Sagardía Pérez Fermín

Perfil de un gran talento

Mi recuerdo de Fermín es algo vago; pues a pesar de verle en múltiples ocasiones no le conocí lo suficiente cono hubiera deseado. Fue alumno de química en carácter de oyente primero y luego como alumno oficial en la Escuela Superior de San Sebastián, Narciso Rabell Cabrero, donde enseñaba mi hermano mayor, Agustín. Lo que definía mejor a Fermín era su afán por conocer, su curiosidad. Pero era una curiosidad dirigida a su vocación y abierta a todas las curiosidades.

Alguien me contó que había un tal Fermín que había salido muy airoso de la Escuela Superior. Había pasado por todas las asignaturas como si realmente él estuviera recordando lo ya sabido y no como si estuviera aprendiendo. Pertenecía a la generación de Tomás Morales Cardona, Néstor Rodón Hérito Rivera, y Ceorgina Echeandía. Y recuerdo que su madre, doña Carmen, tuvo una tienda de juguetes en los bajos de la casa del Lic. Aníbal Torres, el farmacéutico, que vivía en la calle Hostos, por los años 1952-53-54.

Mi maestro de química el profesor Rodríguez, me habló de Fermín en los años de 1962-63. De su gran disposición para el laboratorio y la investigación, en un país tan poco dotado para ello.

Vi a Fermín por vez primera creo que en el segundo semestre de 1966 en el Colegio de Mayagüez, en el CAAM. Me produjo la impresión de ser un poco enfermizo, con su color pálido, pero brillante en aquellas gafas negras yen los ojos oscuros que deseaban verlo todo, y comprenderlo todo. Parecía un estudiante cuando le vi en 1967 en los pasillos del edificio Celis, enseñando un curso de bioquímica de vertebrados. Observé que se acercaba a la pizarra como si fuera un principiante, como si le molestara demostrar todo lo que sabía Se ocultaba detrás de aquellas gafas para continuar pensando todo el día, rumiando en silencio y tratando de contestarse todas las preguntas. Era una especie de lechuzo unamuniano.

En una de las reuniones de la casa club de los Pepinianos Unidos en Mayagüez a la que asistimos, allí estaba él. Nos encontrábamos citando a una serie de personas para invitarlos a una actividad y él levantaba la mano diciendo que conocía a ese, a aquel, a la madre del otro, al tío de ese nuevo a todos …

Luego en 1968 se envolvió en unos experimentos de medir concentraciones de oxígeno a distintas profundidades en el Instituto de Biología Marina en la Parguera.

Fermín había realizado una tesis doctoral con el profesor Creen de Rutgers, un fisiólogo experimental, sobre un tema que en aquellos días de 1965 era obscuro: la fosforilasa y su transformación alostérica. Estábamos en plena era alostérica desde que Monod y [acob propusieron en aquellos días, sus teorías de represión – activación. El glucógeno se degradaba en el hígado hasta llegar a la glucosa, pero en el músculo llegaba hasta el ácido láctico. En el músculo habían dos tipos de fosforilasa: la tipo a, que era la activa y la forma b, que era la inactiva. Este fue el tema de Fermín bajo la dirección de Creen. Estudió los requerimientos de estas dos enzimas para degradar el glucógeno.

Ferrnín estaba trabajando en los albores del concepto de alosterismo, según lo propuso Monod por la década de los 60. Le vi en el 1968 en un automóvil Peugeot, en dirección a San Juan y ya no lo volví a ver hasta 1974 por el mes de agosto o de septiembre.

En 1974 había venido de visita a la isla Y fui a visitar al Dr. Francisco Al varado Ballester, quien trabajaba como profesor de fisiología en el Recinto de Ciencias Médicas de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. Fui una tarde y le expliqué que dentro de un tiempo yo terminaría medicina y que me Interesaba el área de transporte de substratos. Le mencioné a dos personas de mi pueblo, una el Dr. Tomás Morales y el otro Fermín. Entonces me enteré de que Fermín estaba internado en la sala de hombres con un sarcoma de hueso. Fui a verle casi de inmediato, como a la una de la tarde. El Dr. Alvarado no dijo ni sí ni no; me indicó que tenía que salir. Se fue con un maletín negro, en dirección del Hospital Industrial. Iba Con su barba negra y su silencio elocuente.

