1918) en Reflejos de mi Pepino fundamenta en este rasgo del cristianismo colectivo y cohesivo que expresamos los códigos de nuestra moral, la raíz del ayer y la vigente idiosincracia de pueblo:
Por ser pueblo cristiano
bautizado por amor,
del trabajo se hace honor
y el abrazo entre hermanos.
Tu código de moral
nos lleva hacia el recuerdo.
Son raíces de tu ayer
con fibras de sentimiento.
(Angel Alemán Cardona, en: Cardé, Cantares al Pepino, ps. 4-6)
Este poema es descripción de la vida honrosa de los humildes que no comprenden intelectualmente que la Iglesia pudo haber dado más. Guiados sólo por el sentimiento y las «costumbres sagradas», se aferraron a instituciones cuya raíz está en el ayer. Lo más interesante del texto es que, intencional o inintencionadamente, Alemán subraya que son los «labriegos pepinianos», los que «han hecho hermosa tu historia / y Dios, al verte cristiano, / te ha coronado de gloria». Por igual, Reflejos de mi Pepino es un poema en torno a la solidaridad afectiva; el pan se comparte con el necesitado, se compadece el dolor humano; se reza por el que muere; se pide la bendición de los viejos y del padrino; se oficia un ‘duelo’ en el Cementerio por las almas de los difuntos; se saludan las familias en el Año Nuevo.
Sin estos códigos de moral y rituales sociales la solidaridad afectiva no es posible. La historia no sería tan hermosa. El poeta Alemán Cardona, quien viene de una familia de trovadores, aficionado a la música de trío, la composición y al cultivo de las décimas, incluyó en su poema a otro sector de la pepinianidad más humilde entre los que «han hecho grande» la historia local.
Estos son los obreros. En otro poema Pepino, pueblo con alma y magia, rememora a los bomberos que otrora trabajaron sin paga para el pueblo («Aún vive Chinto Ramírez / que te sirvió con el alma»), rememora a músicos (de Millín a Vicente Salas, de J. F. Acosta y Angel Mislán a Benito Fred y Pelo’ e Rata y, por añadidura, la gracia pintoresca de exponentes humildes y serviciales del pueblo: Guilo Vargas, Chalo La Mancha, Don Pepe el Negrito, Cheo Achiote, Carlos Quemao, Don Pepe, El Lindy de Tito Vargas, Juan Alicea, Galloza, Doña Engracia y otros.
Esta referencia a la vida del pobre, a la sociología de su educación informal, proletaria y de su humildad, son importantes como contextos de la vida con historia». Esencias que el Himno del Pepino (de Avilés Medina) dio como el cimiento de la pepinianidad. Sin embargo, no por gratuito escepticismo o recelo, muchos poetas temen que se pierda esa vida, «raíces del ayer» como las designara Alemán Cardona. ¿Cuál es la razón? ¿Por qué hay esta insistencia? Verbalizada por Antonio R. Seguí fue la siguiente:
Que nadie vea tu quebranto…
Cómo este pueblo se olvida
de tu grandeza antañal… (Grito de angustia, en: Cardé, ps. 109-110)
Los que se educaron rigurosamente y regresaron como profesionales han elucidado sobre las ideologías de progreso; pero, ¿qué hicieron o hacen por el sufrimiento de los humildes para que, en la psiquis del pepiniano, quedara una desconfianza en torno al progreso?
En términos generales, el pepiniano educado entendió que, en la medida que se obtiene poder, se constituye la base de toda autoestima y felicidad.
Negocios, lucro y racionalidad, son las bases pragmáticas del capitalismo y su justificación fue expuesta en estos términos:
By nature, business is the most rational, intellectually demanding, honest, productive, and benevolent etthical system possible to conscious beings.
Casilda Cruz Méndez en un poema titulado San Sebastián lamentó que el consumerismo («que nos lleva al abismo») haya dañado las casas y edificaciones, con las que evocaron la vida y los sentimientos de su época. Propuso la metáfora del niño huérfano, que camina hacia la nada ante la mirada de los «ancianos asustados» que se pierden en las calles. Ese niño es Pepino. ¿Qué ha perdido Pepino, qué perdió cuando llegaron los educados por Europa y los EE.UU.?
En el texto de Cruz Méndez, con la noción de adelanto, progreso de mentira, el pueblo se transforma de modo indeseado. Se declararía el olvido del pasado; el fin de la historia real. La pérdida de la «vida con historia» es la verdadera orfandad de ese Pepino-Niño-Huérfano. De igual modo, Héctor A. Detrés Figueroa, al evocar al pueblo miserioso, por la memoria de lo ido (los charcos, puentes de lavar ropa, el viejo Tablastilla, etc.), el sentimiento es todavía agradable, pero escribe con tristeza: «… ya todo se ha trastocado; / el tiempo no marcha atrás». [22]
Ahora regresemos a la educación laica, moderna, anticlerical y progresista, que los jóvenes de la burguesía rica adquirirán gracias a sus viajes a Europa.
Hernández Arbizu, Cabrero, Echeandía, Cancio-Vendrell, Prat, Liciaga Juarbe, Font-Feliú, Franco, Rabell, Martínez y otros apellidos que son representativos de familias acaudaladas de San Sebastián del Pepino, desde el siglo XIX, enviaban a sus hijos a estudiar a Europa. Como ejemplos: uno de los hijos de Andrés Cabrero (Manuel Joaquín, 1840-1897) estudió en los EE.UU.), su primo Luis Rodríguez Cabrero (1864-1915) inició la carrera de medicina en Santiago de Compostela (Galicia, España); cambió a la carrera de Derecho; viajó, como editor y periodista, establecido en Zaragoza y Madrid, antes de regresarse a Puerto Rico, por causa de la muerte de su padre y volvería para la tarea de hacerse cargo de los negocios de la familia; Manuel Epifanio Liciaga Juarbe (n. circa 1837) se doctoró en medicina en Barcelona y, tras ejercer en Aguadilla y Pepino, volvió a Barcelona, donde murió; Victor Primo Martínez González hizo estudios en la Universidad de Barcelona y en Santiago de Compostela; el Dr. José Franco Soto (1875-1959) hizo su instrucción médica en España.
