El Velorio costumbre en peligro de extinción

He sido testigo ocular de los velorios de mi familia. Empezaré por el velorio de mi abuelo, Don José Félix. Murió en la barriada Tablastilla al lado de la casa del pirotécnico Augusto Torres en el 1962. Ya Augusto había presagiado su muerte días antes por el latido que se mostraba en el cuello del abuelo.

Después que se llevaron el cadáver del abuelo, de 91 años de edad, la familia de Utuado fue informada y su pronta presencia nos confortó. La gente venía condolerse y a procurar sacar a Don Félix del purgatorio mediante rezos y llevarlo a descansar al cielo.

Las féminas venían vestidas de luto, muy importante para la época observar la tradición. Los hombres venían con sus camisas blancas o azules guardando también el luto. La esposa de Don Félix, el difunto, era muy católica y rigurosa en estas tradiciones familiares católicas. Mi mamá, Doña Fermina, una ferviente pentecostal no había podido convertirla. Así que como vivíamos en la misma casa, mi madre tuvo que someterse a la tradición católica de Doña Elena.

Llegan los agentes funerarios colocan la cortina escarlata de fondo, un pedestal con una cruz en el centro y las velas, en sus respectivos envases color rojo, fueron encendidas. Luego introdujeron el ataúd con el cadáver del abuelo en medio de una actitud solemne de los presentes. La viuda acongojada, vertía lágrimas en señal de su dolor. Aquí terminaba una relación de 61 años, que databa del 1 de enero de 1901.

Cada cierto tiempo se rezaba el rosario y ya en la tarde comenzaban a aparecer el jengibre con leche. Galletas Sultana o Galletas Rica acompañadas por el queso de bola holandés que se les ofrecían a los asistentes del velorio. Esto ocurría mientras el olor del café punzada las narices de los presentes y les hacía la boca agua. Por fin llegaba el café y el chocolate, indispensable spara romper la noche velando al muerto.

Ya cerca de las doce de la noche, el gentío había desaparecido y solo quedaban los familiares y los verdaderos amigos platicando y rezando. Y así pasaban la noche y la madrugada cuando alguno cogían un poco de sueño antes del amanecer. Velar un muerto en la casa era un sacrificio, una demostración del afecto que se tenía hacia él.

Seis años después falleció nuestra madre, Fermina Vélez, pero la costumbre de velar a los muertos en la casa prevalecía en muchas familias. La velamos en nuestra casa en la barriada Pepino. Era el 1968 cuando mi padre Don Cheo, acompañado del agente policiaco Otilio Serrano, fue a buscarme al Colegio de Mayagüez. Al llegar a la casa Doña Fermina estaba acostada sobre la cama, muerta . Los empleados de Pepino Funeral Service se la llevaron y así continuó el largo trajín del velorio.

Recuerdo que mi padre mi invitó a recibir a la gente y recibir el pésame. Don Cheo tenía muchos clientes, vecinos, amigos y familiares. Bueno, literalmente nos tomó una cuantas horas estrecharle la mano a mucha gente. Este era un velorio pentecostal. Muchos hermanos de la iglesia pentecostal vinieron. Se celebró un largo servicio para predicar el evangelio y hablar de las acciones de Doña Fermina en beneficio de los menesterosos.

Ya entrada la noche llegaron mis hermanos de Estados Unidos para acompañarnos. El resto del velorio transcurrió dentro de la tradición excepto que este era un velorio de tradición pentecostal.
Velatorio

La forma de velar los muertos cambió con el correr de los tiempos. Era un asunto de dejar que la modernidad modificara las tradiciones fúnebres. Las funerarias empezaron a ofrecer servicio de capillas con café como una opción a no permanecer toda la noche velando al muerto.

Llegó el momento de enterrar a Doña Elena, la matriarca de 100, esposa del Don José Félix. Ya la tradición estaba cediendo y la velamos en la Funeraria Ríos. Después de cierta hora, los deudos, familiares y amigos regresaban a sus casas. Ya no era necesario romper la noche. El jengibre con leche, las galletas y el café se tomaban en casa. La presencia en el velorio comenzó a ser un asunto de dar cara por un momento. Las tradiciones religiosas cambian en la medida en que se pierde el significado de la solidaridad y afecto porque se secularizan las generaciones.

Por último, asistimos al velatorio de Don Cheo en el 1991. San Sebastián Memorial se hizo cargo de los arreglos funerales. El Dr. Almodovar ordenó el levantamiento del cadáver y fue transportado para prepararlo para ser expuesto. Vivía yo en Trujillo alto y mi hermano Israel se hizo cargo de todos estos trámites. Recuerdo que mis hermanos llegaron de Estados Unidos la noche antes del entierro. Fue un velatorio cristiano y los hermanos de la iglesia se encargaron de los cánticos y la prédica. El cadáver de Don Cheo permaneció en la capilla mientras los deudos, familiares y amigos descansaban en sus casas o en casa de los familiares.

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