De Plaza de Mercado a Plaza de Recreo
Por Dra. Helen Santiago Méndez
Artículo publicado en la Revista Maguey
Plaza de Recreo para el siglo XIX
Por muchas décadas después de la fundación de Pepino, la plaza fue sencillamente un espacio en el centro del pueblo. Las ilustraciones que del centro del pueblo de esa época hicieron José Tirado y Pedro Tomás Labayen, uno al principio de siglo 20 y el otro en la segunda mitad del siglo, contienen en forma sobresaliente veredas que llegan hasta la iglesia. Ambos ilustradores intentaron plasmar en el lienzo la descripción que le hizo un anciano de 95 años a Andrés Méndez Liciaga cuando este estaba escribiendo la historia de San Sebastián en 1924. El anciano contó que había escuchado de sus mayores que en los inicios del pueblo los alrededores de la iglesia “eran un pastizal y que había vereítas para entrar a la iglesia”. En la mente de los dos ilustradores jamás pasó la idea de que el centro del pueblo era prácticamente igual que cualquier otro paraje campestre. Si ellos hubieran tenido la información que se ha obtenido en las últimas tres décadas, las ilustraciones no tendrían unas veredas distinguibles a distancia debido a la arboleda y a la maleza que por todas partes había. Andrés Méndez Liciaga sabía del cerro que había en el mismo centro del pueblo, frente a la alcaldía y que se allano en 1829, pero al parecer solo compartió con Tirado la descripción del anciano.
Plaza camino a la Iglesia para 1759, según grabado de José Tirado Cordovés
La llegada de una ola de inmigrantes de origen español a principios de la década del 1820 cambió literal mente el aspecto del pueblo. El deseo de los recién llegados era construir casas en el poblado, pero no existían calles, ni solares. A través de los años los terrenos municipales, los cuales se suponía se distribuyeran en solares en usufructo a quienes deseaban construir, habían sido apropiados ilegalmente. En 1823 al pueblo se le dio el ordenamiento que se suponía tuviera desde un principio. Este ordenamiento coincidió con un período de tres años (1820-1823) en que a Puerto Rico se le extendió la segunda constitución española. Eso explica que en el expediente sobre el ordenamiento, as autoridades locales declararan que procedieron “al deslinde de ejidos de este pueblo, y estando en la Plaza Constitucional. .. “ Este nombre duró muy poco, pues la segunda constitución española fue derogada ese mismo año.
El gobernador de Puerto Rico nombrado bajo el nuevo gobierno español, Miguel de la Torre, puso gran énfasis en la construcción de obras públicas. Los pueblos estaban obligados a seguir sus directrices en la construcción de caminos y edificios. Por los siguientes años los oficiales locales informaban regularmente los trabajos realizados en obras publicas. Por ejemplo, en 1833 se informó que se había limpiado la plaza y demás partes del pueblo en tres ocasiones sin mas costa que el trabajo vecinal calculado en 110 pesos. Limpiar no quería decir recoger basura –que era prácticamente inexistente–, sino desyerbar.
Plaza de Recreo para el 1910
Ya para la década del 1840 la plaza cumplía la función de mercado. Se podían llevar allí frutos para intercambiar todos los días menos los días de fiestas, que incluía los domingos. El día que José Girau quiso retar esa regulación el alcalde o juez le impuso una multa. El domingo era el día en que se compraba y vendía, pero con la regulación se protegían a las tiendas establecidas en el pueblo. En toda la jurisdicción del Pepino había 16 tiendas y siete ventorrillos.
El mercado de la plaza ya era tan exitoso que otros productos comenzaron a ser vendidos además de los frutos locales. Los comerciantes Pedro Llovet y Jaime Forrest lograron que la junta municipal prohibiera a los comerciantes que quedaban en los “extremos del pueblo” vender sus productos importados en la plaza. Llovet y Torréns le solicitan al gobernador que ratifique la decisión de la junta, pero la decisión fue revocada. A recomendación del asesor del gobernador, el municipio impuso una contribución de cuatro reales mensuales a los vendedores.
En la segunda mitad del siglo 19, la plaza fue transformándose de mercado a paseo público. La pauta fue sentada, como generalmente sucedía, con los cambios que se daban en San Juan. En 1841 fue empedrada la Plaza Mayor –hoy conocida como Plaza de Armas– y en 1851 fue remodelada para aislar el área de paseo del resto de la plaza o espacio público. E último diseño le valió el apodo de “panteón de Pezuela’ por haber sido elevada por unos pies a instancias del gobernador de ese momento. La costumbre en San Juan fue que sólo la gente de reconocida distinción social usaba el paseo. Casi veinte años de San Juan construir “el panteón”, San Sebastián construyó su plaza Alfonso XII con un paseo en la plaza con el mismo diseño de “panteón”. En lugar de separar los ricos de los pobres, el paseo que se construyó en San Sebastián separaba, en la medida de lo posible, las funciones de mercado y de recreo de la plaza. Al menos los animales se quedaban en los bordes.
