Francisco Rodón Elizalde

En los cuadros de Rodón Elizalde, hay controversialidad; la fama ha ido pareja, en acecho, a su obra y ha podido ser un hombre rico, lo que él ha eludido por una profunda honestidad que ha dejado verbalizada en amplios artículos sobre los valores artísticos antes que cualquier consideración logrera. Su orgullo de identidad no se riñe con búsquedas universales y con el contacto con los grandes desafíos, humanos e ideológicos, de la Nueva Era post-moderna e industrial.

… se me ocurrió pintar a Virginia Woolf —dijo en entrevista— porque me recuerda un poco a mi abuela Mercedes, que era una mujer fuera de época. Yo me había identificado mucho con ella, porque los dos eramos rechazados en nuestro pueblo natal…

Es decir, en la remoración que hiciera de sus comienzos como pintor, los mozalbetes le desafiaron con burlas incomprensivas para sus inquietudes artísticas tan tempranas. Había una gran desidia por las formas de expresión artística y la habilidad del pepiniano por abrirse paso en las artes plásticas de un modo profesional. Pintar no fue una opción realística de triunfo cultural. Este es el por qué muchos de los artistas en El Pepino de la década del 50 emigran a los EE.UU. o forjan un nombre en la capital o el extranjero, en carencia de mínimos estímulos locales.

Al influjo del triunfalismo estadolibrista y la sofocación del nacionalismo político, Rodón no perdió perspectiva, aunque hubo rémoras. Su profunda valoración de Juan Antonio Corretjer, poeta y nacionalista puertorriqueño, a quien le interesaría pintar en cierto momento, fue experiencia truncada por la controversialidad y la novelería en torno a obra y fue el tema de una conversación informal, sostenida espontáneamente en la Biblioteca de la Universidad de Puerto Rico, donde le conocí en tan breve, pero tan profundo momento que comprendería el por qué él pinta a quien quiere y rechaza ofertas que no están en su agenda de creador. Más tarde, leí su ensayo El derecho del puertorriqueño a caminar por un mundo escogido por él mismo(publicado en el diario El Universal, 23 de junio de 1978) y Puerto Rico: País resistente, publicado en Jueves Cultural, 29 de junio de 1978.

De sus retratos dice Marimar Benítez en su ensayo El caso especial de Puerto Rico, insertado en el libro El espíritu latinoamericano: arte y artistas en los Estados Unidos, 1920-1970 (Harry N. Abrams, Inc., Editores, Nueva York, 1988), que:

… Francisco Rodón se aferra a una pintura figurativa, realizada al óleo, y le da la espalda a la modernidad. Marta Traba llama a esa actitud arte de resistencia a la penetración cultural norteamericana, aceptada y copiada ingenuamente por muchos jóvenes en los años 60. La crisis de identidad en Rodón se traduce en una producción pictórica muy escasa cuya realización parece ser el resultado de una batalla campal entre el artista y su medio. La pintura de Rodón tiene el efecto paradójico de escapársele de la vista al espectador, efecto que se acrecienta a medida que su obra va madurando. El artista divide sus enormes formas en áreas de color que por momentos se separan de la totalidad de la obra y asumen carácter autónomo, para luego integrarse en la retina y en la memoria. El retrato es el género que ha trabajado con mayor dedicación, pero se trata de un retrato que convierte al sujeto en arquetipo humano, en personificación de mitos y demonios.

Entre sus más conocidos cuadros, están: El Aguacate, Penélope, Estampa vigilante, La agonía, muerte y triunfo de Rubén Darío, que fue premiado en la Bienal de Colombia en 1972 y sus retratos de Myrna Casas, Muerte de Inés, José Luis Borges y Luis Muñoz Marín.

Deja un comentario