En común, todas estas personalidades de la vida pepiniana compartieron su formación en virtud de una educación liberal y el deseo de compartirla en su lar nativo. Tarea que no sería fácil a menos que cambiaran las instituciones coloniales. Irónicamente, a su regreso a Pepino, el antiguo Casino peninsular les daría la bienvenida y los jóvenes, ya profesionales, pondrían hacer galas de ese conocimiento adquirido en Europa y las tendencias propias de su educación.
No siendo pepiniano, pero uno que compartió una educación que dio gran lustre a este pueblo, fue el Dr. Quintín O. Perdomo y Santiago. Por muchos años sirvió como sacerdote en Pepino. Dice Méndez Liciaga que este ilustre prelado coameño «brilló por su excepcional entendimiento» en las aulas de la Universidad de Salamanca, donde se graduó como Doctor en Teología y Derecho Canónico; «pudo haber alcanzado alta nombradía en el país por su extraordinario talento y erudición», pero se «conformó con vivir desconocido y, en la soledad angustiosa, pasó toda su vida de apóstol»; pero la gente culta de Pepino, sea en el Casino, la Iglesia o la tertulia, tenía con el Cura Perdomo el compañero adecuado para charlar sobre Cervantes, Nuñez de Arce, Espronceda, Castelar y Victor Hugo. «Humilde y virtuoso (…) fue digno misionero de la doctrina de Cristo» (Méndez Liciaga, 29) y en la historia educativa de San Sebastián dejó su huella.
Entre los jóvenes, había algunos muy atrevidos que supieron dar bofetadas con guante banco. No se puede hablar de la educación liberal en Pepino sin «aquel duende burlón, el epigramista por excelencia de Puerto Rico» (M. L. Rodríguez, loc. cit.) cuyo nombre bautiza al Centro Cultural Luis Rodríguez Cabrero de San Sebastián desde 1962.
Rodríguez Cabrero encarnó la bohemia, inquieta e innovadora, de las que nos hablara el Dr. Pérez Rosado, en oposición a ese espíritu aristocrático de la burguesía conservadora que todavía prevalecía entre otros pepinianos de su época, por ejemplo, en su propio hermano Manuel, los abogados Victor P. Martínez, González y Juan A. Hernández Arbizu y otros. Luis fue otra cosa, aunque fue educado inicialmente con jesuítas en Puerto Rico. En España, Rodríguez Cabrero adquirió una educación que lo puso en directo contacto con los tendencias que allá abrían las puertas del mercado de la lectura a dos sectores antes descuidados: los obreros y las mujeres.
Carente de vocación de funcionario estatal, más anarco que sectario-partidista, Luis Rodríguez Cabrero no perdió la perspectiva del puertorriqueño colonizado, quien viviera sujeto a caciques y a la educación tan pobre, todavía bajo el tutelaje de la iglesia. ¿Qué pudo decir entonces y cuando cambió el régimen tras la Guerra Hispanoamericana?
En general, en el mundo hispánico, la visión de la sociedad y la cultura fue acentuadamente androcéntrica. La Iglesia condenó el liberalismo y el racionalismo; tildó de perniciosa la coeducación de las niñas y puso en vigor su «poder omnímodo» y sus «métodos inquisitoriales» para obstaculizar la entrada y desarrollo en España de las ideas pedagógicas de María Montessori, Froebel, Clementia Jacquinet y otras, tentativa que en España fue llamada la Escuela Moderna. [23]
Por la ironía que comprende, burlando sin burlar, con más chispa que mofa ante temas trágicos, cruciales y serios, Luis Rodríguez Cabrero preferió no deprecar ni provocar la aflicción, sino sacar una sonrisa de todos. La sociedad pepiniana no se libró de sus bofetadas de ‘guante blanco’ cuando coescribiera y representara en San Sebastián en 1899, en colaboración con el Dr. Eugenio Bonilla Cuevas, su sainete teatral Pepino en faldetas.
En ese entonces, Pepino vivió la violencia de las partidas sediciosas, con quemas, ultrajes y robos en campo y pueblo. La sociedad local no se había organizado ante los problemas de ajuste al nuevo régimen colonial que trajo la Invasión norteamericana. Políticamente, no sólo Pepino, todo el país estuvo en faldetas, sin preparación. En 1899, se crearía la Corte Federal en Puerto Rico, no por otro motivo que americanizar el país. Tres siglos de tradición jurídica hispánica quedaron borradas de un plumazo.
Entonces, Luis escribió muchos cuentos, artículos políticos para La Democracia, pero, sobre todo, las piezas satírico-humorísticas que revelaban su temperamento, apasionado y bohemio. La alegría y el humor son necesarias para el educador y él quiso educar desde las trincheras del periodismo y el teatro. Quiso apoyar las causas más avanzadas en política; pero, ¿qué dijo y qué pudo hacer viendo a sus contemporáneos, unos graduados en Derecho como Federico Degetau, liberales como él, que al llegar a Puerto Rico se enchufaron con el establecimiento español y estadounidense, en posiciones que no sirven para nada? Degetau, diputado a las Cortes Españolas en 1898 por Ponce, sería el primero que prestaría su nombre para el cargo de Comisionado Residente en Washington, D.C.. ¿Cómo se puede invertir tanta energía de 1901 a 1905 para no ser útil en nada?
El proyecto político y pedagógico de Eugenio M. De Hostos a Rodríguez Cabrero le pareció más laudable y respetable que el improvisado autonomismo-reformista de Luis Muñoz Rivera, quien no era independentista. Luis colaboró con la Liga de Patriotas de De Hostos y su órgano de propaganda, el periódico El Terruño; pero, aún siendo el más respetado de los escritores y dirigentes intelectuales de Pepino, con el aplauso y la admiración del escenario nacional (De Hostos, Clodomiro Abril, Mario Brau, M. Fernández Juncos, José Mercado «Momo», con quien fundó El perro amarillo, 1904 y otros), a su alrededor, gravitaba la presencia de los ‘selectos’ de los clanes de poder, gente que serían los obstáculos a otros avances cualitativos de mayor envergadura. En su caso particular, la presencia de Manuel Rodríguez Cabrero y, nacionalmente, Luis Muñoz Rivera.
