Don Jerónimo Ramírez de Arellano

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La vida y obra de Jerónimo Ramírez de Arellano (n. en 1911 y f. en 1968) se distingue por un amor entrañable a su pueblito: San Sebastián del Pepino. Su muerte representó, en la fecha en que ocurre, la pérdida del poeta con más extensa obra, escrita en versos con metros tradicionales y una auténtica devoción a lo regional. Militante en favor de la difícil empresa de afirmar la puertorriqueñidad, fue creyente en la independencia de su país y en gestar una conciencia dinámica y equilibrada de los valores de bondad humana, sensibilidad, sacrificio y conocimiento a favor de las generaciones del porvenir. A menudo se le oyó exaltar el progreso y el cambio, o editorializar sobre el asunto.

Don Jerónimo fue el primer antólogo de escritores y poetas de este municipio. Su libro «Estampas del Pepino» (1953) es, pues, la primera historia cultural, siendo, como iniciativa histórica, la que ha permitido que las sucesivas generaciones reconozcan los autores de su tiempo, biografías y muestras literarias, de una generación que escribió con calidad y que, en la mayoría de los casos, no recogió su obra en libros, viéndose dispersa en revistas desaparecidas o como producción inédita, guardada en cajones privados a riesgo de perderse. La primera vez que se tuvo la oportunidad de leer los versos admirables de Ramón María Torres, Adolfo Medina González o Herminio Méndez Pérez, fue gracias a ese libro que nos asomara a la literatura que los pepinianos hicieron antes del siglo XX.

Las Estampas llenaron un vacío. Desde hacía más de 30 años, tras agotarse el «Boceto histórico del Pepino», de Andrés Méndez Liciaga, hecho que él reconoce y que lo motiva a publicar la antología y recopilar las biografiías de autores, se interesó en dar primicias de quienes vendrían, con el paso de los años, a considerarse nuestros primeros literatos de brillo para todo el país. Méndez Liciaga también lo hizo en su «Boceto», mas no con el rigor de detalles y textos de Ramírez.

Los libros poéticos de Jerónimo Ramírez son: «Prospecto lírico» (1930), «Lirios del valle» (1932), Abriendo surcos (1939), «Voluntad» (1951), «Donde viven los recuerdos» (1960), «Versos y plumas» (1963), «Interior» (1965), «La hora del niño» (1967), «Lira nativa» y un libro inédito, a la fecha de su muerte, «Escalera al cielo» que, en enero de 1976, cuando escribo esta semblanza, no conocí.

Don Jerónimo Ramírez, además de una vida fecunda en el magisterio, fue administrador y editor de un semanario crítico-literario, «Claridad». Por sus ideas independentistas y la misión que asignara al poeta, como «universal sembrador» que sopesa y valora «la diferencia entre el mártir y el tirano», sufrió persecución y hostigamiento. Allanaron las oficinas de su periódico el 15 de mayo de 1951, lo que contribuyó a que tuviera que cerrarlo en 1952. Mas, en la edición seguida al allanamiento de su taller y su hogar, escribió un editorial sobre el por qué de ese abuso y qué tipo de personas en San Sebastián fueron capaces de unirse a la vileza.

A su juicio, el poeta no es sólo «espiga dorada del trigal de la emoción», es decir, intérprete de emociones, festejador del amor; revaluador terapéutico o testimonial de la angustia, o la pérdida elegíaca, el poeta también es un veedor de la conciencia patriótica y la justicia, una lección filosófica que lo entronca al racionalismo leibniziano del abogado Manuel Corchado Juarbe (1840-1884), hijo de una cepa pepiniana de liberales progresistas y abanderados de los movimientos libertarios de su época.

Para expresar lo anterior en su poema «Herencias», Ramírez dice lo que el poeta es:

(El es) patria en rebelión
del tirano que la ofende
y al que cobarde la vende
lo repudia en su traición.

Esta es la tónica que Jerónimo Ramírez reutilizará a partir de la desgraciadas experiencias de 1951 y 1952, por causa de la rebatiña persecutoria que el estadolibrismo urdirá contra el nacionalismo y los militantes del Partido Independentista Puertorriqueño, o todos aquellos compatriotas con algún tipo de simpatía con el movimiento albizuísta. Antes había sido Secretario del Partido Liberal, en 1944. Y, posteriormente, creó el semanario crítico-literario «Cumbres» (1946-1948) y «Claridad».

