Carlos López Dzur
Tríptico del Amor
No venga el mercader a robar
el secreto de esas dos piernas que son
los pilares del Templo de la Dicha.
No vengan las hachas a cortar de sus árboles
y dejar como escombros sus ramajes.
No suban a sus penachos, no derriben
sus nidos, sus cortezas, no entren
a su tronco ni vean sus venas
ni su savia caliente,
si no aman su raíz.
No venga nadie que no la necesite
a ofrecer más de lo que quiere.
No prometa las mentiras
que la muerte concede como vida que le falta.
No vengan los más vivos que ella
a despreciar el árbol que ella vive,
el don de su olor propio, inefable,
exclusivo, mágico,
tan salvadoreño.
La madrugada dentro de mí ella la enciende
aunque sea oscura la noche sobre el mundo.
Con sus uñas, escarbó en mi tierra
y sacó un corazón, no florecido.
Su lengua como ápice se metió
en mi saliva y escribió sus serpientes.
Por eso tengo un nombre del origen
y participo de la Danza de Nut
y ella es el Cielo y la Nube que me cubre
y yo estoy bajo sus pechos, bebiéndola.
Con sudor de sus brazos, me enroscaré
en su geografía, resbalaré en su arcilla
y armaré la tersura con mis soles.
Ella es semilla y sol,
ritual de raíz y lluvia y, claro,
bailadora, frenesí geotrópico,
ova y valva, polen y útero.
Ni modo que me crea el primero,
el único, el postrero, que madrugó
a saber que ella es un árbol de vida.
No soy el carpintero que techa su libertad
y la habita en un pequeño recuadro
y le hace jaulas ni soy el músico
que rimará sus cantos por vanidad
de reducirla a pentagrama.
No es musa que irrumpa, por encargo,
a la página alegre de mis existenciarios.
No es satanás erotizada, una culebra,
que ha salido del reino de lo oscuro
a fundar mi sexo con su sexo.
Ella es libre y por eso la quiero.
No es una diaria hostia consagrada al deseo;
pero acelera algún espacio de la noche
y es una llama y olor en carne viva
de lo desconocido y esplendor,
a veces ciego, pero siempre profundo.
http://carloslopezdzur.blogspot.com/2008/02/frags-de-las-zonas-del-carcter.html
Consejos de Susan Sontag
«Yo pienso que un escritor es alguien que brinda su atención al mundo. Que trata de entenderlo, asumirlo, conectarlo con lo que las débiles criaturas humanas son capaces y, al evitar corromperse, no siendo cínico ni superficial, buscar entendimiento… La literatura puede decirnos cómo el mundo es. La literatura puede darnos normas y pasar a un conocimiento profundo, encarnado en el lenguaje, en la narrativa. La literatura puede entrenar y ejercitar nuestra habilidad de llorar por aquellos que no son nosotros o nuestros. ¿Cómo seríamos si no pudiéramos simpatizar con aquellos que no somos o no son nuestros? . ¿Cómo seríamos si no pudiéramos olvidarnos a nosotros mismos, al menos por algún tiempo? ¿Cómo seríamos si no pudiéramos aprender? Convertirnos en algo diferente a lo que somos»: [
Susan Sontag, escritora estadounidense
Acerca del dolor de los otros
y las dispares otredades, muchas cosas
me has dicho desde esta vida interior
que desconfía de lo nuevo.
¡Es que no sabemos olvidar!
¡Es que ya no perdonamos!
¡Es que el pasado es un polo perenne del ahora,
y nos atrapa y nos deja cautivos!
Uno se resiste sin negociar dos cosas inerradicables,
perpetuamente en conflicto, Susan! ¿No es éso?
Acerca del sufrimiento ajeno, sus necesidades,
sus clichés de antagonismos, sus mitos irresolubles,
apenas nos aproximamos a la reconciliación.
Nos gusta el dolo, la voluntad espesa
de motificarnos y echarnos miedo
y no hacer otra cosa que jactarnos
en esos rincones del yo,
yo primero y segundo que sea nadie.
No nos acercamos a llorar juntos en el centro
de nuestro eje, cara a cara, mirándonos.
No sabemos investirnos de energía, permitiendo
que sintamos lo que comúnmente nos filtra,
nos atañe, nos vincula, nos derrama
en las lágrimas comunes.
