«La cotidianidad puertorriqueña»

Categorías: Pueblo y Gente.

Por Carlos López Dzur- El libro «Lezna: Atisbos de la cotidianidad puertorriqueña» [Mariana Editores, 2010] viene precedido de un magnífico prólogo de José Enrique Ayaroa Santaliz que describe muy bien la estructura del libro y el sentido del título. Son 31 artículos o breves ensayos en que su autor, Ramón Edwin Colón Pratts, da continuidad a su vocación por el ensayo reflexivo y disectivo.

Lezna es, dice Ayaroa en el Prólogo, «la herramienta de un artesano de la literatura puertorriqueña». «instrumento cortante», «lezna cortante» que «puede servir para dañar o curar». Claro es que la lezna de Ramón Edwin es como bisturí que «lo mismo sana cuando fustiga que cuando elogia o alaba». Había reseñado antes un libro previo. «Estilete» (Imprenta Caribe, San Sebastián, 2002). y la definición (puñal, o punzón, de hoja muy estrecha y aguda) ofrece indicio de la incisividad del instrumento y de las metáforas de las que Colón Pratts se vale para describir una actitud de investigador con un buen escalpelo para abrir paso y sonda examinativa para entrar en su materia.

Su «Lezna» y su anterior libro, «Estilete», se parecen. Como primicia de su labor creativa-informativa y su experiencia y conocimiento sobre las leyes que rigen a Puerto Rico, este segundo libro reúne una cantidad igual de artículos y mini-ensayos. Los de «Estilete» fueron, originalmente, publicados entre los años 2000 y 2002, en el periódico «La Estrella de Puerto Rico». Los de «Lezna» parten del año 2002 a periodos gubernativos que se extienden a Rafael Hernández Colón, Sila María Calderón, Pedro Rosselló, Aníbal Acevedo Vilá y, aún los momentos tan actuales, de la vigencia de Fortuño en La Fortaleza y Obama en Casa Blanca.

La periodicidad es importante como ilustración contextual. La historia revela que se ha intensificado la incapacidad del liderazgo para reorientar moral, administrativa y políticamente al país. Como abogado y ciudadano con calidad patriótica, Ramón Edwin escribe, por lo general, sobre el sistema legal que debe corregirse, ahí coloca la lezna. Extirpa y quitaría hasta que desaparezcan de éste, al menois, lo que son sus vicios comunes, o sus cánceres en el sistema de justicia. Critica y fustiga el «salvajismo procesal», «los jueces que viven en otra dimensión y siempre presumen la bondad del sistema y los poderosos» (p. 30), aunque el sistema judicial está plagado de «caculeo intelectual», «blanquitería» (p. 43) y «borrachera loca de narcisismo, protagonismo y soberbia» (p. 140).

La moralidad decadente (promovida por «los legisladores y soplapotes de gabinte»), la pérdida de «la dignidad y el honor», permite que «cualquier ladrón nos gpbiern(e)» (p. 27), como indica en «Pueblo Bendito». Que surjan en el país burócratas como Manuel Díaz Saldaña y Victor Fajardo (descritos en «La Sal Daña») como «cargabates de ignominia», «buscones de encargo», «salario, posición y prominencia» (ps. 57-69). Por desgracia, ni la Contraloría se ha salvado de la mediocridad creciente y la indecencia tolerada. De ahí la necesidad de «devolverle a ese puesto el lustre que alguna vez tuvo» (p. 60).

El abogado Colón Pratts informa en su libro cómo operan los componentes del Tribunal, las oficinas veedoras o que dependen de sus labores, más importante, es cuando habla spnbre cómo se maltratar a la gente, o sea, sus víctimas más pobre. Se concierne con la defensa de los valores del arte, la puertorriqueñidad y la valía moral, por amor a «una tierra que cada vez más se nos convierten en un peñón de drogas, espectáculos, concursos, busconerías, malversación, corrupción y pillje, sin valores, ni ética, sin escrúpulos ni decencia, de chavería y de personeros de la política colonial» (ps. 45-47).

Con estas líneas, citadas arriba, resumiríamos. De ésto trata la mayor parte de su libro. Mas hay muchísimo más ya su ensayística, pese a que cita códigos, expedientes de casos y leyes, flueye. Atrapa. Además, tiene dimensiones poéticas, anecdóticas, costumbristas y reviste agudeza sicológica. La callidad y valentía de los dos libros que conozco de Ramón Edwin se ha crecido en el decenio.

Hay elementos de nostalgia, picaresca al estilo de Pito Pérers. Prosa poética en su evocación de Pepín de la Vega, «peón del pueblo» (en «La Pared» y «Los Otros»). La «boxeadora y sabia lengua del pueblo» es la que origina ese interrogador ‘alter-ego’ con que él configura al hablante narrativo en 3 páginas y media en «Los Otros». Es una conciencia que pregunta y demanda por justicia al modo de un «pobrecito del Diablo» en la pícara vida, «Vida inútil» de los Pito Pérez. Ese humor pícaro lo veo, por igual, en su artículo, «La Vigencia de Nerón», o un caso de «brutalidad policíaca canina», inspirado por una decisión legal sobre el caso de dos perros en 1963.

