Las etapas de la Hacienda La Fe antes de 1910

Dra. Helen Santiago- El Municipio Autónomo de San Sebastián está en vías de restaurar las ruinas de la Hacienda la Fe. Según la inscripción que tiene la antigua chimenea, la fecha de fundación de la hacienda fue 1910. Esa fecha marca, no la fundación de la hacienda, sino el inicio de una nueva etapa como ingenio azucarero. Esta etapa azucarera no resultó ser la más productiva. Sus mejores años fueron las últimas dos décadas del siglo anterior, los años dorados del cultivo del café en Puerto Rico. Para esa época fue conocida como la finca Echeandía. Fueron los años en que todo Puerto Rico volcó su mirada (y sus inversiones) en la montaña.

Antes de la fundación del pueblo

Las escrituras de compra-venta de la finca Echeandía correspondientes al siglo 19, a menudo clasifican las tierras por su valor. Las cuerdas más valiosas, por mucho, fueron las “tierras de vega”. Se trataba de las tierras que bordeaban el río Guatemala. Este río se conocía, por lo menos hasta la década del 1820, con el nombre de Bao-mamey, un indisputable vocablo taíno.

Durante las primeras décadas de la fundación del pueblo, los habitantes usaron el nombre de Las Vegas con preferencia al de Pepino. Llama la atención el hecho de que siendo Las Vegas un nombre de tanta importancia para la identidad del pueblo, no fuera asignado a uno de sus barrios. La explicación es que Pepino y Las Vegas eran una misma cosa.

Es muy probable que el Pepinito, lugar que se escogió para la construcción del poblado, formara parte de la finca. En la investigación que realizó Andrés Méndez Liciaga para escribir la primera historia de San Sebastián, encontró un documento que establecía firmemente que en los terrenos separados para la construcción del poblado -llamados ejidos- había un lugar llamado el Pepinito. El nombre del Pepinito pudo haber correspondido al cerro que estaba en lo que hoy es la plaza de recreo y que fue eliminado en 1829. Las tierras de la futura finca Echeandía fueron, seguramente, uno de los lugares originalmente habitados en el territorio donde luego se fundó oficialmente el Pepino.

En cierto sentido el nombre Las Vegas sobrevivió hasta fines del siglo 20. Hasta 1994 el sector Leyo Serrano del barrio Guatemala se conoció como Las Vegas. En las vistas públicas que realizó la Asamblea Municipal para considerar el cambio de nombre, tuvo más peso la petición de la comunidad que la oposición de Juan Sotomayor, quien votó en contra de la medida porque “el nombre de La Vega es parte de la historia de San Sebastián”. La escuela elemental Pedro Sánchez Delgado también se llamó Las Vegas hasta 1990. En la década del 90 se generalizó la práctica entre las comunidades de honrar al ciudadano servidor de su propia localidad. En el caso de Las Vegas se hizo a expensas de una tradición de varios siglos.

Etapa temprana: un pueblo “tan remoto” y “tan tierra adentro”

Nada se puede decir categóricamente sobre la producción de la finca de Las Vegas en su primera etapa. Muy poco se sabe sobre la actividad agropecuaria de San Sebastián del siglo 18 y principios del siglo 19. En su recorrido por la isla en la década de 1760, y a su paso por Pepino, el ingeniero militar, Alejandro O’Reily, contó solamente los animales: ganado caballar (168), vacuno (465), carnero (120) y de cerda (603). Cifras de una década más tarde incluyen la agricultura. Además de los cultivos de subsistencia, se producían en el territorio de Pepino (que incluía todo el de Lares y buena parte de Las Marías), algunas ínfimas cantidades de caña, café y algodón. Ese año se cosecharon quince quintales de café. Éstos productos se llevaban a la costa y se intercambiaban por ropa y algunos utensilios. Los agricultores que reunían las pequeñas cosechas de otros, se convertían en comerciantes en ciernes.

En 1777 el capitán de milicias (cuerpo equivalente al de policía), Cristóbal González de la Cruz, natural de Aguada, explicó la razón por la baja producción de Pepino: “…por hallarse [el pueblo] tan remoto del tráfico [comercial] y tan tierra adentro, que aunque labren y siembren, no tienen expedido [o ventas] de sus labranzas y frutos”. Más que la distancia misma, la lejanía estribaba en la peligrosidad de cruzar ríos, quebradas y caños entre riscos y barrancos. Las observaciones de Ínigo Abad y Lasierra, quien también recorrió la isla en la década del 70, confirman las anteriores: “los habitantes de estos dos pueblos [Moca y Pepino] aprovechándose de los bosques, cuidan más de criar cerdos y vacas en los hatos y estancias que de cultivar las tierras”.