¿De qué hablaremos, Susan, cuando es la muralla
del odio la que se edifica? Esos antagonismos
van creciendo como higueras y enredan el aliento
y fomentan una voz que es como un mar dragontesco
de sargazos y un abismo colgado en las ventanas
y un fusil y una escoba cohabitando
tras lo secreto, no visible, de las puertas.
El futuro y el mundo compartido, bien dices,
es sincrético e impuro. E insistimos por miedo
y cómodo acomodo: «¡No lo quiero!»
Aquí es que vienes tú, Susan, amiga mía,
a recordarme: «Venerables son ambos hechos,
ambas elecciones posibles: viejo y nuevo!
Las conciliaciones nos piden ambas cosas.
Y son las que abren las puertas de la Libertad
y los sabores en la lengua de los multilaterales regocijos.
¡La venerable oposición, eso viejo investido
en el pasado como engrama; eso nuevo
que no es el barbarismo! Ténlos ambos,
elígelos. Aprende a no polarizarte».
Aprendamos a olvidar y perdonarnos.
A ser un poco diferentes a lo que somos.
A dialogar, a hacernos receptivos...
Por eso es que formulamos las preguntas
y las contrapropuestas. Que nuestro arte no sea
sumar meramente oposiciones. Que sea una voz
zafada de las contrariedades con lo más puro
del hoy, del ayer y del mañana…
12-10-2003
De «Estéticas mostrencas y vitales»
No sea uno más
Si usted quiere tener su última cena
o ser suicida, en sentido crístico y sublime,
si la fama y la prebenda
y la cuenta de banco y su prestigio en magazines,
muy citado, es lo de menos para usted,
si quiere su calvario,
sea sincero ante su apostolado.
¡Hable sin miedo!
Atrévase a ser el último antes que el primero.
El mundo está ya abarrotado con muchos
billies (grahams), jimmies swaggarts,
gente que inaugura a presidentes
y consultan a cada instante la venta de boletos,
el mundo está muy lleno de tembladores
y mayorías morales, virtud acartonada,
ministros con amantes y secretarias, putarracas,
escritores de religionismo y bazofiadas
metafísico-iluminadas, milagreros
que con bribonas chantajistas cingan
(se van a gozarse y a reirse a escondidas
en lo secreto de santuarios y moteles),
que no hacen falta más de ellos.
No sea uno más.
Muera para ese mundo vano.
Sea mejor un salvador auténtico.
Defienda a desahuciados, marche en las calles
como un vil comunista de los viejos,
váyase a Guatemala y vea 36 años
de matanza fratricida,
financiada con dinero americano.
Vaya a Chile y sea testigo de Allende asesinado
y con él, la democracia verdadera.
Vaya y escupa a generales, predíqueles.
Son mataindios, torturadores, matoides
y demónicos capos de la droga...
Fíltrese por túneles, vaya a Tijuana.
Sufra entre indocumentados.
Cruce el desierto y lleve agua.
Recoja osamentas secas
de niños y mujeres, pollos abandonados.
Mire a los rostro de las madres de desaparecidos,
a esposas de abandonados, a herederas de dolor.
Limpie las mejillas de ellas,
aún lloran en la Plaza de Mayo,
Aún están vacías sus alacenas.
Vea a los niños de las calles
(saciados de thinner en las alcantarillas),
pero hambrientos, huérfanos, maltratados...
Confirme cómo están las prisiones:
llenas de juventud traicionada, cholos,
negros, golfos de una pobreza que desafía
todos los rezos de los blancos y piadosos.
Vea que no es fácil vivir con el salario mínimo
y pasarse la vida refraseando versículos,
con un placer vacío que, en el fondo,
no tiene certidumbre ni agonía.
Los papagallos rezan y los venados saltan
por el mismo motivo que ellos.
Ante esos payasos del púlpito, no se hinque.
A sus generosos sueldos y grandes movimientos,
the revivals
no contribuya más ni con centavos.
Están impecablemente vestidos y apantallan,
pero son cizaña chapucera,
filfa, levadura, sepulcros blanqueados,
hedientes en su fondo interno.
Los vecinos hostiles
Uno se cansa, paulatinamente, de esta gran hipocresía
que reclama su civilización a cada paso y lo hace
poniéndote el pie a media garganta. Pisa fuerte
y afanosa por hollar mis escorpiones.
Vienen a intoxicar tus ventanas,
con el aliento hediente, cosa de que su rabia
irrumpa en tu consciencia. Todos se interesan
en dar lecciones, «por tu bien, vecino»,
y edifican conmigo su desastre.