Discípulo de la sátira valiente de Luis Rodríguez Cabrero, Ramírez dio para la posteridad un retrato de la clase de individuos que fueron los policías Costas, Pellot y Quiñones, [3] en su texto Asalto al mediodía. La autobiografía que utilizara para su libro Lira nativa es el editorial «Asalto al mediodía», donde describe cómo se violó su libre albedrío intelectual, utilizando viciosamente el prejuicio, la intriga, la acusación y la mordaza. «En pugna y contrario a los intereses del poder político del ambiente, fui intrigado y perseguido». Los tres guardias, llenos de «indómita rabia» y de afán morboso de «pintar galones en sus blusas pardas», son instrumentos de la represión contra el nacionalismo y el independentismo. Esto no detiene la voz valiente de Ramírez que truena contra la envidia, la hipocresía y el abuso político:

¿Es posible vivir…
enfrentando al poder de barbas fieras
con la paz como símbolo y bandera
y una cueva de arañas en su ser?
Imposible vivir de esa manera
en que la envidia el saco va a romper.
… el hombre en su más puro ideal ideal
quisiera el palpitar del tiempo detener.

Contra la venta del predio nacional, protestaría. También es un lector de Matienzo Cintrón, José de Diego, Virgilio Dávila, Luis Lloréns Torres y Albizu Campos:

No te des por cobarde y por esclavo
ni el predio vendas por la vil moneda.

(La oración del esclavo)

Al ausentarse de San Sebastián,a finales de 1950, por eludir las fricciones que ya tendría con una policía que avasalla y unos vecinos soplones, en la histeria persecutoria y la sicosis que produjo la Revuelta Nacionalista, Jerónimo sufre, pero no desespera. Dice al pueblo-nación, a la gente que lo admira y verá ausentarse: «Yo te sigo queriendo como a mi madre / aunque el dolor de ausente mi alma taladre».

Viajó brevemente a Nueva York, pero regresa sin cumplir un año de su ida; publicó su libro «Voluntad» y descubre una nueva trinchera para editorializar que lo convierte en el pionero del periodismo radial, por razón de su programa Ecos del Pepino en la emisora aguadilla WABA – A.M. Tiene un profundo concepto del magisterio que codificara en poemas como «Ideales», «Magisterio», «Décimas», «Mensaje feliz», «A la siega» y otros. Como educador, él sirvió en los pueblos de Moca, Las Marías, Arecibo y Manatí.

Su poemario «La hora del niño» (1967) así revela.

Tema fundamental de su poesía es el paisaje local. Encuentra la belleza posible en nuestra geografía, poetizando su presencia objetiva en los ríos, cerros y sembradíos. De sus versos, él afirma:

Cantan la real belleza de tus valles
y tus lomas y la luz de tu horizonte…
Cantan tu luna a horcajada descendiendo
tras el risco de la ignota lejanía…
Cantan con dulce embeleso al Guatemala
que enreda las brisas del Culebrinas.

Su afán lírico ante el paisaje ha sido tema compartido con los poetas César Gilberto Torres, Juan Avilés Medina, Victor López Nieves y Antonio R. Seguí, entre otros. Ninguno otro, a excepción de Torres y Avilés que se ausentaron de Pepino y que, desde New York lo invocaran, quedó para hacer del grueso de su obra poética, el homenaje que se da al paisaje local, al que describe: «(Pepino) cofre de aromas», «palomar de (sus) sueños y recuerdos», «jardín de los poetas» y como ciudad de evolución y progreso.

En el regionalismo no sólo buscó la objetividad que tipifica, sino el folclor. El objeto bello, lo que llamaríamos la belleza natural, se da en el mundo natural y lo esencial del proceso artístico, incluyendo el poético, es idealizarla y hacerla así parte del mundo moral, donde la idea de su contemplación, o el recuerdo de lo visto (por ejemplo, el paisaje) se culmina.

Este proceso fue llamado por Alejandro Tapia y Rivero, quien fue un seguidor confeso F. W. Hegel, la «tipificación idealizadora», mediante la cual el arte idealiza la realidad natural, siendo el prototipo de la belleza la Belleza Divina, la armonía de Dios con las cosas / criaturas / paisajes creados. La poesía de Jerónimo no intelectualiza el proceso de creación artística; pero utiliza el arte para acentuar el mensaje moral cuando es necesario. El sentimiento estético sirve para perfeccionar unas formas y conductas que son físicas y reales. Por ejemplo, la actitud ante la patria, la degeneración social por el vicio, el caciquismo y la violencia.

