En memoria: Carlos «Charlie» Jiménez Hernández
Sólo un hasta luego
Tarde, bien tarde me enteré de la muerte de este buen amigo a través del artículo publicado en la Revista Maguey. No creo poder añadir nada a lo dicho por Julio Soto. Así que a la memoria de Charlie, este escrito como címbalo habrá de resonar como canta a la amistad.
Cuando nacemos, lo hacemos dentro de una familia, dentro de un hogar específico y en unas condiciones específicas. Es decir, eso viene con nosotros. Pero los amigos son otra cosa, porque a los amigos los escogemos nosotros. Y lo hacemos a base de una afinidad, a unos intereses más o menos comunes, que van despertando en nosotros un cariño tan especial, que algunas veces por los familiares no lo sentimos.
Los que escogimos a Charlie como nuestro amigo, y que a su vez fuimos escogidos por él, extrañamos mucho su presencia física. Charlie poseía la rara virtud, de hacernos sentir con su amistad, como seres especiales. Era, como dice nuestro jíbaro, un ser solidario de “nación”, pues para el, la solidaridad era una muestra de constancia y de certeza en esa amistad. Muchas veces emprendimos tareas, porque su presencia solidaria nos conminaba a ello. Ninguno de sus amigos tuvimos problemas, donde Charlie no quisiera participar de su solución.
Charlie nunca hizo ostentación de creer en Dios a lo religioso, pues sabía que como humanos, podíamos equivocarnos en nuestras creencias. En cambio, vivió de tal manera, que Dios creía en él, y… ¡Eso es lo verdaderamente importante! Fue un poema a la amistad y a la solidaridad constante.
Tuvo la suerte de que, habiendo nacido en una familia amada y amante, la vida le dio la oportunidad de, en un mutuo escoger, adoptar a otra, que por su solidaridad y afectividad, se ganó su amor y su respeto. Los Jiménez Hernández fueron tan suyos, como los Ruiz Ellis. A todos ellos, nuestra gratitud y nuestro sentir mas profundo y solidario. ASwuania, Carlos, Daniel y Carla Yuisa, queremos dejar la certeza, de que como energía que somos, volveremos a encontrarnos todos en algún rincón del Universo. Será el amor que nos tuvo y que le tuvimos, la clave que nos llevará a reconocernos, una vez despojados de este cuerpo material. Esto, de ninguna manera es una despedida. Es un sencillo hasta luego, y ojalá que lo hagamos en una sociedad menos materialmente encandilada que esta.
Eres muerte una parada
que hacemos en el camino,
es como un tiempo anodino,
preludio de otra alborada,
¡una nueva campanada
que tenemos prometida!
Ven a mí, novia querida,
y disipa por favor,
esta pena, este dolor
que me ha dejado la vida.
Julio Soto Arocho