Plaza de Recreo para el 1956
La descripción que hizo P. Pino de la plaza de fines del siglo 19, es probablemente la construida en 1872 -cuya fotografía publicó Andrés Méndez Liciaga en su libro Boceto histórico del Pepino- pero con una actividad mucho mayor: “La plaza de recreo era tierra en su centro, con paseos de ladrillos a su alrededor y murallas de piedras, tierra y cal, que la sostenían. Empotradas en esas murallas había argollas donde los campesinos que llegaban a vender frutos, viandas, melao, maví, frituras y otros amarraban sus bestias. Las mesas de vender el tabaco hilado estaban por doquiera. El mercado se llevaba a cabo todos los domingos. Se tendía el café en toldas no solamente en la plaza, sino en las calles. Se dejaba un espacio para carretones y viandantes. Luego se enrollaban y se trasladaban a los almacenes de los acaparadores.”
Para complementar a cabalidad la función recreativa de la plaza, la costumbre de la época fue añadir música. Desde principios de la década de 1860 San Sebastián tuvo entre sus habitantes al músico arecibeño José Antonio Mislán. Seguramente había llegado a Pepino contratado por familias acomodadas para enseñarles piano a las hijas. Además, los bailes de esas clases no se amenizaban con cuatro y guitarra. Con la fundación del Instituto de Voluntarios –organismo paramilitar con capítulo en cada pueblo y capitaneado por los comerciantes españoles–, a fines de esa década, se hizo común la presencia de una banda para dar lucidez a los ostentosos ejercicios militares dominicales que efectuaban en la plaza. Quizás fue el Instituto de Voluntarios quien precipitó la construcción de la plaza en 1872. Para 1881 ya el municipio pagaba “una serie de músicos”, lo que indica que por lo menos una o dos veces a la semana, el público que visitaba la plaza de 7:00 P.M. a 9:00 P.M disfrutaba de la placentera experiencia.
Con el uso cada vez mayor de la plaza como lugar de paseo, fue más difícil reconciliar las dos funciones de la misma, de mercado y de recreo. Ya para la última década del siglo 19 el municipio trató de minimizar los inconvenientes de los residuos dejados por los animales arrendando un solar frente a la plaza para corral de caballería. Pero pronto el lugar se convirtió en el mercado de animales. Debido a este uso no previsto, cuando Pedro Ríos López solicitó el solar para hacer un semillero de tabaco, el municipio accedió, pues al menos el lugar se mantendría desyerbado y limpio “ganando con ello el pueblo en higiene”.
El último paso hacia la separación de funciones lo creyó haber dado el municipio cuando en en 1907 nombró una comisión para “elegir un lugar ad hoc para plaza del mercado”. La comisión escogió el lugar que había ocupado la casa de Hipólito García Mantilla y Demetrio Hernández en la calle De Hostos, detrás de la iglesia. Todos los edificios de esa sección fueron consumidos por el incendio de marzo del año anterior. Por cada metro cuadrado se cobraría una cuota. Del 1907 en adelante se resolvió el problema de la compra¬venta de animales.
Plaza de Recreo para 1980
En 1916 se construyó el edificio que complementaría la plaza del mercado detrás de la iglesia. De forma triunfal el municipio declaró: “Ha sido costumbre en esta población que los vendedores ambulantes de quincalla, tabaco hilado, frutos y otros efectos destinados al consumo público, se sitúen en o frente de las tiendas, en los alrededores de la plaza y en otros parajes público para pregonar y vender sus mercancías, costumbre que se ha venido tolerando por carecer el municipio de un mercado público adecuado donde pudieran tener lugar la venta de tales artículos. La costumbre es contraria a la ley, pues se convierte en estorbo público. A partir del 1ero de mayo de 1916 queda prohibido a los vendedores ambulantes situarse en las esquinas, tiendas, alrededores de la plaza. La policía insular queda encargada de dar exacto cumplimiento a esta ordenanza.”
¡Cómo podría imaginarse el municipio que medio siglo después el alcalde Arcadio Estrada declararía a la prensa: “Se harán esfuerzos pare construir una plaza de mercado que resuelva el serio problema con que se confronta ese municipio cuando en los sábados, “todo el pueblo se convierte en ur mercado público”.