Aquí pues el problema se colige como uno de lealtades y personalidades. Estamos ante un periodista y poeta que vivió apasionadamente y murió joven, a los 49 años. Cuando muere no es ciudadano de ningún país porque, vigente el país como territorio anexado por EE.UU., su Puerto Rico natal no dio su simpatía por la España colonial ni por el nuevo invasor que no concederá la ciudadanía estadounidense hasta dos años después de su muerte. Habría de decir lo mismo de Degetau.
Luis Rodríguez Cabrero entendía la experiencia colonial; pero no fue dirigente político ni ideólogo capaz de crear un partido bien organizado y con direcciones participativas. No fue capaz de desafiar las estructuras autocráticas o paternalistas de aquellos que, en el escenario local y nacional, se insinuaban como dirigentes. ¿Por qué siendo él un verdadero idealista? ¿Por qué poseyendo él conocimiento?
Halló, en su camino, dos personas caracterizadas, en rigor, por la agresividad innata del político, dos habilidosos pragmáticos y, con ellos, por nexos de familia y amistad, cedió lo suyo por lo ajeno. La riqueza espiritual e interior de su formación, el sentir apasionado de su ideología, se puso en servicio de los clanes y caciques.
No es tan difícil juzgar a Luis Rodríguez Cabrero si lo enmarcamos en su clan familiar, es decir, en el de su hermano. Don Manuel viviría 42 años después de la invasión de 1898, que lo obligó a renunciar como Alcalde en una provincia ultramarina de España, San Sebastián del Pepino, pero quedó siempre influyente en la política municipal e insular. ¿Qué fue si no un cacique?
Su problema, como el de Narciso Rabell Cabrero, otro alcalde del Clan, consistió en que el sentido pragmático de la política se impuso a todo ideal y cuestionamiento crítico. Un independentista como Francisco Roig Cardoza, como su antecesor Aurelio Méndez Martínez, ni tiempo tuvo durante sus periodos en la Cámara de Representantes de alzar su voz por lo que fue la mejor de las ideas de Muñoz Rivera en 1909, esto es, solicitar la supresión de la Corte Federal, o al menos, disminuir sus facultades, al juzgar que la tendencia imperialista de la Corte que desconocía el Derecho histórico de Puerto Rico. Desde su creación, las Cortes Federales «interpretan nuestras leyes del modo más opresor e injusto», obstruyendo así las legislaciones del Partido Unionista.
Estos políticos, testigos del trauma de 1898, no rompieron con la concepción convencional que entraña la geopolítica como estrategia esencialmente imperialista. Dijeron, como todavía recordaba Doña Bisa al haberles escuchado: «Para una isla pequeña y pobre, siempre es peligroso ir más allá».
Esta gente, con la que se asociaría Luis, el poeta, fue generosa, bien intencionada; pero, en su punto débil, cónsona a tolerar el ‘Gran Poder’ de turno; para fines prácticos, no queriendo ser superficiales ni impacientes, ni aventureros de lo incierto, porque la ‘república de los independentistas es desafiar el más allá’ (M. L. Rodríguez Rabell, loc. cit.), admitieron más de una componenda con tal de estar siempre en el poder. Admitieron la Ley Jones que, en 1917, dio la ciudadanía del país interventor, mas obligándonos como pueblo a servir en las fuerza armadas, sin voz ni voto para protestar los objetivos geopolíticos de la agresión o el dominio. Antes se sometieron al Estatuto Foraker que no dio a la Legislatura ni la autoridad para la aprobación del presupuesto insular ni la de suprimir la mediocridad judicial federal imperante en Puerto Rico.
Llegado este momento, el Clan Cabrero ya está maduro y perfeccionado. Cuando se reorganizó por causa de la Ley Jones el gobierno de Puerto Rico para que el pueblo de Puerto Rico adquiera control de la rama legislativa, su única y recortada porción del poder bajo el gobierno estadounidense, todos dijeron presentes. El electoralismo fue más complicidad con los estigmas coloniales que una opción digna. Los colores del independentismo se hundieron en las penumbras de la Legislatura Puerta de Tierra mas, para fortuna de Luis Rodríguez Cabrero, no le tocaría presenciar tanto oportunismo y políticos autodestructivos, todos inspirados en el lema: «No ofrecer a los electores más que aquello que realmente se pueda conseguir». [24]
En 1898, antes y después de la Invasión Norteamericana, el sentimiento antiespañol fue muy fuerte en Pepino. Existía dentro de familias de conocido ancestro vasco como la de Pedro Echeandía y las Font Medina (éstos de ancestro catalán), no como rencor, pero sí como crítica del status quo. Estos se identificaban con el separatismo, con la crítica de la monarquía y la pérdida del espíritu aristocrático en el arte y en el trato interpersonal.
De origen santanderino, los Cabrero apostaron su lealtad al marco autonómico, amparándose preferentemente en los dictados de una España liberal, pero con un rey a la cabeza.
Más tarde, Luis Rodríguez Cabrero, amigo inseparable de Muñoz Rivera, fue su «recadero». Hizo el trabajo sucio que el Zar de Barranquitas no haría por miedo a perder prestigio ante los EE.UU.. Por ejemplo, recibir a revolucionarios de talla que visitaban clandestinamente a Puerto Rico (e.g., la visita de Gerardo Forrest Vélez), a quien, a solicitud de Muñoz Rivera, Luis hospedó en su casa. «Recaderos de Muñoz» fue el título que Adolfo Medina González diera a quien, entonces, fue el mejor poeta pepiniano y a su hermano Manuel; pero, sin querer, ambos quedaron reducidos a los juegos sectarios del Unionismo. El Clan Cabrero respondía a la macro-influencia de Muñoz.
Cautivado por el Clan Cabrero, también sucumbió otro culto y talentoso poeta pepiniano, Herminio Méndez Pérez, cuyo talento lo llevó a un programa de literatura y gramática española de la Universidad de Harvard. Por el espíritu muñoriverista del clan, Méndez Pérez compuso un texto digno de leerse y que habría sacado lágrimas a su amigo Luis Rodríguez Cabrero, ambos bohemios y tiernazos.
Aleteos de separatismo: Otros, hijos y nietos, de los esclavistas Alers-Beauchamps y Alers-Rosa, los Liciaga Juarbe, también liberales, abocaron sus simpatías por la vía separatista. En conjunto, fueron las familias influyentes que, localmente, comprendían los avatares de la ideología político-social y la vida perseguida y hostilizada de De Hostos, Baldorioty de Castro, Ruiz Belvis y Betances.
