Agustin E Font

Boceto Histórico del Pepino

Ab urbe condita.

Prólogo Frente altiva toda llena de sudores, animado por los bellos espejismos de un alma lírica da a los suyos la inmensa y gloriosa herencia de un noble libro en cuyas páginas albas se bordan, como en viejas crónicas, las flores de la leyenda.

Se necesita toda la fiebre del esfuerzo para acometer la temeridad de escribir una obra. Si el combate es la palestra donde crece y se agiganta el alma del fuerte, tengo el honor, lector amigo, de presentarle a mi paisano Andrés Méndez Liciaga, consagrado ya héroe triunfante en la prodigiosa aventura de escribir el libro de su pueblo. ¡Quiera el cielo que nuestra abulia cultural no trueque en honda amargura su esperanza y que la ingratitud, ahogando en desencanto las claras alegrías de su corazón, le hagan repetir la tragedia resonante de Mabeuf!

Pocos hombres, a la edad de Andrés, pueden contar con su vida una historia más larga, más poliedra. Maestro, orador, político, periodista, funcionario, legislador, carcelero. En su pueblo -nuestro pueblo- tierra de sol y ensueños formó el niño su corazón de bondad al rescoldo de un austero hogar criollo. Su padre, un recio tronco de la selva secular, viejo de barbas floridas, a quien el tiempo no pudiéndole vencer de un solo golpe fue derrumbándole como a las fortalezas legendarias con la cruel lentitud de una furia, le indicó la línea del horizonte, hacia donde se oían lejanos clarines. Con esa herencia de honor, bello y santo bagaje para un hombre valiente y libre -bravo potro salvaje- que no ha sentido espuelas de jinete entró el mozo frente a la rudeza de la vida, bromeando a veces con la existencia en una bohemia de cien matices, bella y cruel, noble y plebeya: amando y luchando siempre, jovial, místico, hermético cuando la realidad triunfante, con la amargura de un ocaso, nos convence que la vida es algo más que una burbuja que se rompe en la punta de un alfiler. Ese es el hombre que haciendo abstracción de la Materialidad del propósito, como un viejo cruzado de rancia estirpe castellana, está demostrando que todavía en las ubérrimas cordilleras de la isla el viejo lanzón de Don Quijote florece en rosas de triunfo.

Un libro de sabor local, que no localiza su argumento, que vive su región: pero que salta la valla y nos cuenta historias lejanas, gratas tradiciones que tienen el glauco encanto de una pupila de mujer, oraciones sagradas que nos hacen cerrar los ojos y mirar hacia atrás y gozar un momento la santa nostalgia de una época romántica y tierna merced al misterioso encanto que ejerce en nuestro espíritu cualquier tiempo pasado.

El monte que se disipa es en su negror, como un fantasma: la vieja iglesia, llamada casa de Dios desde que el misticismo religioso consagró el cenáculo en que Jesucrisro celebró la última cena con sus discípulos y que sirvió de palio al bautismo de cien generaciones; la fronda en cuyo ceno delira el silencio y festonea su corona de esmeralda en el valle y en la sierra: la sonatina ribereña que el río en un loco tintineo de cristales desparrama como una bendición de vida y alegría; la vieja campana que regaló la abuela y cuyo eco broncíneo prende en el alma gratas añoranzas y ternezas hondas; la plaza y el atrio, cómplices de nuestras travesuras y de nuestras rebeldías; la vieja escuela, mugre y cansada, que veneramos como un santuario; la casa solariega que guarda el rescoldo de un amor que se aleja, pero que nunca dice adiós: la inmensa cruz del cementerio que simboliza un mundo en su cosmogónica subjetividad y que anuncia en el vértice de sus cuatro ángulos la fe, el amor, la humildad y la tolerancia unidas en el centro por el dolor de Cristo; la áurea leyenda de dos siglos, desde que la gloriosa epopeya de la colonización dio a la cultura y progreso isleño el noble pueblo, sirven de inspiración a mi ilustre paisano para trazar el Boceto Historico del Pepino. Tal vez de aquí nazca nuestra fraternidad espontánea. Libro de hermosas leyendas indígenas es éste de Méndez Liciaga en el cual se revela y palpita la fe que en el triunfo tiene su autor, el amor a la raza de sus antepasados y el cariño a la región -«valle esmeraldino incrustado en el cerco verdinegro de los montes»- donde recibió la prístina luz de la vida, y las sagradas ablusiones del agua lustral le hicieron cristiano al pie del viejo baptisterio de la antigua ermita colonial.
Los que dejamos el hogar desde muy niños y la vida nos lanzó al turbión de una lucha cruenta; los que abandonamos el pueblo amado como el bajel que alza anclas para arriesgarse al ímpetu salvaje del huracán y a las siniestras sorpresas del enigma, a donde quiera que vayamos, donde quiera que estemos, sentimos la fría nostalgia de una caricia lejana. Es que la cuna, hasta que caemos en el misterio de la tumba, reclama sus fueros y nos llama y atrae con ternezas de madre.