Vi a Fermín y una mujer al pie de la cama. Tuve un pequeño altercado con el policía que guardaba la entrada de los automóviles, Mi hermano se quedó en su automóvil y yo fui solo. Fermín estaba hinchado. Presuponía que eran los antimitóticos, los corticoides, ve tú a saber, y observé que no tenía ni un pelo en aquella privilegiada cabeza. Se puso las gafas y le dije quien era yo. Doña Carmen por más que quería disimular el dolor no podía por su estado tenso. Fermín tenía una extraordinaria mente abierta, atenta a todo. Hablamos de su Peugeot, de su estadía en el CAAM, de las discusiones que se formaron y de lo bien que lo trató el Dr. Johnny Rivero, y de la llamada que le hizo el Dr. Américo Pomales Lebrón para que explicara la fisiología microbiana en el curso de microbiología para estudiantes de medicina. Entonces, me preguntó si yo era bioquímico y le dije que no, que buscaba una Oportunidad en el laboratorio de Alvarado para hacer Transporte. Me explicó que su tesis fue publicada en forma de resumen en una revista y me prometió una copia. Yo me negué a creer que tenía ese sarcoma y me hice el bobo, diciéndole – para que él estuviera seguro de que yo no sabía nada – que yo no le había traído arrasacontó para cada esquina de la cama, que había que tener amigos en todas partes y que me perdonara. Entonces me dijo que su madre sí le traía esos potes y los ponía por las cuatro esquinas de la cama. O sea, hasta el último instante mantu vo una serenidad y humor geniales. Recuerdo que le abracé y por el año 1975, no sé si mayo, recibí un recorte de periódico en que decía que Fermín había muerto.

En 1978, a principios, por enero, o a fines de 1977, en diciembre, en el segundo piso del antiguo almacén acondicionado para albergar la Escuela de Medicina de Cayey, me encontré con el Dr. Américo Pomales Lebrón. Le espeté una pregunta sobre Fermín y él sonrió, diciéndome algo así como que Fermín era una eminencia o u n ser Superior, creo que fue eso, un ser superior. Don Américo tenía vocación de escritor y sabía utilizar el lenguaje muy bien, por lo que sus palabras fueron y son acertadas. Luego, alguien me volvió a recordar que Ferrnín fue su maestro, una de las muchachas de microbiología, Una tal Sonia, que un día vio a un judío cruzando por la explanada cercana a la plaza del mercado y le pareció que era Ferrnín. Ya todo fue el olvido. Una tarde tropecé con un número de Buhiti donde había una entrevista que decía «nuestros profesores» y presentaban la trayectoria de Fermín. El decía allí «la vida me lo ha dado todo y me lo ha quitado todo».

Pero Fermín, con esa sabiduría de lechuzo, parecía que había pensado no solamente por esos 30 años que tendría al morir sino que había utilizado su cerebro más veces, como si hubiera pensado de prisa por los años que vivió y por los años que no vivió. Su falta de jaíbería, su serenidad Interior y natural modestia producía n la sensación de qu e aliado de él todos los problemas tenían solución, incluyendo los médicos. No len ía que morirse para ser recordado, ni tenía que ser brillante para destacar. El era pueblo y su carácter de darse por descontado, invitaba a depositar en él la confianza. Quería lo suyo y lo ajeno. Respetaba lo suyo y lo ajeno.

Fermín pertenece a una generación de bioquímicos boricuas que junto a Conrado, Asenjo y otros, prometieron una aventura intelectual que Una generación cada vez más joven se ha tomado la responsabilidad de llevar a cabo para bien de todos los puertorriqueños.

Por: Dr. Cecilio Font Jr.

Escrito por Lionel el 8:42 AM. Archivado bajo Lo Ultimo, Pepinianos. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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