Yo lo sé, siempre sonrío y alguien niega que sonrío
(seguramente, se imaginan que vivo maldiciendo
con el escarnio armado y el rostro amenzante).
No falta quien me diga mentiroso, conspirador secreto,
mala persona, lobo vestido de cordero.
Y muero, casi lento, con mis ojos en los días.
Tercamente, me robo mis cachitos de esperanza.
Quiero juventud, cuando se va la mía, y brindo por algo
que no vio mi presente. Todo tarda en llegar
y yo invoco el futuro para que exista
abundancia, regocijo, tolerancia, justicia.
Pero los civilizados inician mi hastío.
Alegan que soy un soñador y que el mundo
es un mísero artilugio. En ningún lado hay paz
ni justicia ni democracia, en rigor.
La política es sucia como todos los políticos.
Los ricos son ladrones mercenarios.
De un millón en catedral, no se saca un medio bueno.
Auténtico cristiano. Se molestan
porque yo no asiento. Susurro que no es cierto.
Con la ética y sus rollos hay que hacer lo que se hace,
limpiarse el culo. Si quieres parecer interesante,
mata a alguien, sál en la prensa; habla sucio y empuja
con el codo. El miedo de tu prójimo te levantará
un monumento. Sé rico y verás cómo te quiero;
sé pobre y te empujo, te escupo. Te desprecio.
Y yo, creciendo, a oídas sordas, tan malamente programado
para tragar este caldo de rancias opiniones y ramplonerías,
buscando algo razonable y hermoso allí, algo tierno
y perdido por acá, algo que me necesite y me pida
las migajas de mi pan, mis manos tibias.
Y nada hay. Soy el mudo. No asiento.
Ahora dicen que le busco cinco patas al gato.
Que en vano estudié tanto. El mundo no ha cambiado
porque yo haya cambiado, me aseguran.
«El mundo es una mierda, poeta».
Que soy un liberal, es otra cosa que me dicen
(van a decírmelo donde que quiera que me vaya,
así que aquí ya me quedo). Y lo repiten:
«No te aterrizas en este puto, rechingado mundo
al que nada sirven los que sueñan con Jaujas, utopías,
paraísos en medio de la mierda».
«Tú eres un soñador y queriendo ser bueno,
eres malo». Ya saben mi pasado de marxismo.
Los civilizados son destituyentes.
Y yo soy un destituído del progreso y de todo
lo que ya prescribe la ordenanza, la jerarquía, la norma
que admiten los rebaños. «Vas a quedarte solo», adivinaron.
«Nadie andará contigo, porque tú hasta ofendes
sin querer y el mundo no es perfecto y menos la mujer».
El vecino se ha enterado de que ando divorciado.
Alegan que yo hablo sobre un Bien que no existe,
Sobre un amor que en cada perro es sarna,
sea la bestia o su dueño, «porque somos sensuales,
poquiteros, altivos aunque estemos en la prángana,
violentos por un pedazo de hueso más seco
y duro que el mendrugo».
Es que yo me digo espiritual, o lo parezco.
Es que yo parezco santo, con mi iglesia de libros,
o mi guitarra, o un extraño silencio.
Ya de viejo les molesta que sea serio
y no vaya a joder con los ancianos.
A ellos, los civilizados, vecinos de mi mundo,
les molesta hasta el fondo. Mis palabras dan miedo.
Conmigo se juega al provocado. Se queman.
Les desmiento y eso que no me lo perdonan.
Han comenzado a llamarme: «Perro bravo».
El Zorro
Ha de ser que alucino cuando digo Verbo Solar
y no Cristo; ha de ser una blasfemia
lo que saco del arcano hermético y lo propongo
como normas por las que vivo; ha de ser
que no se quiere nada original donde yo vivo.
Me atrevo a ser distinto. Y a veces,
pese a mi fe, soy impaciente.
No me debo desligar del chisme que me cuentan
o del bar en que beben, o del hábito que estilan.
Yo debo ser canónico. Ser como todos ellos.
Hacerme sentir como atorrante.
Y lo siento y requetesiento: «No puedo».
No, yo no lo hago. Simplemente, me dejo
ser como soy. Es terrible en mi barrio asegurarles:
«No creo que sea justo y verdadero lo que dicen;
para eso no cuenten conmigo».
En fin, la sinceridad tiene un costo.
Hay que pagar el precio.
Del libro: «El hombre extendido»
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