En la privacía de sus hogares, la ejecución con la pena del garrote vil de Silvio Alers e discutía como uno de los excesos típicos del Año Terrible del Gobernador Palacios como parte de su hostilidad contra el autonomismo y el separatismo antiespañol.
De los Cabrero Echeandía (Severiano y Manuel Joaquín) y los Rodríguez Cabrero, la evidencia indica que ante España sostuvieron cierto «republicanismo burgués», filosóficamente asimilado por la vía francesa y la española de Salmerón y Castelar, siendo que, al momento del choque de España y los EE.U., advinieron como los poseedores de mayor capital y riqueza en Pepino.
Sin embargo, en el entrejuego colonial lo que vale no es exclusivo asunto de la educación adquirida o de la actitud, más o menos liberal que ostenten las dirigencias locales, si no cuánto está en juego para la potencia que los supedita. El bando más fuerte, en el conflicto finisecular, desde España, decidió las opciones de la comunidad entera. De igual modo, España durante cuatro siglos estuvo decidiendo por sus vasallos en la isla e imponiendo la visión de liderazgo que sería admisible para la metrópolis. Entendía que, aún entre esas familias criollas, descritas como liberales ya que, por su educación esmerada y europea, son aptas para representar a sectores de España en su pueblo o en las mismas Cortes, alguno habría al que llamar ‘siervo leal’ a los intereses del Rey y el Estado. Entonces, escogía entre ellos. A la altura de 1898, Manuel Rodríguez Cabrero fue el ‘hombre de España’, aunque él fuese autonomista y uno de sus hermanos, Luis Rodríguez, un poeta incómodo para el régimen.
Clanes y caciques: Con la Restauración borbónica, en España, se hizo evidente lo que es la cultura burguesa y cómo se mece entre el tradicionalismo y las aspiraciones esperadas de proteger su capital material y sus herencias, culturales y sentimientales. Aún no enteramente libres de la atadura sentimental y política con España, los Cabrero optaron por formar un poderoso clan, para hacerlo, advinieron como pensadores modernos en el sentido de que, como el científico político Rudolf Kjellen, se plantearon un discurso hegemónico geopolítico.
El colonialismo como hecho vergonzoso está en sus miras, pero ellos no alcanzaron a descifrar, en su amplitud, la relación entre geografía, el derecho al Estado y la política del poder mundial. En la casa de los Rodríguez Cabrero, la principal casa de tertulia discusión culta de la política española e internacional, lo mismo se recibía al Dr. José Celso Barbosa, autonomista puro y más tarde promotor del anexionismo político a los EE.UU., que a Baldorioty de Castro y Muñoz Rivera.
Sin embargo, había incidencias del pensamiento liberal-radical en el ambiente: una representada por el Dr. Ramón E. Betances Alacán, Ruiz Belvis y De Hostos. La corriente insular más radical se endebleció con la muerte de Betances, aunque Juan Tomás Cabán Rosa, entonces terrateniente que, para 1898, se empobrecía por el canje de la moneda y el impacto político-económico de la invasión estadounidense, quiso dotarla de un último respiro. Fue él quien organizó, gracias a muchos contactos, las agitaciones campesinas conocidas como los embrisques y en Pepino como los episodios de los comevacas y tiznaos. Estas fueron las invocaciones tardía del fenómeno anarquistas de La Mano Negra que se produjo en España en el último cuarto del siglo XIX.
En un ensayo revelador de Carlos Rivera, titulado El patricio Ramón Emeterio Betances Alacán y el anarquismo [26], se explica la conexión de Betances con el socialismo ácrata y la economías libertarias patrocinadas por ideas de ___ Fanelli, Santiago Salvador, Carlos Malato, Enrico Malatesta y otros. Betances conoció a Michelle Angiotillo, quien asesinó a Antonio Cánovas del Castillo y cuyo juicio (el de Angiotillo) «conmovió al mundo entero y estremeció a toda España». [27]
De Hostos es, por lo que se desprende, deductivamente, de muchos testimonio, orales y escritos, un político apagado, débil y desacreditado localmente, siendo como fue un educador honesto y de brillo universal. Su genio intelectual fue y es indiscutible; pero, de gente influyente de Pepino, salió el afán de desacreditar su presencia política en el entorno. Se asoció su actividad como persona a un «bastión de separatistas antillanos», alegándose, en 1897, (y aquí la mala leche de sus acusadores) que el Club Hostos estaba «constituído por refugiados puertorriqueños en Santo Domingo», «con vínculos con Abelardo Moscoso» (Ramos, op. cit.) que planeaban una expedición armada a Puerto Rico. Entonces, «Heaureux, obstinado en mantener el régimen dictatorial y sabedor de que muchos de sus enemigos políticos se encontraban refugiados en Puerto Rico, en alianza con los independentistas antillanos»,
Blanquitaje, caballerosidad e hidalguía: Una de las observaciones del profesor pepiniano Jerónimo Ramírez de Arellano (1911-1968) fue que Pepino ha producido un arte poético «cándido», que siendo «roja llama viva», «no decrece la emotiva / dulce candidez» del canto (El sendero, en Cardé, op. cit., 79).
No creo que Ramírez estuviese hablando sobre la candidez como sumisión, inocencia y resignación, sí acerca de la candidez como sinceridad y transparencia. Pero, no todo los poetas, oradores y burócratas, en el Pepino histórico, encarnan esta candidez.
En el proceso de búsqueda de una identidad coherente, hay quien equivoca el camino y el obstruye su propio camino y el de los demás. Esta gente no es cándida. Es perversa. Quienes dilucidan sobre la inferioridad de las razas, o predican fe, sin garantizar el pan y el trabajo del poder, en cuanto son funcionarios en el Estado, son chupasangres y beneficiarios perversos. Los sacerdotes que violentan la fe sencilla de una feligresía lo son. La evidencia histórica apunta a que «con pocas excepciones, los misioneros en el Nuevo Mundo no defendieron a los indios. Al contrario, los maltrataban, forzándolos a convertirse a la cristiandad mediante la tortura y el abuso» (Ilán Stavans, 153).
