Hernan Sagardia

Por Eliut González- La comadrona ve la agonía de Doña María Tomasa convertirse en alegría cuando  nace en la Barriada Cayey de San Sebastián del Pepino, Don Hernán Sagardía Sánchez, el 17 de julio de 1921.

Ya de niño, Hernán se perfilaba superdotado.  En diez anos terminó el ciclo de doce años de estudios requeridos para graduarse de escuela superior. Cursó su primer grado bajo el cuidado de la profesora María Luisa Correa en la Escuela Guillermo Cardé de la Barriada Pueblo Nuevo.  Su segundo grado lo cursó en la Escuela Pavía, colegio privado,  bajo la enseñanza de la profesora Patria Latorre.  De allí pasa a la Escuela Whittier para cursar su tercer grado con la Sra. Cebollero.  El cuarto y quinto grado los cursa con la ayuda del Sr. Vera y la Sra. Herminia de la Rosa en la Escuela Sifre.  No bien había empezado el sexto grado fue ascendido  al séptimo por ser un estudiante de mucho talento, grado que cursó junto con el octavo en la Escuela Narciso Rabell Cabrero bajo el cuidado de la profesora Patria Latorre.

Su periodo de adolescente fue marcado por la muerte de su madre, Doña María Tomasa.  De inmediato, fue adoptado por su tía paterna, Doña Teresa Sagardía Torrens quien tomó cuidado de que su sobrino-hijo participara de las mejores oportunidades educativas de la época.   Bajo los auspicios de su tía cursó  los grados de escuela superior, en aquel entonces de noveno a decimosegundo, en la Escuela Superior de Aguadilla de 1935 al 1939.

Su vida universitaria tiene su inicio en el 1939, cuando la militancia del Partido Nacionalista estaba en todo su apogeo en Puerto Rico.  Sus inquietudes patrias y la necesidad de forjar puertorriqueños orgullosos de su origen, lo lleva a ingresar  en la Facultad de Educación de la Universidad de Puerto Rico.  Su práctica docente como maestro de Historia transcurre  en la Central High School de Santurce bajo los mayores rigores de supervisión.   Era de esperarse que el talentoso y avezado estudiante de educación de El Pepino recibiera  la calificación de excelente.  En el 1943  obtendría un Bachillerato en Artes en Educación con una especialización en Historia.

Mientras estudia en la UPR, en el 1939, se suscitó una gran discusión sobre el reclutamiento de los boricuas para participar en las guerras de Estados Unidos.  Vieron como en Polonia la resistencia al servicio militar obligatorio dio margen a un renacimiento nacional en ese país.  Desde Atlanta, Albizu Campos dio una directriz para que el Partido Nacionalista organizara una oposición al servicio militar obligatorio dado el auge del movimiento independentista en Puerto Rico.  Para 1942 fueron acusados y llevados a los tribunales más de 50 nacionalista por esta causa.
Albizu Campos es excarcelado el 3 de junio de 1943 y se dirigió a New York a cumplir con un periodo probatorio.  A las 72 horas de haber sido liberado fue internado en el Hospital Columbus de Manhattan con un diagnóstico de arteriosclerosis, esclerosis coronaria, neuritis bronquial y debilidad general.

La figura del maestro Pedro Albizu Campos trajo a un descendiente de la clase conservadora incondicional de El Pepino a simpatizar y a abrazar la causa de la liberación nacional de Puerto Rico. En el pasado  habíamos tenido a Miguel Font y Gerardo  Forest Vélez.

Con esta visión liberadora en mente, de regreso a El Pepino, comenzó a ejercer su magisterio en el año de 1943 en la Escuela Superior Narciso Rabell Cabrero y eventualmente en la recién inaugurada Escuela Superior Manuel Méndez Liciaga.  Por primera vez en el siglo XX la sociedad pepiniana y los estudiantes de la escuela superior se enfrentarían a un despertador de conciencias que enseñaría toda su vida en contra de la corriente.

Empleó  su tiempo como profesor de Historia y Problemas Sociales a enseñar a varias generaciones a ejercer criterio sobre nuestra sociedad y sus exponentes y a ver la otra cara de la moneda en todos los asuntos.  Su sonrisa a flor de labios, llena de una tenue ironía mordaz y sus  pocos y precisos comentarios punzantes, llenaban sus clases y sus conferencias de interés y optimismo.

Su conocimiento y dominio de la historia, de los problemas sociales de Puerto Rico y del mundo, lo colocan como uno de los profesores pepinianos con más bagaje intelectual, más ilustrados y con más educación liberadora de todos los tiempos,  siempre manteniéndose al corriente de las últimas  tendencias mundiales.

Su currículo secreto fue capaz de romper muchos velos, despertar  conciencias, de afinar nuestra visión como individuos y como pueblo y  hacernos amantes de la patria y de sus forjadores.

Logró abrir una pequeña hendidura a través de la impotencia impuesta a nuestro pueblo y potenció nuestras conciencias para que fuésemos capaces de ponernos sobre nuestros pies y tomar el futuro de Puerto Rico en nuestras manos.

Enseño a poner atención al valor que tienen las minorías y las causas vilipendiadas.  Enseñó el valor histórico y trascendente del El Grito de Lares.  En fin, enseño a nadar siempre en contra la corriente de la sumisión y conformismo banal con el uso de su sabiduría y astucia.

Aunque era descendiente de los  que conformaban la clase dominante en El Pepino, nunca se presentó ni quiso ser reconocido como tal.  Su trayectoria como educador siempre lo identificó con las causas justas y con las masas pobres y más necesitadas.

Desde sus días de universitario las autoridades del estado  verían en él un intelectual soberanista que debía mantenerse bajo la lupa de la censura y de la investigación de los estamentos de seguridad.  Su voluminosa carpeta da testimonio de cuan de cerca fue seguido y vigilado.  Sin embargo, nunca fue encontrado en violación de ninguna ley y sorprendido en actos de violencia.

Era 1966 cuando se iniciaba el curso de Problemas Sociales el profesor nos puso en aprietos.  .  En uno de los primeros días de clase se dirigió a dos de los estudiantes del grupo con el apelativo de “licenciados”.  “Usted, licenciado Serrano se sienta a este lado de mi escritorio y usted, licenciado González al otro lado”.

En reconocimiento a su labor de despertador de conciencias dedico esta modesta obra a este insigne educador pepiniano. “Bendiciones y larga vida, profesor Sagardía”.

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