Enfoque Heideggeriano a la Historia Oral del Pepino

Categorías: Historia.

Pero, como se revelará en estas secciones del website Trece monografías histórica sobre San Sebastián del Pepino, la historia de la América hispana, así como la historia de Pepino como uno de sus cubujones de especificidad en el Caribe, no ha de ser simplemente la historia de España en América, sino que es también una visión de futuro, es decir, un poder ser.

Obviamente, ya no somos europeos. Ni colonia europea, bajo control de criollos que advendrían como pequeña burguesía. La autoconsciencia crítica de sus intelectuales. es decir, de organizadores y dirigentes, movió a Pepino hacia la misma dirección a la que se moverían, como bloque histórico triunfante, otros pueblos. La Guerra Hispanoamericana (1898) hizo romperse el cordón umbilical que a nuestra sociedad regional ató al españolismo. La organización del Comité del Partido Republicano (de Barbosa), a principios de siglo, anticipó una ideología anexionista respecto al nuevo interventor, dado un rol protagónico a éste, como ideología orgánica, en el Establecimiento.

Desde entonces, a partir del surgimiento del PER y el PPD, se ha oscilado entre el panamericanismo y el anexionismo incondicional. La influencia de los EE.UU. es factor, no siempre condicionante, pero sí influyente, en la evolución y destino («soluto» intramundano) de las ideologías puertorriqueñas.

No hay organización política —ni moral ni espiritual— sin intelectuales. No hay cultura filosófica ni transformación práctica de la realidad sin ellos. Al decir intelectuales defino al intelectual tradicional que es el que suele ser derrotado como funcionario dentro de las superestructuras que se encargan del desarrollo y la difusión de la visión de mundo por la clase dominante. La intelectualidad, por igual, incluye al intelectual orgánico (A. Gramsci) que es el funcionario que, con su filosofía empírica, se activa en la modificación del ambiente, corrigiendo, ajustando y perfeccionando, las iniciativas ideológicas, morales y sociopolíticas, o sea, las visiones de mundo existentes en cada época determinada o unidad cultural-social.

«El Ser mismo en cuanto destinable (“geschickliches”) es, en sí, escatológico». El ente dado como esencia epocal del ser es una época de erranza. La historia es un proceso dialéctico, pero no sistemático del ser que se «re-presenta» como material conservado, soluto concreto y repetido del Dasein-sido-ahí, objeto propio de la historiografía.

Las nostalgias por España que obtuve como ethos de entrevistados —como Doña María L. Rodríguez Rabell, Dolores Prat, Pedro T. Labayen, etc.—, son parte de ese material conservado; pero ya expresado como erranza, soluto en sus límites e imperfecciones.

Ese pasado no puede volver, aunque sí expresarse en solidaridad con el esfuerzo de los que desbrujan la tierra de la historia en común y separan el grano y la paja, lo falso y lo verdadero, ante vituperios y confusiones sobre la Leyenda Negra de España y su colonialismo, que sí fue esencialmente real.

En el desarrollo de la unidad cultural hemisférica, contrario a lo que Bolton pensara, el progreso cultural no siempre sigue a la prosperidad material. Ni el ser de la historia, en cuanto destino, se condiciona por la densidad de la población o la extensión geográfica. Puerto Rico es una nación, ser histórico, con misión esencial dentro del hemisferio, independientemente, de su pequeñez territorial y las directrices predefinidas por los estadounidenses. Las cuestión política no cancela su identidad latinoamericana, ni la verdad de su esencia histórica. Frente a España o a los EE.UU., que es el nuevo patrón, Puerto Rico es parte de la historia de la libertad, que es el interés común que cada país comparte con el hemisferio y con Norteamérica.

He descubierto que la historia oral permite que muchos de los entrevistados examinen la cosmovisión de una época, aunque no puedan precisar temporal y cuantitativamente sus hechos y datos.

Hallé casos en que el relator, como Manuel González Cubero, [6] quien vivió como testigo la presencia de tropas estadounidenses en Pepino, en 1898, fue capaz de forjar el ethos de la invasión al rememorar aquellas cualidades propias de la época y de la gente que conoció. Estas posibilitaron que se viviera sin temor y con la confianza de que el proceso de la invasión americana, cambio de soberanía o derrota de España por los EE.UU., conduciría hacia un mayor progreso, así como a la comprensión o acercamiento personal a su destino en común con otros hombres.

Ethos es precisamente tal fe en la nobleza ideal o universal, la fe en el hombre, y que permite una visión moral del futuro. González Cubero alegó que recibió de los «invasores gringos más cariño y atención», cuando fue niño y las tropas ocuparon El Tendal, «que el que tuve después, ya que se fueron». No obstante, él no recordaría ni nombres ni apellidos de aquellos que impresionaron tan gratamente su niñez, casi afectivamente.

El justificaría su falta de memoria para los nombres «de gente que yo distingo y quiero» (sic.), con o por la misma causa que se pensaba limitado para recordar los apellidos y nombres de sus abuelos, «por la edad en que deje de verlos y no porque tenga mala memoria». El nombre de las personas, fechas de los incidentes y utilidad de detalles contextuales, según dijo, para él, tuvo menos importancia y memorabilidad que los sentimientos y afectos con que se solvía con y ante ellas.

… No se me ocurrió nunca preguntar el nombre y apellidos, ni edades, de otra gente, menos de mocoso. ¿Qué me importa? Pienso que, de haberlo hecho, seguro que se me olvidaría lo que dijeran de todos modos. [7]

Por esta razón, él era capaz de «querer mucho al gringo que me subía a su caballo y que de El Tendal me llevaba a mi casa», después que se le alimentaba con salmón y, aún «dándome latas de alimentos para que llevara a la casa, vale más… recuerdo que mi madre echaba insultos al gringo desde la ventana y me perseguía con su varita de pica pica para darme una foetiza por andar con ellos».

González describiría fisonómicamente al «hijo de Pedro, el Cubano, que trabajaba con los Cabrero, y «al que los gringos hicieron soldado», pero no recordaría su nombre Blanco Ortíz Vélez del Río (1876-1917) ni el nombre de su hijo (Blanco Aurelio (1896-1932), al que tuvo mayor oportunidad de tratar. El primero sirvió en Cuba en la sofocación de la revuelta del (Partido de la Raza Negra; el segundo, Blanco, hijo, en la Primera Guerra Mundial. [8]

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Publicación autorizada por el Administrador del Portal. Periodista, Artista, Caricaturista y Escritor pepiniano nacido en Añasco. Creador de la tirilla Filito publicada durante quince años en el diario Nuevo Día y diarios de países de habla hispana en Latinoamérica, Estados Unidos y Europa. Autor de doce libros entre los que se destacan Filito at Large, Filito el Libro, Diccionario Real de la Lengua, Vida de Jesús un Evangelio Armonizado, Sancocho Cristiano Volúmenes I-IV y Bendiciones Cristianas Vols I-II.

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