Disfruté que haya sido escrito por un puertorriqueño, con conciencia de Nuestra América, como Colón Pratts, el retrato sobre la arrogancia del ex-gobernante español Aznar al pedir al Presidente Hugo Chávez: «¿Por qué no tecallas?» Ramón Edwin calificaría ese razonamiento y arrogancia como cónsono a las actitudes «de pacotilla, de quincalla, tipo Primitivo Aponte» (sic.) y, en consecuencia, festejará, con valentía e ironía ‘sui dissant’: «Y Chávez, Chávez no se calló» (p. 134), bien que recordaría que Aznar «colaboró y apoyó junto a los estadounidenses el golpe de estado en Venezuela» (p. 133).

¿Y quién es el peninsular pro-yanqui de Aznar para mandar a callar al mandatario venezolano en su propia América?

En momentos en que las rapiñas bancarias, la especie humana de «los banqueros» como «ladrones con licencia licenciosa», han sido señaladas como causantes de desastres financieros y las olas mundiales de protesta, e.g., el Movimiento de Ocupación e Indignación, leer las reflexiones de Ramón Edwin sobre la desfachez, la pordiosería genuina vs. la avieza y la ética básica, que se debe basar en trabajo y creación de oportunidades y sustentabilidad, es refrescante. Con ironía. RECP escribió «Hilaridades» y me gusta su crítica final: «¡Obama, eres más Hillary que Obama!» «Mladito embaucador de disimulado gesto lateral, sacándole el cuerpo a todo. ¡Malditos tus discursos y los que te aplauden!» (p. 126).

En el temario de Colón Pratts, hay reflexiones sobre el apocamiento de los abogados y legisladores que se comportan sólo como «payasos insípidos» (sic). Por eso, a mi juicio, el más efectivo e impactante de sus relatos es el titulado «Abusador», narrativa tan bien llevada, con su perfil sicologizante, que parece un capítulo de novela, aunque sus protagonistas son reales. Un Juez Asociado de Primera Instancia, a saber, Efraín Rivera Pérez que termina siendo censurado y destituído y un acusado humilde y pobre, encarcelado por el susodicho juez, por razones triviales, su prepotencia. La historia de cómo el Comité de Etica Profesional censuró al juez por violar el canon 38 y cómo Luis Fortuño, actual Gobernador, lo vuelve a nombrar a una posición mayor de Juez de Apelaciones y el Senado lo confirma nos indica sobre la pudridez de la judicatura. (ps. 101-106).

El análisis político y sicológico del periodo del Gobernador Rosselló se denota en su ensayo Ante unos líderes del Partido Popular (PPD), «que siempre se han distinguido por la falta de espina dorsal que los mantenga erguidos» (p. 99), el autor dibuja dos varones de la oposición y, claro está, con sus defectos propios. Son «apuntadores», esto es, gente que amenaza y amedrenta a sus críticos. Como hizo Tomás Rivera (PNP) al periodista Danilo Arbilla; así de ‘apuntador’ y déspota, es Pedro Rosselló, «le gusta eso del dedito, y el macharrán que lo quiere emular (Rivera Schatz) lo esgrime diariamente como espadachín con sable de uña y hueso» (p. 98).

Hay otras observaciones que dan colores sicologizantes a los relatos y que, por cotidianidades coloniales, traen planteamientos como son el «enredo de libertad, selección y lealtades», la disolución de la racionalidad en la excusa del “porque si” (el voto injustificado, irreflexivo por inercia). Ramón Edwin analiza la falta de sensibilidad para conmoverse con las pérdidas de lo valioso, sea la antigua Central Plata, que supuso una etapa de historia en Pepino, o la bella arquitectura del condominio Milennium (en el Viejo San Juan), «en este endrogado país de hambrunas de valores» (p. 66).

Algunos personajes de sus escritos recuerdan a Caballeros de Triste Figura y Ramón Edwin pasa examen sobre los mismos (como en «Galenos», «Correo Intimo», etc.) y da sus referencias sobre Carlos Vélez, el fiscal Gil Bonar, Carlos Pesquera y el issue de la bandera, por decir sólo algunos tópicos.

En resumen, estos relatos me deleitan por valientes, ejemplificadores de nuestros males colectivos y, al mismo tiempo, aplaudo que están llenos de riqueza sabrosa y popular y sus anécdotas aleccionan. Es Colón Pratts un poeta, justamente un letrado. A cada paso, Ramón Luis es ocurrente, a veces tierno y con una lezna en sus manos puede ser temible, como fue antes con su «Estilete».

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Carlos Lopez Dzur

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