Donde la tierra era tan abundante y la mano de obra era casi inexistente, producir más allá de lo estrictamente necesario para sobrevivir era prácticamente imposible y para ello se necesita algún esclavo. Entre los 614 habitantes de Pepino en 1765 había 33 esclavos (11 varones y 22 hembras); un 5% de la población.

A principios del siglo 19 el propietario de la finca que más tarde se conocería como la finca Echeandía fue Lucas Martínez de Mathos. En un momento fue la figura más importante del pueblo. De 1807 a 1812 fue el jefe de gobierno del pueblo, un cargo llamado “teniente a guerra”, pues hacía las veces de representante del gobernador (quien era un general del ejército español). En los dos cortos períodos en que Pepino, al igual que todos los otros pueblos de la isla, pudo elegir un cuerpo representativo para gobernar el pueblo (1812-1814 y 1820-1823), Lucas Martínez fue electo síndico procurador, esto es, defensor del ciudadano. Martínez era el tercer contribuyente más importante del Pepino. Vivía en el primer barrio. No puede descartarse que Lucas Martínez fuera descendiente de uno de los habitantes del pueblo al momento de fundarse el pueblo. En la lista de personas confirmadas según el rito católico -que Andrés Méndez Liciaga copió de las actas parroquiales de 1763- estaba un Gabriel Martínez.

Nacimiento de la hacienda Echeandía

En 1822 Lucas Martínez recibió de Juan Bautista Echeandía una oferta de arrendamiento que no pudo rechazar: 300 pesos anuales por un lapso de cuatro años. Esa era la misma suma del salario anual del sacerdote; 60% del presupuesto municipal.

Echeandía recién había llegado de Venezuela, de donde tuvo que huir después que el ejército español fuera derrotado en la guerra de independencia de ese país. Era español, de origen vasco. Llegó con su esposa Isabel Mendoza, sus cinco hijos y el dependiente que había trabajado en la tienda de su hacienda, Andrés Cabrero. Atrás dejó las haciendas de algodón y café que poseía junto a su hermano, ya retirado en España. Los puertorriqueños tuvieron que pagar una contribución especial para auxiliar los refugiados de las guerras de independencia.

Después de estar unos meses en Aguadilla, Echeandía escogió domiciliarse en San Sebastián. Para esta época el gobierno estaba repartiendo tierras en el vasto interior virgen. La cantidad mínima que el gobierno repartía eran 200 cuerdas, una medida conocida entonces como una caballeriza. Pero nada le llamó más la atención a Echeandía que las tierras de Lucas Martínez, en las márgenes del río Bao-mamey y próximas al poblado. Echeandía arrendó 240 cuerdas.

La última cláusula del contrato que Martínez y Echeandía firmaron estipulaba que la mitad de los cultivos de café y plátanos en que la finca fuera mejorada serían abonados a la cuenta. Jamás pudo haber imaginado Martínez la magnitud de las mejoras que Echeandía planificaba realizar en la finca. Echeandía trajo consigo algún dinero, pero más importante aún, trajo una mentalidad empresarial y un historial créditicio impecable. El crédito de la isla estaba dominado, en gran parte, por comerciantes españoles y extranjeros, y era una red bastante cerrada.

Al cumplirse los cuatro años del contrato de arrendamiento entre Martínez y Echeandía, el dueño de la finca resultó ser deudor de su arrendatario. Echeandía sembró treinta cuerdas en café e instaló la maquinaria necesaria para elaborarlo. En un edificio instaló una despulpadora de café, con su tanque de agua, alimentado por una cañería donde transcurría el agua desde el río, y construyó un glacis de mampostería (mezcla de piedra, cal y arena). La única otra construcción de mampostería en el pueblo era el piso y parte de las paredes de la parroquia. A los dos años de estar en Pepino, Echeandía era el segundo contribuyente más importante. La venta de la finca a los Echeandía en 1828 se efectuó por 6,000 pesos, sólo 100 pesos en efectivo.

A la muerte de Juan Bautista Echeandía en 1828, su viuda e hijos, Cecilio y Agustín, sembraron café, arroz, caña y algodón en los terrenos que habían recibido en Guajataca. Construyeron un trapiche para elaborar azúcar, instalaron otra despulpadora de café y máquinas de desmontar y prensar algodón. Toda esta actividad agrícola hubiera sido imposible sin la adquisición de una numerosa mano de obra esclava. En 1829 los Echeandía tenían una fuerza laboral de 43 esclavos. A los seis años de estar en Pepino, el valor de sus bienes ascendía a más de 20,000 pesos, pero sus deudas ascendían a más de 18,000.

