La tertulia de antaño

Cómo añoro aquella tertulia de fascinante riqueza que se celebraba en la plaza pública, entonces llamada Plaza de Recreo, y hoy refugio de maleantes y vulgares aventureros! –Este artículo fue escrito mucho antes de la remodelación de la actual Plaza Angel Mislán Huertas. Hoy la Plaza ha sido rescatada para la juventud y los amantes de la Tertulia–. Temprano en la noche solía reunirse allí, en alegre camaradería, a filosofar, recitar versos, comentar noticias y a intercambiar ideas un grupo de nobles ciudadanos del pueblo: el farmacéutico, el médico, el abogado, el comerciante, el poeta, el artesano, el político.

Eran los tiempos en que la gente conversaba sin ajoro y se detenía en la calle a hablar sin prisa con el amigo y las amas de casas cuchicheaban de balcón a balcón. Más tarde nos picó la abeja del estrés y la gente se sumió en la demencia del dinero y los bienes materiales. Hoy, a nadie le sobra un ratito para conversar sosegadamente con el vecino o el prójimo. El amigo nos pasa por el lado y nos dice con voz nerviosa: «Te veo después, chico, que se me pasa la hora de jugar Loto» y sigue su camino a largos trancos saboreando el almíbar de los millones.

En la década del cuarenta se reunían, a tertuliar en una esquina de la plaza, al lado del quiosco de Ángel Gerena, bajo la sombra de un tamarindo, el boticario don Manolo Méndez, el doctor Antonio Muñiz, el comerciante Jenito López, don Pancho, Juliá, Salvio Rabell y los políticos Severo Arana y Agustín Vélez, entre otros. A veces se unían a la tertulia el Licenciado Buenaventura Esteves, el doctor Franco y el poeta Jerónimo Ramírez de Arellano. Entre «palo y palo» hablaban de la guerra que se peleaba en Europa y el Pacífico, de la política isleña, de los sucesos locales o recordaban con reverencia nuestros ilustres próceres del pasado. En ocasiones hablaban de filosofía y religión y, en sus momentos más sublimes, de poesía.

En un sentido esta tertulia fue mi primera universidad.

Esa esquina de la Plaza de Recreo ejercía en mi un atractivo muy especial. Desde allí solía escuchar los tenues acordes de la orquesta de Rafael Muñoz y la voz aterciopelada de Ruth Femández cuando venían al Casino del pueblo frecuentado por «los blanquitos».

¡Con cuánta amargura recuerdo el desfile de los señoritingos aburguesados que acudían a ese exclusivo recinto a escuchar a nuestros eximios artistas mientras yo, hijo de proletario, tenía que conformarme con escucharlos en una remota esquina de la plaza. Confieso que este carimbo social dejó en mi espíritu una marca indeleble. Pero eso es harina de otro costal.

Algunas noches venía a la ciudad para ver en el cine, por tres centavos, un drama de vaquero y, a lo que daba inicio la película, visitaba la plaza para escuchar, a prudente distancia, la célebre tertulia de los antes mencionados compueblanos, más viejos e instruidos que yo que entonces cursaba la Escuela Superior. Una noche hablaban de poesía

y alguien del grupo recitó el verso»quien no echa raíces no puede dar frutos»

«Ese verso es de Rubén Darío» – dijo uno de los tertulianos.

«No, es de Amado Nervo» – expresó otro. «Yo creo que es de Llorens Torres» _ sentenció un tercer.

Yo, que ya era aficionado a la poesía, me percaté que daban palos a ciegas y, armándome de valor, di unos pasos inseguros hacia el grupo y expresé con timidez:

«El autor de ese verso es José Santos Chocano» y cité el libro donde estaba el poema.

Se miraron unos a otros sorprendidos. «De cualquier maya, sale un ratón», observó Jenito López. Llovieron las preguntas:

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Escrito por Lionel el 8:59 AM. Archivado bajo Historia, Lo Ultimo. Puedes seguir las respuestas de esta entrada por RSS 2.0. Puedes dejar una respuesta o un trackback a esta entrada

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