Camino de eternidad

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Este Ser espiritual que vence la persona social, limitada y natural de Soto Vera, es el poeta. Si bien «por motivos económicos y de convicciones no prosiguió estudios universitarios» [1], son sus alcances intelectuales e intuitivos lo que le hacen acordarse del cielo («qui se souvient des cieux»). Este cielo, lugar de amor, el espacio del dios caído, es también el triunfo del Arte, la «Poesía (como) música que ennoblece»; la poesía como «nave que viaja el universo» (sic., en CdE). La poesía permite que se pueda soñar, es decir, proyectar nuevos comienzos y dar las alas al dios caído. «¡Ah, poesía / sin tí no hubiera sueños!», dice Soto Vera.

En este sentido es que el poeta y filósofo puertorriqueño, Iván Silén, explica en uno de sus ensayos:

La poesía podrá hundirse en la más oscura soledad, en el más oscuro pasado, o en el más siniestro pesimismo, pero una vez más la poesía, sin abandonar el canto, se propondrá como el pensamiento del poeta-filósofo. Esto es así, ésto parece ser así, porque el mito que este pensar arrastra (un pensar que ontologiza sobre sí) tiene que cargarse no sólo de un futuro próximo, sino también de este “presente” que nos amenaza con sucumbir. Pensar poética o míticamente el presente implica preparar y concebir el mito-político que la época necesita como revolución. Pensar poéticamente es pensar la libertad misma como política del ser. [2]

Antes de salir de los contenidos temáticos de la primera sección (que nos vincula a la infancia formativa-biográfica de Soto Vera), extrapolaría uno de sus pensamientos: «Los ancianos son niños que necesitan el pan de la sonrisa». Esta metáfora, pan de la sonrisa. está asociada paradójicamente a la relación con dos vivencias: niñez y ancianidad; pero hay que comprender el análisis del padecer que expone Soto Vera, como discípulo trincadista, estudioso de Buda (Joaquín Trincado alega que fue avatara y reencarnación de éste). Hay unas diferencias entre los dominios de jiva y Atman, la Maya y Brahmán. El Yo físico (Jiva) o ego natural, biológico, que se vincula naturalmente con las situaciones de nuestro pasado y se mancha con el drama del aquí y ahora, el dolor causado / resultante y kármico, es el alma infantil y ordinaria que se resiste a liberarse, que se ata a lo histórico-cognitivo, sin alternativas creativas. Los imperios de
Jiva forzan el alma al nivel de la ilusión y la fascinación, a la verdad aparente de las situaciones, sin que se restaure la paz en lo que haya sido la experiencia.

Sería interesante que recuerde aquí un aspecto del niño jívico, que es el más naturalmente deslumbrado con lo fascinante como lo totalmente otro, según la terminología de Pedro Gelman, exprofesor de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires. La ausencia del padre es dura porque veda lo que la otredad tiene de divino para el niño. El adulto querido es retribución benéfica en el proceso de conocer al dios-hombre, al que juega, cuida y alimenta, al niño y que éste no demonizará. Un niño puede querer entrañablemente a su madre, pero el padre permanece como lo totalmente otro. [3]

«Jiva» (alma individual) no perdona. Perpetúa los resentimientos ante el dolor. Jiva (alma reencarnante, sankara) se aferra al yo aparente y, vida tras vida, «lleva consigo reencarnaciones anteriores», «inclinaciones psicológicas y deseos que nos conducen a ciertas experiencias de la vida (vasanas). Las experiencias emocionales intensas forman impresiones sobre el campo de energía de jiva». [4]

Independientemente de que HSV prefiere una nomenclatura o terminología trincadista para reconocer los principios de Jiva (ego físico) e identificar la naturaleza de ese «niño / anciano», carente y vulnerable, inapto para alternativas creativas que lo accesarían al Atman, según el Vedanta, es a partir de sus correlatos que hay liberación a través del perdón y que se conoce la libertad. Héctor Soto Vera entiende estos principios. La evidencia de ello es la metáfora de la necesidad de sonrisa ante el Jiva, la necesidad de dar a él, a Jiva, el pan como lo da el padre bondadoso al hijo desnutrido y calamitoso. Ese alimento o pan es el Atman.

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Carlos Lopez Dzur

Carlos López Dzur es un narrador, poeta y filósofo, nacido el 1 de septiembre y residente en Orange County, California, desde hace más de 30 años. Caribeño, nprincano, con visión hostosiana y bolivariana, Ph .D. en Filosofía Contemporanea en la Universidad de California, Irvine. Cursó sus estudios de B.A. en Humanidades e Historia Latinoamericana en la Universidad de Puerto Rico; obtuvo dos M. A. 'Summa Cum Laude' en Montana State y San Diego State University. En sus estudios graduados en Filosofía Contemporánea, fue discípulo de los filósofos Dr. Alfred Stern y la Dra. Martha Nussbaum.

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