Para quienes ya conocen el interesante ensayo El país de los cuatro pisos, no le será extraño que asociemos la Cédula de Gracias de 1815 (de la que ya hemos hablado) al blanquitaje. Esta «alentó a una nueva clase de inmigrantes blancos a establecerse en Puerto Rico», en parte, con la misión de «blanquear la población de Puerto Rico», (Stavans, 41) siendo la Cédula, a su vez, un premio de España a PR —
«Como 1492 fue también el año del triunfo de la limpieza étnica en España, los conquistadores iberos llevaron al Nuevo Mundo el concepto de pureza de sangre. Como se ve en las comedias de Lope de Vega y en la poesía conceptual de Fernando de Quevedo, el honor de un hombre estaba fundamentado en un abolengo cristiano puro, nunca degradado por trazas de judíos y musulmanes» (ilan Esta no es la maña y jaibería, útil y sabia, que motiva la crítica que Nemesio Canales expresara en su artículo «Paso a la maña», incluído en Paliques (1952) al escribir, en reacción al escándalo que provocara un editorial del Washington Post:
Dijo el tal periódico que somos mansos y sumisos… Y la verdad es que, considerándolo con alguna serenidad, el punto, la cosa no merece la pena. Todo es una mera cuestión de amor propio, y ya se sabe que las cuestiones de amor propio se reducen siempre a cero cuando se estudian con un poquito de buen sentido… (…) ¿Dice usted que soy un manso y un sumiso? ¡Bueno! Es una opinión de usted sobre mis cualidades personales que debo yo respetar como usted debe respetar las mías. Es más, yo le doy las gracias por hacerme conocer sus opiniones sobre mi persona. Lo malo sería que usted se las callase y me dejase a mí, a oscuras. A estas horas, yo sé lo que usted piensa de mí, mientras que no sabe usted lo que pienso yo de usted. ¿Quién está mejor de los dos? ¿Quién ocupa una posición más ventajosa? Además, la opinión de usted puede ser justa o injusta… (…) mientras más valiente sea yo en realidad, más conveniente debe parecerme que me crean un manso, pues menos se defenderá de mí… (…) sí, nosotros mismos hemos adoptado como divisa en nuestro escudo un manso e inocente corderillo incapaz de darle un disguto a una pulga. Si Puerto Rico es un león, ¿por qué puso en su escudo un cordero? Y si no es un león y es cordero, ¿por qué se ha de enfadar de que se lo digan? … ¿Somos pequeños, tan pequeños que no podemos ni debemos ser valientes? Pues seamos mansos y desarrollemos cada vez más la fuerza de los mansos que es la astucia. ¿No podemos ser leones ni elefantes? Pues seamos ratones, cobardes pero astutos e incansables e insufribles ratoncitos, ante cuyos saltos y piruetas y mordiscos y artimañas, el león y el elefante acabarán por perder la chaveat y darse a todos los demonios…
Ya el valor, ese épico y bárbaro valor que entusiasmó a nuestros abuelitos, ha pasado de moda. Ahora la cuestión es ganar y para ganar las batallas colectivas como las individuales, el valor constituye hasta un estorbo. Ahora es la maña, la maña de los ágiles talones, la que se sube de un brinco a un lomo del valeroso elefante o del león invencible, y encima de la fiereza de los dos baila su danza y recorre su ruta. ¡Psso, pues, a la maña, paso a la jaibería nativa, bailando y cabalgando alegremente sobre la gruesa piel de enormes y valientes hipopótamos cargados de manteca, pero ayunos de intelecto! [25]
A ninguno que se envanezca del valor, la hidalguía y la dignidad del conquistador (el ‘león Ibero’), o la bravura del taíno, le gustaría, que se le redujera a dócil, manso o pendango. ¿Sería tal cosa lo que ofendió a los boricua cuando el anglosajón desde el periódico Washington Post lo insinura? ¿Fue lo que René Marqués, el dramaturgo y ensayista puertorriqueño, adujera como características del colonizado? ¿Es de esta misma manera que ha sido juzgado al boricua que una vez arrancado de la montaña en Nueva York emigró y es juzgado, por funcionarios estatales y municipales «como faltos de carácter y autoestima, domesticados, inocuos, sumisos, gentiles rayando en la ingenuidad, fuera de la realidad respecto a sí mismos» (Ilán Stavans, 25)? Muchos de nuestros poetas han intentado una fundamentación cándida, poco teórico e ideológica, acerca de la idiosincracia del pueblo y su gente, pero han partido de tal acusada candidez. Antonio R. Seguí Borrero lamentaba «cómo este pueblo se olvida / de la grandeza antañal», siendo este su Grito de angustia y su testimonio ante un quebranto de costumbres e ideales. Otros han añorado los tiempos idos, tiempos de bohío, «reliquias de años vividos» (Manea Santoni, en: Cardé, 106). El quid de esta interpretación se relaciona a la educación, a lo ideológico, a la existencia o no de filtros de fiscalización y censura en el poder cultural que puedan apaciguar ideológicamente aquello de lo que se trata el universo cultural, la poesía y el arte con su vínculo con la existencia práctica y su proyecto combativo, afirmativo de un futuro.
Ningún arte, incluyendo el poético, así como ninguna ideología, puede reducirse a una nostalgia pasiva, o hacia una apatía o apoliticidad. La concepción ideológica que han hilvanado nuestros poetas y artistas sobre la idiosincracia pepiniana es más coherente y sólida, menos precaria, que la que actividad y los pronunciamientos de las dirigencias públicas. Tenemos una visión estética de Pepino y un ‘ideal de pueblo’ (para utilizar el término de Quiles Díaz) que quiere salvarle la cara a la historia.
El modo de ‘dorar la píldora’ es callar. El silencio. Este es el por qué han sido muchas las ocasiones y los intelectuales que acusan al puertorriqueño en general de ser más dócil que desobediente. [26] Se termina cumpliendo los deseos del que manda.