Después de una postergada división de bienes, la viuda de Juan Bautista Echeandía, arrendó la hacienda de Baomamey a su yerno Bartolomé Iriarte en1835. Cecilio y Agustín se domiciliaron en Camuy, donde llegaron a ser propietarios de grandes extensiones de tierras, pero sin muchos cultivos. Iriarte compró la finca de Baomamey en 1845. Con un atraso en pagos de tres años, la finca fue ejecutada a iniciativa de otra heredera, Joaquina Echeandía. Curiosamente, la casa construida en el poblado a fines de la década del 1820, a la salida para el barrio Guatemala, fue considerada parte de la hacienda de Baomamey.

De 1854 a 1875

Desde que la hacienda de Baomamey fue ejectuda en 1854 hasta que volvió nuevamente a manos de un descendiente Echeandía, pasaron 21 años y cinco dueños.
1854-1855 José Ramón Torres/ Pedro Llovet
1855-1862 Félix Vélez
1862-1868 Eugenio Alers
1866-1875 Juan Ramón Sosa

La hacienda nunca estuvo libre de deuda. Los precios del café eran estables, pero no parecen haber vuelto al nivel de la década del 1820. Además del café, la hacienda tenía muchas cuerdas sembradas en plátanos. Para 1854 ya no había mano de obra esclava.

Auge de la hacienda
En 1875 la hacienda de Baomamey volvió a pertenecer a un Echeandía. Ese año Pedro Antonio Echeandía Medina, junto al notario español Víctor Martínez Martínez, adquirió por 20,000 pesos la finca que había sido de sus abuelos. Pedro Antonio fue hijo natural de Cecilio Echeandía Mendoza. La cuantía de la herencia recibida a la muerte de su padre en 1866 es desconocida.

La compra de la hacienda Baomamey por Echeandía no pudo haber sido en un momento más oportuno. Los precios del café se disparaban en un ascenso vertiginoso y así se mantendrían, con algunos altibajos, hasta la debacle de 1897-1899. Las ganancias le permitieron adquirir la parte de Víctor Martínez e invertir en tierras. La hacienda de Baomamey extendió sus colindancia hasta alcanzar más de cuatrocientas cuerdas. Su otra adquisición más importante fue una finca de más de 520 cuerdas en Cidral. En 1884 Echeandía era el agricultor con la mayor cantidad de tierras en San Sebastián. En 1896 Echeandía tenía 1,112 cuerdas, 232 de ellas sembradas de café.

En la hacienda de Baomamey se procesaba el café hasta su etapa final, tal y como se hacía en los grandes almacenes comerciales. La máquina añadida al proceso de elaboración que desde la década del 1820 se estaba usando, fue la tahona (nombre de un molino de harina). En la tahona se pilaba el café y, en algunos lugares, se añadía una tinta azulosa para realzar su apariencia. (La Hacienda Buena Vista de Ponce -Carr. PR #10 hacia Adjuntas-, restaurada por el Fideicomiso de Conservación de Puerto Rico, tiene una tahona movida por agua.) La venta del café de Puerto Rico en un mercado internacional dominado por los grandes productores, dependió de una esmerada calidad.

Los hacendados de café tuvieron una gran variedad de máquinas para escoger. Las industrias manufactureras europeas y americanas circulaban sus católogos en Puerto Rico, mientras las casas comerciales de la costa se prestaban a tomar órdenes de compras. La sucursal de Mayagüez del Banco Español de Puerto Rico no daba a basto a satisfacer la demanda de crédito.

Las máquinas de procesar el café estuvieron vedadas a la mayoría de los agricultores. A menudo su diseño no era el más práctico para el agricultor de Puerto Rico, que en su mayoría, se desenvolvió en una gran precariedad económica. Los caminos, o mejor dicho, la inexistencia de ellos, encarecía exorbitantemente la transportación de las máquinas. A veces la instalación podía ser más costosa que la máquina misma. Tomando en consideración estos factores, Emilio Cabrero Echeandía, quien realizó estudios de ingeniería en los Estados Unidos, inventó una máquina secadora de café con vapor, que podía ser movida por “un muchacho”, un caballo con malacate o por fuerza hidráulica. Podía ser instalada “con el pequeño gasto de cuatro zocos de madera”. Otra de las ventajas anunciadas era: “la pieza más pesada solo tiene 18 quintales”.

