Enfoque Heideggeriano a la Historia Oral del Pepino

Categorías: Historia.

González Cubero se acordó de Bartolo Medina «que también anduvo con los gringos y los médicos Cancio y Franco».

Aludió, en entrevista, a las quemas de las residencias de José y Agustín María Font-Feliú, Cheo Font, el pie de la espada blanca y de Avelino Méndez, el verdugo de los españoles en 1898.

Para González Cubero, su niñez se desplegó dentro de un escenario que, si por algo fue temible, no fue por la prepotencia del invasor ni por su superioridad militar sobre los Batallones Voluntarios de Alfonso XIII, sino por la incertidumbre encarada por muchos españoles, en particular, los que se regresaron a España o se fueron de Pepino, «el rumor falso» que se propalaba, o se supuso sin fundamento, y que explicaría del siguiente modo:

… Que los gringos dieron un plazo para que los campesinos se vengaran de los amos y se mataran todos los que quisieran, unos a otros, antes que el Capitán Brackford se decidiera a intervenir; pero este fue un rumor, cosas del miedo. Yo no lo creí. No tenía malicia. Otros muchos tampoco lo creyeron.

En repetidas ocasiones, durante las entrevistas que sostuve con don Manuel González Cubero, él mencionaría con la palabra «misión» el hecho de que los invasores traerían la paz a sus coetáneos; «pero ésto fue después, más tarde», cuando entonces, los adultos que él conoció de niño se convirtieron en comevacas y tiznaos , es decir, cuando aquellos que se mataban por causas de las viejas rencillas del comercio y el poder municipal, se decidieran a vivir en armonía: «No en la hipocresía y el descontento que se vivía… Entonces, tal gente quemaba propiedades, o mataba reses; después vino la paz, porque los arrestaron. Los arrestaron, pa’ después perdonarlos». (Cf. Entrevista con Manuel González Cubero, loc. cit.)

Mientras su madre sufría con miedo a las quemas y escaramuzas del fin de siglo, el niño se abandonó a lo inevitable, a lo amenazante y «dejé de tener miedo». Descubrió que «los americanos no comían gente, que éso fue otra mentira de algunos españoles y de los alzaos».

El uso que González hizo del vocablo misión describiría algo más profundo que los operativos militares, o de socorro, o la predictiva jornada, eufemísticamente dadas por los emisarios del Norte como pretensiones redentoristas («Proclama Miles»).

El equivaldría el término misión a destino, en el sentido de habérselas con la posibilidad y el peligro (Heidegger). Asunto práctico. «Mi destino fue conocerlos, ver llegar a los yankees, cuando la misión que tenían era parar el teatrito a la gente violenta que se peleaba por tierras o la poca comida que había…» (González Cubero).

Destino en común: Tradición, Misión y Proyecto

Otro caso interesante se produjo con mis entrevistas con Pablo Arvelo Latorre para quien el Grito de Lares, la época de los Compontes y la Invasión Americana, como clásicas tematizaciones historiográficas, se relacionaron con la misión que se asignaron los hombres ante la adversidad, la lucha por determinados cambios y también con la muerte. Otra vez la existencia del ente concreto que lucha y el ser-en-el mundo fue un habérselas.

«… Cuando la gente no quiere morir, es cuando más sufre…», filosofaría Arvelo. [9]

Este relator oral de historias dijo que, en la memoria del que escribe la historia (oficial), «los únicos que se recuerdan (como protagonistas) son los que tienen un destino, o fueron hombres temibles, porque a la gente buena y pobre nadie la recuerda» (sic., cf. Entrevista con Pablo Arvelo Latorre, loc. cit.)

Cuando pedí a él que nombrara a las personas con destino, méritos y personalidades tales que se hicieron queridas y memorables para su comunidades, o barrios rurales, él quedó momentáneamente perplejo. No cayó en la trampa, fácil y gratuita, de apurar los nombres ya conocidos de funcionarios oficiales, esto es, nombres de grandes hacendados y comerciantes, que fueron alcaldes, jueces o síndicos. Algunos de los que conoció o acerca de los que, por su edad, tuvo referencias, dadas a él por sus padres o amigos de mayor edad, ni siquiera llegaron a ser hombres prósperos.

Para él, según se infiere, la historicidad se compete con la fidelidad a la tradición, es decir, a cierto patrón de lo repetible que sólo es posible por el combativo seguimiento, o al decir de Heidegger, por la estancia-en-sí-mismo del haberse-resuelto avanzando y la «réplica de la posibilidad».

Esta coyuntura no significa que la perpetuación de una concreta tradición histórica, por la sustentación de una ideología conservadora, asaz caprichosa, será siempre validada, o que una vez vencida, se regresará al pasado para atarse a ésta; aviniéndose hacia un progreso impropio y falso.

En ocasiones, lo tradicional, por el apego sentimental, se concreta para materializar la convicción y la autenticidad del comprender más señero y de otros comportamientos que no vale designar como reaccionarios.

Pablo Arvelo defendió apasionadamente el hecho que su familia, padres y abuelos, hayan sido conservadores, que su casa haya servido para refugiar a gente perseguida durante los tiempos de tirantez entre las familias Alers y Vélez del Río y otras, antes del Grito de Lares, así como, posteriormente, durante la invasión norteamericana y las Partidas Sediciosas.

Ser conservador, por definición de Arvelo Latorre, fue cierto tipo de «co-participación» que involucraría cierto sentimiento y pasión en aras de destino en común (Heidegger), siendo, por ende, característico de la historia la fidelidad a la generación en la que se ha sido prohijado. «… Mi familia y yo tenemos un pedacito de historia», dijo, «aunque no su escribirse, sólo el contarse…» Este historiarse con el pasado, tematización de lo sido ahí y en la comprensión de su presente, a la mano, a menudo queda como mera historia de vencedores y vencidos, a partir de datos recogidos en la esfera jerárquica más alta.

Aunque campesino, Arvelo Latorre fue mucho más articulado y reflexivo que González Cubero. Sus detalles resultaron más concretos, verificables y coloridos. Además, él supo extraer sus moralejas de las vivencias históricas. Creyó en tradiciones y en fidelidades y, sobre todo, en las personas que encarnaron tal contenido. En las entrevistas con él, usaría la palabra proyecto para referirse a ellas.

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Publicación autorizada por el Administrador del Portal. Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco. Creador de la tirilla Filito publicada durante quince años en el diario Nuevo Día y diarios de países de habla hispana en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Autor de doce libros entre los que se destacan Filito at Large, Filito el Libro, Diccionario Real de la Lengua, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV y Bendiciones Cristianas Vols I-II.

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