Para diciembre del 1896, los maestros de grados primarios que servían en la zona urbana en escuelas públicas fueron Manuel Durán y Figueroa, Felícita Torres de González y, como auxiliar de maestro, Juan Rosa Pérez. Había cuatro maestros rurales de escuela pública Fermín B. López, Práxedes Salas, José Manuel González y Lino Guzmán. Además, en escuelas particulares o privadas, servían María de Jesús Arteaga y José Ballesteros Muñoz. Estas escuelas privadas, una de niñas, otra varones, matriculaban entre 6 y 10 alumnos por curso. En la época, todavía se llevaba un conteo de los «niños pudientes matriculados», separándolos de los «niños pobres matriculados». (Méndez Liciaga, 131) Aunque el municipio tenía una población 1,953 niños de ambos sexos entre las edades de 6 a 12 años, la matrícula total en el año 1896 en las diez escuelas, públicas y privadas, que funcionaban en Pepino, fue 384 alumnos, cincuenta de los cuales fueron clasificados «de color», es decir, pardos, mulatos o negros.
Listado de maestros: Maestros Graduados
Isabel Durán Grau, Juan Alberty,Ana María Cardé, Herminio Méndez:Poeta, pianista y maestro pepiniano. Graduado de la Universidad de Harvard en Gramática española y casado con maestra Santoni de Utuado, a quien conoció en la Universidad de Harvard. Aunque independentista, de sentimientos muy patrióticos, escribió discursos políticos para José Celso Barbosa, líder del anexionismo. Fue el padre de César Méndez Santoni. Nos cuenta el Dr. Gustavo Arvelo Díaz:
«Escribía sus poemas hasta en bolsas de supermercado. Y tiraba sus poemas en cualquier gaveta… Don Herminio era muy bohemio, conocía muchísimo del juego de cartas y tocaba muy bien el piano. Durante su juventud tuvo la oportunidad de ir a Harvard y de allí que obtiene un grado especial en Literatura y Gramatica Española. De su esposa Santoni, tuvo 8 hijos… Cuando ambos murieron el hijo mayor solo tenia 18 años. Era buen pintor, creo que sus tíos de Utuado eran banqueros y todavía hay pinturas suyas en un banco de Arecibo. Este joven se suicidó deprimido por su situación». «Antes de lograr su suicidio tuvo 2 intentos. Todos sus intentos estan pintados en uno de sus cuadros… Sé estas cosas porque uno de esos 8 hijo fue mi tio político, don César Méndez Santoni, quien de muchacho me recitaba las poesías de su padre. Este César Mendez fue un campeón; siempre de primer lugar en el tiro al blanco con rifle. Con puntuaciones más altas que las nacionales, pero su humildad no le permitía competir fuera de Puerto Rico. Se casó con mi tia Isabel Arvelo, hija de Anacleto Arvelo y Tomas Colón. Este Arvelo tenia 4 tiendas en San Sebastián y vendia al por mayor a las haciendas ya para 1920. Tuvo uno de los primeros carros y vendio los primeros radios del pepino».
Herminio Cardona, Carmen Cebollero, Herminia de la Rosa, América Latorre, Clara L. Matías, Ramón A. Medina, Isabel Oramas, Isabel Rosa Medina, Emilio Varga, Antonio Bosques, Tomasa Mejía
Maestros de inglés
Ramón Martínez Sandín, Mary Phillips,
Clase Graduanda de 1923 de la Escuela de Carpintería del primero y segundo año En la primera fila, de izquierda a derecha, aparecen Agustín Latorre, Manuel Alberty Ruiz, Salvio Rabell, Quintín Ramírez y Manolín Sifre; segunda fila, Buenaventura Esteves Nenadich (futuro abogado), Víctor Vargas Mercado, Asunción Cebollero, Enrique García, Ramón Ramírez, Rafael Lugo, Francisco Echeandía, Manolín González, el maestro de carpintería. En la tercera fila, al fondo, Manuel Quiñones, Narciso Ramírez, Rodolfo Cruz, José Oscar Román, Herminio Detrés, Luis García y José Crespo Ríos, quien emigró a Nueva York en 1934 y posteriormente a Los Angeles. En la foto, faltan otros miembros de la Clase Graduanda: Pedro A. Echeandía Font (posteriormente, Químico farmacéutico), Juan Avilés Medina (poeta distinguido con el tiempo y José Gutiérez, alias Rufo
Clase Graduanda de 1923 de la Escuela de Carpintería del primero y segundo año En la primera fila, de izquierda a derecha, aparecen Agustín Latorre, Manuel Alberty Ruiz, Salvio Rabell, Quintín Ramírez y Manolín Sifre; segunda fila, Buenaventura Esteves Nenadich (futuro abogado), Víctor Vargas Mercado, Asunción Cebollero, Enrique García, Ramón Ramírez, Rafael Lugo, Francisco Echeandía, Manolín González, el maestro de carpintería. En la tercera fila, al fondo, Manuel Quiñones, Narciso Ramírez, Rodolfo Cruz, José Oscar Román, Herminio Detrés, Luis García y José Crespo Ríos, quien emigró a Nueva York en 1934 y posteriormente a Los Angeles. En la foto, faltan otros miembros de la Clase Graduanda: Pedro A. Echeandía Font (posteriormente, Químico farmacéutico), Juan Avilés Medina (poeta distinguido con el tiempo y José Gutiérez, alias Rufo
Maestros Rurales
María P. Torres, Antonio Cortés, Isabel Durán, Paul Vélez, Felicidad Pozo, Jorge L. Cruz, Santiago del Río, María C. del Río: Una escuela en el Barrio Robles (Carr. 447) está dedicada en su honor. Pedro del Río, Victor Vargas, Ana V. Rivera, Milagros Sifre, Eduviges Vientós, Blanca S. González, Carmen González, Ana M. Jiménez, Eusebio Alberty, Herminio Detrés Olivieri, Juana Luisa Mayol, María Luisa Correa, María L. Court, Consuelo Arce, Augusto Arce, Juan Cardona Rodríguez: Una escuela en la Segunda Unidad de Hoyamala (Carr. 119, Km. 28.8) fue dedicada en su honor., Angela Pagán, Julia R. Román, Maximino A. Salas: Una escuela en el Barrio Magos (Carr. 111, Km. 28.1) se bautizó con su nombre., Angel N. López, Pilar E. Cabrero, Vicente Ramos, Carmen Pérez, José R. Gutiérrez, Amelia Durán, Margarita González, Laurentino Domenech, Raoul Domenech, Patria Latorre: Se le dedicó una escuela., Maria Robles, Margarita Orfila, Juanita Torres, Rodolfo Cruz, Juan Pablo Rivera, Raúl López Durán
Maestros Consolidados