Voz de nuestros muertos, repiques de campanas en mañanas de resurrección, alegría del pasado, es este interesante Boceto donde en peana triunfal la vida canta. El amor al pueblo en que nacimos es un sol que no tiene ocaso en nuestro corazón. La ilusión de una quimera nos separó de su seno. En esta noche negra de recuerdo, siento la retrovisión del pasado. Me veo jugando Marro en el atrio de nuestra iglesia, bañarme en «Las Raíces» y el «Peñón», reñir con mis condiscípulos en la paja de Cabrero, frente a la figura noble y evangélica de don Manuel Durán, correr y saltar por las calles y ahora mismo, deambulo por la de Miraflores. Ya estoy en casa de Jacinta. Allí se baila bomba y de vez en cuando una danza de Campos tocada -¡perdón Maestro!- por un bombo y un güiro. Cada pareja debe decir su bomba y yo suelto, la mía: «Si yo me viera contigo la llave a la puerta echada y el herrero se muriera y la llave se quebrara».

Risas, aplausos. Las risas más ingenuas. Los aplausos más humanos y sinceros. Casi un hombre la vida me separó de aquel oasis y entrando en el vasto campo para las luchas y para los clamores, formé filas en la caravana humana que sin comprender el enigma, llena de soberbia temeridad y con la loca obsesión de una esperanza, marcha hacia Belén sin lograr alcanzar su redención.

Cuando visito mi pueblo, siento vivir en mí las dulces alegrías pasadas y mi sangre y mis músculos y hasta mi corazón mismo que siempre ha querido librar del ímpetu brutal de la gran Bestia-policéfala, tórnanse jóvenes y en todo mi ser canta y vibra la estrofa de la niñez.

Me siento muchacho. ¡Aquella alegría poder soltar, siquiera un momento, esta carga que la civilización retorciéndose en un gesto de insultadora lástima, nos ha puesto sobre los hombros para hacernos sus perpetuos esclavos! Río y charlo y bien quisiera detener la carrera del tiempo y que el alcalde y el juez y el médico y el boticario y hasta el cura mismo, muchachos también, conspiráramos las viejas maldades de la infancia que tienen en el relicario de nuestros recuerdos, -cenizas sagradas, flor de la vida-claridades de aurora y fulgores de estrella.

Perfume de sándalo y de rosa traen a mi alma estas páginas redentoras que leo y vuelvo a leer y acaricio y amo con el muy hondo anhelo, con todo el afán pujante de un espíritu sediento de belleza que se siente alegre contemplando cómo sobre el esplendor de oro de esas líneas despereza el pasado su orgullo dormido en el mugriento pergamino de los viejos infolios.
Ponce, febrero de 1925 Agustín E. Font

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