La Ruleta Rusa: En memoria de Rafael Seguí

Rafael Seguí

Carlos López Dzur– Seguí es un poeta de Pepino. Aquí se crió. Vino de Santurce y alguno, por chotearlo, le decía: «Quítese ese título de doctor de su apellido, que usted es sólo un sanacallos». Un podiatra de las patas sucias.

Siempre el problema fue que Antonio Rafael fue demasiado pueblo. Era un aldeano puro que comprendía muchas cosas sin haberlas estudiado. El podía entender que el prieto Ché Pelao, se enfrascara a los puños y fuese tan sensitivo cuando se aludiera a la nube en el ojo de Maneco. El comprendía, sin decirlo, la suerte del Loco Wilson, cuyo cráneo no tenía la dimensión ni del puño cerrado y, al juzgarse del cerebro su tamaño y la salida a flote de palabras, Wilson no tuvo más misión que callejear como un pordiosero por las calles pepinianas. «Ti ti ti, ay ti-tí», fue como su canto.

Seguí sabe el por qué hay una boba en el Pueblo que pide «La Peseta». El sabe por qué es turulato el turulato. Supo del dolor y el fatalismo estoico del pueblo al que llegara, a principios de los años del ’20.

Doña Provi oliscó las raíces ancestrales de su esposo, que son también progenie de Seguí Juarbe, isabelinos y pepinianos en su origen. Y él, Seguí Borrero, los rastreó en Lares, desde niño, mas los halló en Pepino. Dijo que, por su padre Don Pedro, a él le fluye la música por dentro, la música de María Songo y de Isidro, la música de Puro Concepción, maestro del clarinete y de las serenatas, hijo de María Juarbe.

En la parentela ancestral, sin duda, había Liciaga Juarbe, médico pepiniano que muriera en España y un Corchado Juarbe, espiritista, valeroso, de la cepa que fundara San Antonio de la Tuna, el barrio playero del puerto isabelino. Epifanio Liciaga Juarbe, mentor de niños y consejero de médicos en Barcelona, fue para su madre un fantasma que rondaba y, para él, la inspiración para estar con los que curan y sanan, aunque sea con el lavado de los pies descalzos. Seguí fue como William Quiles, boticario graduado por correspondencia; pero quien, para dar un servicio, se incentivan con el alma.

El lugar que se dan en sociedad para ser ütiles los determina un gesto compasivo y, si a Seguí le hubiese tocado un afán por las ciencias farmacéuticas, o acaso entre yerberos, a quien Rabell Cabrera, el boticario, mucho que respetaba, él se habría ceñido a las normas posibles. Estudia como sea, va donde haya que ir, investiga, se afilia, se examina, Y le interesaron, al final, los pies de los cansados. Los pies de los callosos, juanetes en las malas patas. Los pies en la ruleta de las vidas en infortunios y desgracias. Y marchó a un hospital capitalino.

«Doctor Seguí, aunque le pese a algunos.

Un cirujano menor» y dio quejas, espejo y lumbre, y buscó a los que cantan, a los serenetaros de su pueblo y, con guitarras de amor y melodía, esparcieron las voces de sus versos, su música por dentro, que es herencia paterna de los Juarbe. Papo Valle, Jim Pérez, Bury y Tatín Vale, la incipiente estrella Sophy Hernández, hija del violinista y el mueblero, le dieron homenajes. Lo grabaron, lo enaltecieron con los tríos, las orquestas y sus voces.

Seguí, sea como sea, se ha enamorado del pueblo y le conoce los vicios. El sabe de qué pata ha cojeado. El sabe el pie con que pisa.

De Tablastilla ha conocido sus cubojones, lo que tienen de bueno y de malo: el callejón del Bacalao, el callejón de don Neyo y callejón de Isidro. Aprendió a cocotear por esos lares, a no temerle a nada ni a nadie. A ser el poeta que es, sentimental, amatorio y, por instantes, pueblerino, nostálgico y bohemio, como para evocar la música y las danzas de Mislán, como lo más valioso a lanzarse desde un «Grito de Angustia»:

Mislán: ¿por qué no protestas…? Bajo la sombra de un pino ve y derrama tu llanto. Que nadie vea tu quebranto por tu pueblo del Pepino… y que se escuche del son tu protesta en un cantar.

Tus danzas en batallón recorran por nuestras calles y en nuestra plaza restallen Como golpes de cañón.

La Sara en tu pedestal ha de llorar, conmovida, cómo este pueblo se olvida de la grandeza antañal.

Se le recuerda recitar, a voz en cuello, emocionado, el «Brindis del Bohemio», cada año en la emisora del Pepino. Y parecía que el bohemio triste, solo, evocador de su madre, era él a fin de año, a las doce de la noche. Trago encima, o trago abajo, que sea también Su Quinto Mandamiento dar esas voces en el aire, transmitirse.

Seguí, el poeta bohemio de Pepino, el que nunca se dijo santurcino, sólo recuerda que una vez tuvo miedo. Fue en los años juveniles cuando se enamoró de Sori, aquella niña guapa y varacha que se casó con Tato Rabia. La disputaba con terquedad apasionada. La quería aunque fuese de otro. El amor de aquellos años tenía sus peligros ingeniosos, sus vericuetos de superstición y fatalismo mágico.

Un cierto día, a las 12:00 de la noche, fue Sori quien le dijo: «Si me amas con el valor y la pasión que dice, ven conmigo al Cementerio».

«¿Para qué?», lo agarraron en pifia.

«Vamos a jugar a la ruleta rusa».

Ella fue quien sacó el revólver de su bolso a la hora convenida. Se escondieron detrás de alguna tumba. Fue precisamente la del poeta, Ramón María Torres, hijo putativo de otro de sus héroes culturales, Angel Gabriel Mislán Huertas.

«¿Vale el amor que dices que me tienes una prueba de fuego>», pereguntó ella.

Metió una bala en el revólver. Giró la corredera y la cámara de carga. Apuntó el cañón a sus sienes. Contó dos giros más y dijo: «Va a la primera; después te toca». Disparó, sólo un chasquido y salió ilesa.

Ahora, a oscuras como estuvo la noche, oyó que Sori susurrara: «¿Vale tu amor lo que a Mislán fue Sara? O lo que a Moncho Lira, ¿el amor Isaura, la hija de Scharrón?»

La pistola se la pasó a sus manos y él temblaba. Seguí confesó que tuvo miedo; pero, hizo de tripas corazón y también jaló el gatillo. Apuntó el cañón a su cabeza. Oyó el chasquido y salió ileso.

Volvieron a la calle, a la entrada vacía. Salieron dándose besos, apretándose la cintura, muy dichosos.

El se sintió como nacido de nuevo.

«Sólo que ese día, sentí como si me cagara en los calzones», dijo.

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