Felipe N. Cardona, Claudio Feliciano, Mario García, Marciano Avilés, Martín Ortega, Santiago Vega, Rafael González (de Artes y Oficios), Elpidio H. Rivera Bourdón, Ramon Anglada Montalvo fue maestro, natural de Yauco, trabajó en San Sebastian, alrededor de 1918. El sueldo magisterial en 1914 era $38.00 al mes, y en 1927 de $60 a $75.00 al mes
Los maestros de 1940 al presente
Anaida Méndez Juliá, Destacada profesora de inglés en la Escuela Superior Manuel Méndez Liciaga. Hija del exlegislador Puyi Méndez, y Anna Mei Mendez. La profesora Juliá se destaca por su extrema habilidad en la enseñanza del inglés; Juana Jiménez, Maestra de Escuela Elemental Joaquín Oronoz Rodón. Dedicó más de 40 años al magisterio elemental y se distinguió por su buen corazón, compasión y dedicación a la enseñanza; Nanino Robles, Destacado educador y considerado un genio en el campo de las matemáticas. Fue profesor de matematicas y geometría por mas de tres decadas en la Escuela Superior Manuel Méndez Liciaga; Elena “Lenny” Ruiz, Maestra de Escuela Elemental en varios planteles de la isla. Trabajó por más de 35 años; Isabel “Isabelita” Rosa, Maestra de escuela elemental y principal de escuelas. Madre de la pintora pepiniana Isabel Bernal; Sarah Ramirez Carril, Maestra de escuela intermedia en San Sebastián. Se distinguió por su dominio de la gramática castellana y por su habilidad de implementar métodos innovadores en la enseñanza. Estudiosa de las filosofias religiosas orientales y del vegetarianismo, tuvo un programa radial en Radio Pepino por más de 20 años siguiendo las filosofias de La Gran Fraternidad Universal; Angela Ruiz, Maestra de escuela elemental en varios planteles pepinianos; Ana Rosa Del Valle, Maestra de Escuela Intermedia Ramón María Torres por más de 20 años. Se distinguió por su sentido del buen humor y jovialidad; Carmen Luisa Méndez Serrano, Comenzó su carrera magisterial en la Escuela Elemental de Pueblo Nuevo y llegó a ser Superintendente Auxiliar de escuelas en San Sebastián. Se destaco por su intelecto y luego de 15 años de enseñanza directa regresó a la Universidad de Puerto Rico donde obtuvo una maestria en consejería y otra en supervisión escolar. Se convierte en la primera consejera profesional en la Escuela Intermedia Narciso Rabell Cabrero y de le destaca como la primera evaluadora profesional de programas federales en el area oeste. En el 1971 se convirtio en la evaluadora de los programas de Título I. Fue directora de la Escuela Francisco Alers en el Barrio Saltos y se retira como Superintendente Auxiliar de Escuelas; Maria Paula Román, Una de las primeras salubristas escolares de Puerto Rico. Fue Supervisora de Salud Escolar en las Escuelas Públicas de San Sebastian y primera directora de una propuesta federal en el pueblo. En el plano personal se destaca como madre ejemplar quien educó tres destacadas profesionales; Edith Méndez Serrano, Laboró como maestra de escuela elemental en el Barrio Robles de San Sebastian, el barrio Hoyamala, y por más de 20 años fue maestra en la Escuela Elemental Joaquín Oronoz Rodón de San Sebastián. Se le reconoció como Maestra Ejemplar en el año 1974; Widilia Ellis, La profesora Ellis impartió enseñanza musical en la Escuela Manuel Méndez Liciaga por más de 30 años. Toco las almas de sus estudiantes con su bondad, su habilidad y su canto. Fue profesora de notables personalidades artísticas de la isla tales como Sophy Hernández y Margarita Castro Alberty; Cuca Torrres de Calderón, Una mujer del futura. Profesora destacada de biología fue mentora de docenas de destacados prfesionales de la medicina y la academia actualmente laborando en Puerto Rico y en los Estados Unidos. Se distinguió por exponer a sus estudiantes a literatura científica contemporánea no disponible en los textos coloniales usados en la isla. Fue además tecnóloga médica; Laura Castro, Recientemente retirada de la Escuela Superior Manuel Méndez Liciaga. Se distingue por su envolvimiento en causas cívicas y por su dominio en la enseñanza de historia y política contemporanea de Puerto Rico; Clara Doris Alberty, Comenzó su tarea magisterial en los años 40 y llegó a ser directora de la Escuela Superior Manuel Mendez Liciaga. Se distingue por su gran visión educativa y por sus destrezas administrativas. Es madre de la cantante operática pepiniana Margarita Castro Alberty; Tinín Cabrero, Notable profesora de geometría y matemáticas. Se le considera una de las educadoras más eminentes en el campo de la geometría aplicada en la isla; Esperanza Mendez, Maestra de español de la Escuela Intermedia Narciso Rabell Cabrero; Aurora Méndez, Maestra de español en la escuela Joaquín Oronoz; Sergio Méndez, Maestro y entrenador de boxeo muy conocido en el pueblo de San Sebastián.
Datos provistos por:
Andrés Méndez Liciaga, Boceto histórico del Pepino (1925)
Horacio Hernández, genealogista pepiniano, quien prepara un libro sobre sus recuerdos del Pepino del 1930.
Sección «Fotos para la Historia», del semanario de la década de 1970, El Gorrión, publicado por el profesor Ramón Vargas Pérez
Serafín Méndez Méndez, Ph. D., «Carta personal», 4-62004.
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Notas bibliográficas
[1] Natalia Prats, Mirada a la sociedad puertorriqueña desde finales del siglo XVIII al 1898. En cuanto a los referidos signos», consúltese el artículo de María Laura, «La ideología como forma de memoria colectiva», donde explica que la «adquisición del signo»«Al principio, se puede decir que la memoria determina el pensamiento. Pensar significa recordar; pero, con el desarrollo de las funciones superiores, la memoria quedará reducida a establecer relaciones lógicas y va a quedar determinada por el pensamiento». Según Lev Vigotsky, la memoria colectiva o social ya no es la memoria natural, de origen biológico, caracterizada por su inmediatez; posterior a ella es la memoria mediada por «signos», cuya constitución es social.