En el ‘hombre de su pueblo’, en el pepiniano, él percibió la dimensión universal de lo espiritual y su evolución epocal, el «serse-avazando», diciendo en un aforismo de su soneto «Umbral»: «Hay oro en el corazón» . El amor a la madre es el primer paso, asegura el poeta, para avanzar hacia el amor a la comunidad y la humanidad. Temas necesarios para entender este proceso son: el perdón, el olvido, la esperanza, la risa, la humildad y la solidaridad. Hay una necesidad de tales emociones.

Muy cercano al sentimiento cristiano-agónico, como un senequista y sutilmente mediatizado existencialista, toca temas ya abordados por Kierkegaard y Unamuno en sus poemas «Existencia», «En la brecha», «Penitente», «Despedida» y otros. Niega el destino y el determinismo histórico en «Kharma»; su Dios es consolador, no furibundamente misterioso, como lo expresa en sus poemas «Ludibrio», «Adiós» y «Mutismo».

En la etapa más madura de su poesía, declara su fe en la palabra como vehículo para expresar lo profundo, lo nuevo y el asombro ante lo glorioso. «Un verso nuevo de imágenes gloriosas», dice que viene en camino; «lírico acento que armonías levanta con la fase de amor». En otro poema, valoró lo que han sido cinco libros suyos:

Mi verso es puro, límpido
sin ambages de trinos
ni las fatuas creaciones
del sonámbulo lírico.

Con la poesía no pretende lamentar una existencia inútil, llorar penas y majadería como un romántico trasnochado; su poesía es una herramienta para educar las emociones y el intelecto. Nos recuerda en el poema «Floreación lírica», el vínculo entre la pedagogía, la creación y la comunidad. El magisterio ha sido su «grata lucha», noble vocación a la que integró el lema: «Siempre prestos a dar / cuanto más damos».

Un hombre agradecido, optimista y emprendedor, como también lo fue su hermano Narciso Ramírez (el creador de una fábrica de botellas y la empresa elaboradora y embotelladora de refrescos «El Gallito»), su poesía está llena de homenajes y referencias a sujetos que admiró, por útiles, valientes y generosos. De tal talla fue el Dr. Francisco María Susoni, eminente médico de Arecibo y quien se opuso a la esclavitud política; diría lo mismo de Manuel Méndez Liciaga, de quien admirara su amor a la educación, su bondad y su regionalismo; apreciaba de Laura Badilo de Seijo, su genialidad como educadora y del Ing. Luis A. Torres Rivera, su devoción a los humildes.

Escribió sobre la calidad humana e integridad de los viejos Alcaldes, pese a los duros tiempos que enfrentaron, como se puede ver en su «Del pretérito». No obstante, sus más recientes poemas adquieren una tendencia más reflexiva, afirmándose lo religioso, lo tierno y lo filosófico. Dos ensayos filósoficos de Corchado Juarbe, absorbidos por Ramírez, están presentes en esta etapa de su poesía: Dios y La justicia y sus manifestaciones.

El temario de Ramírez da contexto a los temas de una razón soberana, con sus propias leyes, de la que emana no sólo el conocimiento, sino la acción moral. Como Corchado Juarbe, concibe que hay tres ideas innatas básicas: la idea de Dios, la idea de Justicia y la idea de Deber. Al permanecer estas ideas en el alma, como formas eternas, hacen del hombre un ser espiritual y moral, con un alma inmortal.

Hay textos como «Nostalgia» y «Testamento», donde parece que se despide ante la inminencia de su fallecimiento. Fue deseo suyo ser enterrado en Pepino.

Los padres de Jerónimo, quien nació el 8 de enero de 1911, fueron Hermenegilda Quiñones Traverzo y Domingo Ramírez de Arellano.

Casado con la señora Isabel de Ramírez, procreó a Josué y Edna.

NOTA: La primera versión de este artículo fue publicada en el semanario «El Gorrión» (Año 3, Vol. 3, Núm. 92), 17 de enero de 1976, con el título «Don Jerónimo: el poeta regionalista».

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Carlos Lopez Dzur

Carlos López Dzur es un narrador, poeta y filósofo, nacido el 1 de septiembre y residente en Orange County, California, desde hace más de 30 años. Caribeño, nprincano, con visión hostosiana y bolivariana, Ph .D. en Filosofía Contemporanea en la Universidad de California, Irvine. Cursó sus estudios de B.A. en Humanidades e Historia Latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico; obtuvo dos M. A. 'Summa Cum Laude' en Montana State y San Diego State University. En sus estudios graduados en Filosofía Contemporánea, fue discípulo de los filósofos Dr. Alfred Stern y la Dra. Martha Nussbaum.

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