Decadencia de la hacienda

La súbita baja de precios en 1897 confirmó la advertencia de los conocedores de la naturaleza especulativa del mercado del café. De hecho, a partir de esa fecha, el mercado internacional y los países productores tomaron medidas de corto y largo alcance para prevenir otra crisis igual. En Puerto Rico la guerra Hispanoamericana del siguiente año agudizó la crisis con la desarticulación del comercio y la pérdida del crédito. Las partidas sediciosas, grupos de hombres que saquearon propiedades de españoles y sus simpatizantes en la zona cafetalera, atacaron e incendiaron la hacienda de Cidral de Echeandía. El huracán San Ciriaco en 1899 fue un verdadero cataclismo. La zona cafetalera jamás volvió a los niveles de producción anterior. Eventualmente, el mercado internacional del café se estabilizó, pero el sistema tarifario de Estados Unidos, implantado en Puerto Rico desde la ocupación, impidió que el café de Puerto Rico conservara sus antiguos mercados. Estados Unidos consumía el azúcar de Puerto Rico, pero tomaba el café brasileño de baja calidad.

El hecho de que los bienes de la familia Echeandía tuvieron que ser dividios a raíz del fallecimiento de la esposa de Pedro Antonio Echeandía, Emilia Vélez, ocurrida a principios de 1897, disminuyó las posibilidades de una recuperación. Las herederas insistieron en una división judicial cuando la cosecha del 1897 fue calculada por sus contrapartes en 500 quintales. Esa cantidad -dijeron ellas- era la producción de cada una de las haciendas. En la división de bienes que siguió, la hacienda de Baomamey quedó en manos del patriarca de la familia en pago parcial de los casi 53,000 pesos que le correspondían.

El ingenio La fe

Tan pronto ocurrió la ocupación de Puerto Rico, los principales hacendados y comerciantes pepinianos invirtieron en la siembra de caña. El huracán San Ciriaco de agosto de 1899 destruyó lo que hubiera sido la primera zafra de San Andrés, de la familia Cabrero. Cecilio Echeandía Vélez sembró caña en la finca conocida como San Bartolomé (los terrenos localizados entre la carretera que va hacia Lares y el viejo camino de Añasco [hoy, calle Hipólito Castro], y conlindante al sur con el río Culebrinas). En ambos casos, la siembra fue acompañada de la construcción de trapiches.

Las inversiones realizadas por Pedro Antonio para restaurar la hacienda de Bahomamey e incursionar en la nueva economía azucarera, no rindieron los dividendos esperados. En 1907, bajo un cúmulo de deudas demasiado pesado para sus 70 años, Pedro Antonio prefirió permutar propiedades con su hijo Cecilio. Las cañas de la hacienda Echeandía eran molidas, probablemente, en San Bartolomé. A partir de 1910 tuvo su propio trapiche.

El mismo año en que La Fe comenzó a moler sus cañas, fue incorporada en San Juan La Plata Sugar Co. La primera transacción de esta empresa fue adquirir las 500 cuerdas que los emisarios de Alfredo Raffucci (de Rincón) y Arturo Reichard (de Aguadilla) habían logrado reunir desde julio, fracción a fracción, en los barrios Hato Arriba, Pozas, La Plata y Capá. Los hacendados y comerciantes de San Sebastián se negaron a llevar sus cañas a moler en la central. La primera molienda de la central Plata en 1912 fue de 930 toneladas de caña. Ese año La Fe molió 16 toneladas.

Desde el establecimiento de las primeras centrales en Puerto Rico en el último tercio del siglo 19, fue evidente que la clase hacendada no estaba preparada para asociarse entre sí. Cada central que se estableció con el capital de un solo inversionista probó ser una empresa imposible. El que los hacendados de San Sebastián persistieran en perpetuar las prácticas del siglo 19, con una tecnología incapaz de elaborar un producto con la calidad que el mercado exigía, probó ser una decisión nefasta para ellos. San Andrés fue adquirida por la central en 1911 y La Fe sobrevivió, siempre endeudada hasta 1936. Ese año fue vendida al principal accionista de la central en ese momento, Ángel Abarca Portillo. Para alcanzar los niveles de producción que rindieran los dividendos aceptables, la central dependió de una gran cantidad de pequeños y medianos agricultores.

Mientras en otros pueblos o regiones de la isla la producción de azúcar significó la concentración de tierras en pocas manos, en San Sebastián muchos se beneficiaron de la nueva economía. Eso fue motivo de gran orgullo para el agricultor pepiniano y senador por el distrito de Aguadilla en la década del 1950, Bernaldo (Puyí) Méndez, quien inventó el exitoso camión grúa para transportar la caña.

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Doctorado en Historia de Puerto Rico y el Caribe de la Universidad de Puerto Rico; maestría en Religión del Seminario Evangélico de Puerto Rico y certificación en Administración de Archivos y Documentos de la Universidad de Puerto Rico

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