[2] Paulo Freire, ¿Extensión o comunicación? (Siglo Veintiuno Editores, 15a. edición, 1987), ps. 86-87.
[3] Ibid., ps. 44-45.
[4] Puerto Rico: sociedad y cultura antes de la invasión de las tropas estadounidenses: 1898: en: http://iprac.aspira.org/iprac_education.htm
[5] Eugenio M. De Hostos, «La educación científica de la mujer». Revista Sudamericana. Chile, junio de 1873 y Guerra Cunnigham, Lucía, «Feminismo e ideología liberal en el pensamiento de Eugenio María de Hostos», en: Cuadernos Americanos (Año 3, Núm. 16, 1989), ps. 139-5
[6] No ha sido agotada la investigación sobre la poesía puertorriqueña que ahonde en torno a los motivos alusivos al llanto / deuda luctuosa que inspira el genocidio del taíno ni de su ira caracteriológica con que ese taíno reaccionó al sistema político-cultural que lo sofocara en su comunidad. Tal como se lo refiere, en la poesía tradicional de la isla y como se realude en la poesía pepiniana, el taíno-aruaco, es un valiente. Su herencia es:
… fibra bravía / del hombre guerrero / …
la herencia taína del bravío cacique…
(Eulogio Cardona y Beltrán, p. 29)
aunque un símbolo tan decantado de la invención artesanal taína haya sido descrito por Cardona como «vientre del pueblo dormido» (ibíd), poderosa metáfora, pero negativa.
Me ha interesado conocer ese temática en San Sebastián del Pepino. Ramón Luis Cardé Serrano, en su libro Cantares al Pepino (en su tributo a los 250 años relacionados a la fundación del pueblo (1752-2002), es el primero, entre los pepinianos, que recopila unos textos alusivos al tema. De esa antología, publicada por auspicio de la Administración Municipal y su Alcalde Justo Medina Esteves, en enero de 2003, hay cuatro textos que son revaloración del sustrato taíno: Canto araguaco al Pepino, de Carmelo Aponte Feliciano, Himno a San Sebastián, de Eulogio Cardona y Beltrán, Homenaje a San Sebastián, de Salvador López González y Himno del Pepino, de William Rosa.
Carmelo Aponte Feliciano alude al «areyto final / en el gran batey de cal / de las Vegas del Pepino» (p. 11) y nos introduce a la idea de un «ancestral llanto taíno» porque, como autor, Aponte está dolidamente conciente del genocidio que ha sufrido este pueblo. ¿Qué ha subsistido de esa mitología que menciona: Yocajú, Atabey, el alma-voz de Yaciloa y Uralloa, la magia del Jaicoa, los viejos caminos que van del Aymaco a Yabucoa, el héroe Guarionex y la institución del «areyto», cuya desaparición Aponte declara?
El poema de William Rosa, en la antología de Cardé Serrano, insiste en rememorar como herencia del pepiniano, aunque sea ya hijo de la diáspora (es un residente de Perth Amboy, cuando escribe su poema) «la valentía y el coraje / del cacique Bahomey».
[7] Freire, op. cit., p. 46
[8] José Morales Dorta, Ph. D. El Morro: Derrotas y muerte de piratas ingleses, holandeses y franceses (Maya Publications, New York, 1998), p. 119.
[9] En el siglo XVIII, antes de los ciclos cafetaleros, Pepino tuvo una economía agropecuaria, dentro de la cual peleaban dos tipos de propietarios, los llamados estancieros agrícolas y los hateros, o ganaderos. Fernando Picó enfantiza que la fundación de los pueblos que antes pertenecieron al Partido de San Francisco de Asís de la Aguada concretaron el «triunfo de los sembradores contra los dueños de vacas», es decir, la «conquista de los intereses agrícolas sobre los ganaderos». Vid. Hojeada sobre los siglos XVI, XVII y XVIII y la fundación como pueblo, en: Anuario de Fiestas Patronales (2005), ps 16-19
[10] El mito ha sido definido por Sam Keen, filósofo, seguidor y amigo personal de Joseph Campbell, como «respuestas a preguntas primarias y perennes, como son de dónde vine y a dónde voy»; «el mito es una manera inconsciente y sistemática mediante la cual se informa sobre la experiencia. Joe Campbell dijo que la vida está en la experiencia, pero también pienso que la vida está en el significado que damos a la experiencia… La tarea de una vida es intercambiar el mito inconciente con una autobiografía conciente» (ps. 70 y 72). Vid. Bill Moyer, A World of Ideas, II (Andie Tuchner, Editor: Doubleday Dell Publishing Group, Inc., New York, 1990).
[11] Giovanni Staghellini, Philosophy and Psychiatry, sumarios de la IV Conferencia Internacional sobre Filosofía y Siquiatría «Madness, Science and Society», realizada en Florencia (Italia), 26 al 29 de agosto del 2000, organizada por la Sociedad Italiana de Sicopatología y el Grupo de Filosofía del Colegial Real de Siquiatras.
[12] Roberto Ramos Perea, Reflexiones sobre el fundamentalismo cristiano en Puerto Rico u su agresión al teatro, en: http://www.antaprofana.com.br./materia_atual.asp?mat=190
[13] Ibid. Además de la censura religiosa, a través de las Juntas de Censura de la Diputación Provincial, los párrocos católicos se convirtieron «en delatores con iniciativa, en adulones del poder y en perseguidores de cualquier forma de arte que atenta contra la estabilidad de la ‘moral cristiana’. Así, en 1893, un sacerdote de la Parroquia de Guayama instigó a la Guardia Civil Española para que entrara, espada en mano, con todo y caballos, al teatro dnde se representaba una ‘Pasión de Jesús’, auspiciada por masones».
[14] Codicia y negligencia: el funcionario del sistema colonial español en Venezuela, en: http://www.monografías.com/trabajos/
[15] Cristóbal Navas Aragonés, El absolutismo
[16] Ibid.
[17] Codicia y negligencia, loc. cit
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Este ensayo comenzó a escribirse en 1995 y está en proceso


